Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 16 FILOSOFÍA, TOMATES Y HOYUELOS
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CAPÍTULO 16 FILOSOFÍA, TOMATES Y HOYUELOS

FILOSOFÍA, TOMATES Y HOYUELOS

El domingo fue un borrón. Pasé casi todo el día durmiendo.

Me despertaba a ratos desorientada, con la boca pastosa y un dolor de cabeza que me taladraba las sienes.

En más de una ocasión me giré en la cama buscando el calor de un cuerpo a mi lado.

Buscando a Ryder. Durante unos segundos absurdos pensaba que seguía en su habitación.

Luego abría los ojos del todo y me daba cuenta de que estaba sola en mi cama.

Todavía siento el cuerpo raro. Como si tuviera los músculos flojos, la cabeza envuelta en algodón y una sensibilidad extraña en la piel.

Cada vez que me movía, notaba un latigazo de náuseas y un cansancio profundo que no me dejaba ni pensar con claridad.

Por la noche quise asomarme a la ventana.

De verdad que quise. Pero estaba tan agotada y con tan mal cuerpo que me quedé dormida antes de poder levantarme de la cama.

Ahora es lunes por la mañana y sigo sintiéndome como si me hubiera pasado un camión por encima. Entro al instituto buscando a Kassy con la mirada. La encuentro junto a su taquilla, guardando libros con movimientos mecánicos. Tiene mala cara. Ojeras. Y cuando me ve acercarme, su expresión se tensa.

—Por fin. Llevo queriendo hablar contigo desde la fiesta.

—He estado durmiendo como un oso en hibernación —murmura.

—Yo también. Creo que sigo medio muerta.

—Pues sí. Tienes una cara horrible.

—Gracias.

—Para eso están las amigas.

—¿Cómo estás? —pregunto dándole un toque en el hombro.

—Bien.

—Mentira. Tú también tienes una cara horrible —Kassy sonríe y me saca la lengua.

—Bueno, seguro que tienes razón. Estoy regular.

—Yo también estoy regular. Kassy —digo en voz baja, colocándome a su lado—. ¿Podemos hablar de lo que pasó? —Ella cierra la taquilla de golpe y mira a ambos lados del pasillo.

—No estoy de ánimo, me siento como la mierda —murmura— estaba muy borracha.

—Kassy…

—¿Qué?

—No estábamos borrachas —ella suspira—. Nos drogaron.

—Lo sé, y no me apetece hablar de ello —dice sin mirarme.

—¿No te apetece hablar de ello? Porque yo creo que es algo serio.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que monte una investigación criminal?

—Solo quiero saber qué pasó el sábado. ¿Recuerdas algo? ¿Quién nos dio la bebida? Yo no me acuerdo de nada claro.

—No sé quién nos dio la bebida —me corta, tajante—. Y no quiero hablar del tema, Ava. Por favor.

Frunzo el ceño. Esto no es normal en ella. Kassy siempre es la primera en cotillear y analizar hasta el último detalle.

—¿Estás bien? Mi padre no sabe nada, ¿y los tuyos?

—Mis padres no saben nada —responde rápidamente, casi nerviosa—.

Y tienen que seguir sin saberlo. Si se enteran, se acabó todo.

No más fiestas, no más salidas… nada. Nos protegieron, ¿vale?

Nos salvaron de quien fuera que quería drogarnos y jodernos y punto.

Hemos tenido suerte, Ava. Esta es la última puta vez que cojo una bebida de alguien.

Pero nos han salvado el culo y eso es lo único que importa.

—Sí, a mí me salvó Ryder —digo en voz baja, observándola—. ¿Y a ti?

Kassy se pone rígida. Mira hacia el suelo y luego hacia los lados otra vez, como si temiera que alguien nos estuviera escuchando.

—No vamos a hablar de eso, Ava. Fue un espectáculo horrible.

Tú casi sales volando por el tejado de The Ruins y menos mal que el inadaptado ese de Knox se dio cuenta de que ibas al piso de arriba y te siguió para poder impedirlo.

Yo por mi parte me guardaré el secreto para mí de que te llevó él a tu casa.

Nadie va a relacionarte con Knox, no te preocupes por eso, amiga —las palabras de Kassy quieren sonar como un consuelo, pero no lo son.

No estoy segura de seguir compartiendo la visión que ella y muchos tienen de Ryder.

No después de que me salvara y me cuidara durante toda la noche. ¿Es que ella no ve lo mismo que yo?

—Pero habrá gente que me viera salir con Ryder y sus amigos seguramente estarían pendientes de todo —insisto, bajando aún más la voz—. A lo mejor empiezan a culparles a ellos de lo que nos pasó y ellos no fueron los que nos drogaron.

Kassy aprieta los labios.

—No van a culparlos de nada porque nadie sabe nada.

No creo que nadie nos viera. De hecho, la gente me ha estado preguntando cómo acabé la noche en casa y si vomité mucho.

