Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 17 BUENAS INTENCIONES Y DECISIONES COMPLICADAS
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CAPÍTULO 17 BUENAS INTENCIONES Y DECISIONES COMPLICADAS

BUENAS INTENCIONES Y DECISIONES COMPLICADAS

Cierro la puerta de mi habitación y me apoyo unos segundos contra ella. No sé por qué estoy respirando tan rápido. Bueno, sí lo sé. Perfectamente. Solo que me niego a admitirlo.

Dejo el móvil en mi escritorio y me siento en el borde de la cama, observando la ventana que da a la habitación de Ryder.

Desde aquí todo parece absurdamente sencillo.

Llevo semanas asomándome a esa ventana. Semanas soñando con él.

Semanas permitiéndole entrar poco a poco en mi vida, en mi cabeza.

Y, sin embargo, ahora que existe una posibilidad real de estar con él y de hacerlo por fin algo físico, siento que mi cerebro ha decidido incendiarse.

Porque una cosa es mirar a un chico desde la distancia.

Y otra muy distinta entrar en su habitación.

Sola. Por voluntad propia. Sabiendo exactamente por qué estás allí.

Me dejo caer sobre el colchón y me cubro la cara con ambas manos.

Dios mío. ¿En qué momento he llegado hasta aquí?

Hace unos meses ni siquiera sabía cómo era exactamente su rostro porque no me interesaba mirarlo demasiado.

Era solo el vecino problemático que vivía frente a mi casa.

El chico al que mi padre me habría prohibido acercarme y que todo el mundo que no quiere problemas ignora.

El chico del que todo el mundo habla como si fuera una bomba de relojería.

Y ahora estoy tumbada en mi cama planteándome seriamente si voy a colarme en su habitación esta noche para entregarle mi cuerpo.

La situación sería ridícula si no me estuviera provocando una crisis nerviosa.

Porque me gusta. Ese es el problema. Si no me gustara sería fácil.

Le diría que no. Me olvidaría del asunto.

Seguiría con mi vida.  Pero me gusta. Me gusta demasiado.

Me gusta cómo me mira, cómo sonríe. Me gusta cómo consigue hacerme sonreír con apenas asomarse a la ventana.

Me gusta hasta que me llame cosita . Y me gusta todavía más recordar que tuvo la oportunidad perfecta para aprovecharse de mí y no lo hizo.

La idea consigue tranquilizarme durante unos treinta segundos. Después vuelve la ansiedad. Porque aparece otra voz. Una mucho menos amable. Una que pregunta cosas horribles.

¿Y si todo eso formaba parte del plan? ¿Y si sabía exactamente lo que tenía que hacer para que confiaras en él?

Me incorporo de golpe. No. Eso no es justo. No puedo pensar así. Ryder me salvó. Me cuidó. Durmió conmigo sin intentar nada. Pero entonces vuelve la misma voz.

No puedes fiarte de él. No lo conoces. Si todos hablan mal de él, por algo será.

La habitación se queda en silencio. Y odio darme cuenta de que es cierto que no puedo confiar en él. No porque crea que Ryder sea una mala persona. Sino porque apenas lo conozco. Sé cómo se ríe. Sé cómo fuma. Sé cómo son sus ojos cuando me mira. Ahora incluso sé que tiene un hoyuelo irresistible.

Pero eso no es conocer a alguien. Eso es observarlo. Y llevo tantos días observándolo que a veces olvido la diferencia. La realidad es que hoy ha sido la primera vez que hemos hablado de verdad.

Y esta noche se supone que voy a entrar en su habitación como si todo eso fuera suficiente. Como si unas cuantas semanas mirando por una ventana fueran equivalentes a conocer a una persona.

Mi corazón empieza a acelerarse otra vez. Y cuanto más lo pienso, peor me siento.

Me levanto y empiezo a caminar de un lado a otro de la habitación como una loca. Las manos me sudan. Tengo náuseas. La cabeza me va a mil por hora y no consigo que se calle.

Él ha estado con muchas chicas. Es Ryder Knox. Guapo, tatuado, jugador de fútbol, con esa mirada que derrite bragas. Habrá tenido experiencias increíbles, chicas que sabían lo que hacían, que no se quedaban tiesas, que no preguntaban “¿esto se hace así?” con voz de idiota.

Y yo… yo soy virgen. Completamente virgen. Mi experiencia se limita a un consolador rosa y a tocarme pensando en él.

¿Y si me ve desnuda y se decepciona? ¿Y si no sé tocarlo? ¿Y si hago algún ruido raro? ¿Y si me corro demasiado rápido o… no me corro? ¿Y si duele y no soy capaz de disimularlo?

—Dios, Ava, para —me susurro a mí misma, tapándome la cara con las manos.

Intento respirar hondo. Me recuerdo que Ryder me cuidó cuando estaba hecha mierda. Limpió mi vómito. Me metió en su cama. Me aguantó cuando estaba drogada y delirando. No parece el tipo de tío que se ríe de una chica inexperta.

¿Estás segura, Ava?

La voz en mi cabeza es cruel.

Solo lo has visto por la ventana. Llevas semanas fantaseando con él como una obsesa. Hoy es la primera vez que habéis hablado de verdad. ¿Y si todo esto ha sido un juego para él? Ganarse a la chica buena del barrio. Conseguir que confíes en él. Que bajes la guardia. Y luego… ¿qué?

Se me revuelve el estómago. Me siento en el suelo, con la espalda contra la cama. Las rodillas me tiemblan. Siento un nudo enorme en la garganta.

Quiero ir. Quiero cruzar esa ventana, bajar por esa escalera y dejar que me toque de verdad. Quiero besarlo sobria. Quiero sentir sus manos sin cristales de por medio. Quiero dejar de ser la única virgen de mi grupo. Quiero sentirme deseada de verdad. Pero también estoy aterrorizada.

¿Y si después de hacerlo me ignora o se ríe de mí? ¿Y si solo quería el reto de follarse a la vecinita prohibida? ¿Y si mañana en el instituto vuelve a ser el Ryder frío que no me mira?

—No puedo —susurro, abrazándome las rodillas—. No puedo hacer esto así.

Me levanto, me meto en la cama con la ropa todavía puesta y me tapo hasta la cabeza con las sábanas. Hace calor, pero me da igual. Necesito esconderme. Del mundo. De Ryder. De mí misma.

Y cuanto más pienso en ello, más convencida estoy de que no puedo hacerlo. No así. No sintiéndome como una bomba a punto de explotar. Ni con la cabeza llena de dudas y el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar.

Termino metiéndome debajo de las sábanas como si tuviera diez años y los monstruos vivieran fuera de ellas.

Quizá porque esta vez sí hay un monstruo. Y no está en la habitación de Ryder. Está dentro de mi cabeza.

Cierro los ojos con fuerza.

—Duérmete, Ava —susurro—. Duérmete —me encojo todavía más bajo las mantas—. Hoy no va a ser el día en que dejes de ser virgen.

La frase me provoca un alivio inmediato. Y también una punzada de tristeza. Porque una parte de mí quiere que lo sea.

—No puedes hacer esto así —murmuro una última vez.

Y sigo repitiéndomelo una y otra vez como una oración. Hasta que el cansancio termina ganando la batalla. O hasta que consigo convencerme de que no voy a subir esa escalera.