Solo me dicen que vaya borrachera llevaba.

Nadie sabe nada más allá de eso. Así que yo no voy a decir que tú te fuiste con Ryder… y tú no dirás nada de mí. ¿Entendido?

Me quedo mirándola, cada vez más confundida y molesta.

—¿De ti? ¿Qué quieres que diga de ti si no me cuentas nada? Kassy… somos amigas. Yo te estoy contando lo que me pasó, lo que sentí, que Ryder me salvó y que luego… —me callo a tiempo, recordando que no le he contado que pasé la noche en su habitación— ¿Por qué no me cuentas nada? ¿Qué te pasa?

Ella suspira, visiblemente incómoda. Por un segundo parece que va a decir algo más, pero al final solo niega con la cabeza.

—Déjalo, Ava. En serio. No pasó nada. Y mejor que siga siendo así.

El resto de la mañana pasa en una nebulosa hasta que entro en la clase de Filosofía. Y entonces caigo de lleno. Ryder está en esta clase.

Y por primera vez desde que me desperté en su cama voy a tener que verlo y frente a frente.

La sola idea hace que mi estómago se contraiga.

Durante todo el camino al instituto he conseguido mantener mi mente ocupada con otras cosas, sobre todo intentando descifrar qué demonios le ocurre a Kassy, pero ahora ya no tengo escapatoria.

Ryder está en esta clase. Voy a verlo. Y él va a verme.

Y ambos sabemos cosas que el resto de las personas que hay aquí no saben.

Cosas que ocurrieron entre nosotros cuando nadie más estaba mirando.

Intento convencerme de que no tiene importancia, de que solo es otro lunes cualquiera y de que soy perfectamente capaz de sentarme en mi pupitre y comportarme como una persona normal y funcional.

El problema es que, justo cuando empiezo a creerme mi propia mentira, la puerta del aula se abre y Ryder Knox entra por ella.

Y durante unos segundos me olvido incluso de respirar.

Está riéndose de algo que le ha dicho su amigo y, por primera vez desde que lo conozco, no lleva puesta esa expresión desafiante que suele mostrar al resto del mundo.

Parece relajado. Feliz incluso. Entonces aparece un pequeño hoyuelo en su mejilla derecha y me quedo mirándolo como una completa idiota.

No sabía que tenía un hoyuelo. ¿Cómo se supone que alguien puede tener aspecto de delincuente juvenil y hoyuelos al mismo tiempo?

Es completamente injusto. Y, por algún motivo que no entiendo, siento una punzada absurda de envidia hacia Nick Stone.

Porque es el único al que veo provocar esa sonrisa en Ryder.

El único con el que parece bajar la guardia de verdad.

De repente, como si sintiera mi mirada, Ryder gira la cabeza y sus ojos azules se clavan directamente en los míos y me guiña. Un guiño lento, descarado y lleno de intención.

Mi corazón da un salto tan fuerte que estoy convencida de que alguien a mi alrededor ha debido escucharlo.

Aparto la mirada inmediatamente y noto cómo el calor me sube por el cuello hasta instalarse en mis mejillas.

Miro alrededor con disimulo, aterrada ante la posibilidad de que alguien haya visto el guiño de Ryder o, peor aún, la forma ridícula en que he reaccionado a él.

Ya noto el calor subiéndome por el cuello.

Por las mejillas. Por las orejas. Por absolutamente todas las partes del cuerpo que una persona puede utilizar para ponerse en evidencia.

Miro alrededor con disimulo. Nadie parece haberse dado cuenta.

O eso espero. Porque si alguien me está viendo ahora mismo probablemente piense que me está dando una reacción alérgica.

—Knox —dice el profesor desde su mesa—. Hoy te sientas junto a Monroe.

La cabeza de Ryder gira hacia él. La mía también.

—¿Perdón? —preguntamos ambos al mismo tiempo. Varias personas se ríen y susurran.

—La actividad que hicisteis la semana pasada era precisamente para esto. He emparejado alumnos según sus respuestas filosóficas y sus formas de argumentar. Y sorprendentemente vosotros dos tenéis más cosas en común de las que imagináis.

Aquello provoca otra ronda de susurros.

—¿Y ahora quién va a ser mi pareja? —protesta Nick desde el fondo del aula—. Llevo años construyendo esta relación.

La clase se ríe. El profesor Harris sigue hablando, señalando a Nick con el boli.

—Stone, tú no tienes pareja porque llevas dos semanas fuera precisamente por buscar “pareja” con demasiada intensidad en los vestuarios de las animadoras. Así que esta vez vas a trabajar solo. Si puedes.

Toda la clase estalla en carcajadas. Incluso Ryder. Y yo me quedo completamente obnubilada mirando ese hoyuelo que se le marca en la mejilla cuando se ríe. Dios, es injusto lo guapo que es.

—Cruel pero justo —dice Nick llevándose una mano al pecho.

Mientras tanto, Ryder ya está caminando hacia mí. Y cada paso parece aumentar mis pulsaciones unas veinte veces. Cuando llega a mi lado deja la mochila en el suelo y se sienta tranquilamente. Como si no acabara de provocar una crisis existencial en mi sistema nervioso.

—Hola, cosita.

La voz me atraviesa de arriba abajo. Y la sonrisa que aparece en mi cara es tan automática que me dan ganas de esconderme debajo de la mesa.

—Ho… hola —Genial, Ava. Qué despliegue de ingenio.

—Veo que ya no pareces un fantasma.

—Y tú pareces peligrosamente descansado para alguien que pasó la noche anterior cargando con un zombi y limpiando vómito ajeno —Ryder se ríe por lo bajo.

—Todavía me debes una alfombra.

—No vomité en la alfombra.

—Detalles.

Vuelvo a notar el calor subiéndome por las mejillas. Miro alrededor otra vez. Por necesidad de comprobar que nadie está viendo el ridículo que estoy haciendo.

—Relájate —su voz sale mucho más baja esta vez, solo para mí— Nadie te va a juzgar por hablar conmigo.

—No me preocupa que me vean hablando contigo, Knox —digo frunciendo el ceño.

—¿No? —sus ojos azules se clavan en los míos.

—No.

—Entonces, ¿qué te preocupa? —pregunta con curiosidad y odio que me haga preguntas cuando me mira así. Porque siento que mis neuronas dejan de funcionar.

—Que vean lo roja que me pongo. Tengo una reputación que cuidar, Knox.

Veo cómo su pecho se expande lentamente. Cómo inspira. Cómo una sonrisa aparece despacio en la comisura de sus labios.

—¿Una reputación? —murmura divertido—. ¿Y cuál es exactamente esa reputación?

—La de persona cuerda.

—Ah —vuelve a reírse, esta vez de mí, pero no me importa porque puedo ver ese hoyuelo durante más tiempo. La verdad es que es un lujo reservado para pocos afortunados poder contemplarlo.

—No te rías —le regaño sin sonar enfadada en absoluto.

—Lo intento, cosita. Pero me lo estás poniendo difícil.

Pongo los ojos en blanco y desvío la mirada hacia el profesor justo cuando comienza a explicar el trabajo que tendremos que entregar dentro de dos semanas.

Por desgracia, mi cerebro parece haber decidido que escuchar Filosofía es mucho menos interesante que ser consciente de que el brazo de Ryder está a escasos centímetros del mío.

Intento concentrarme. De verdad que lo intento. Pero es imposible. Porque cada vez que levanto la vista me encuentro con esos ojos azules observándome como si supiera exactamente lo que estoy pensando. Y quizá lo sabe. La idea me pone todavía más nerviosa.

Durante el resto de la clase apenas intercambiamos unas pocas palabras relacionadas con el trabajo.

Sin embargo, siento constantemente su presencia a mi lado.

A veces nuestras manos se rozan. Otras veces nuestras piernas se tocan debajo de la mesa.

Ninguna de esas cosas debería significar nada. Y, sin embargo, significan demasiado.

Cuando finalmente suena el timbre, siento un alivio tan grande como decepcionante. Porque significa que puedo volver a respirar. Y porque significa que vamos a volver a tomar caminos diferentes y a ignorarnos el resto de la mañana. Comienzo a guardar mis cosas en la mochila cuando escucho su voz.

—Monroe.

Levanto la cabeza. Ryder sigue sentado, mirándome con esa intensidad que ya conozco demasiado bien.

—¿Sí?

—Anoche no apareciste —susurra bajito y el corazón me da un salto.

—Me quedé dormida —murmuro—. Todavía me encontraba fatal.

—Ya me lo imaginé —dice asintiendo despacio, sin apartar la mirada.

Se hace un silencio cargado entre nosotros. Luego se inclina un poco más hacia mí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro solo para mis oídos:

—Esta noche estarás mejor —no es una pregunta y mi estómago da una voltereta.

—Supongo…

—Bien —sonríe de esa forma peligrosa que debería estar prohibida—. Porque esta noche sí pienso cobrarte lo de la alfombra.

—No te debo ninguna alfombra —protesto débilmente.

—Ya discutiremos eso cuando subas.

Tardo un segundo en procesar sus palabras. Cuando lo hago, el pulso se me dispara.

—¿Me estás invitando a tu habitación, Knox?

—Creía que estaba siendo bastante evidente —su sonrisa se ensancha.

Y antes de que pueda responder nada más, desaparece por la puerta del aula. Mientras tanto, yo me quedo sentada en mi silla varios segundos más, mirando el sitio donde acaba de estar y preguntándome si esto se me está yendo absolutamente de las manos hacia dimensiones interestelares.