CAPÍTULO 15 FRENTE A FRENTE
FRENTE A FRENTE
Me despierto con la boca pastosa y las extremidades entumecidas. Además, la cabeza me late. ¿Las cabezas laten? La mía parece que tiene el corazón en la sien ahora mismo. Conforme me voy desperezando comienzo a ser consciente de que no estoy en mi cama y de que… ¡No me jodas!
Doy un grito cuando veo la espalda de Ryder Knox frente a mí. Está sentado en su escritorio, mirando algo en su ordenador portátil, y al escuchar mi grito da un salto de la silla.
—¡La Hostia, Monroe! ¡Casi me matas de un infarto! —dice dándose la vuelta y mirándome con el ceño fruncido— ¿Cómo te encuentras? Creí que habías muerto y tenía que empezar a pensar en qué hacer con tu cuerpo.
Definitivamente, es la frase más larga que Ryder Knox me ha dicho en la vida, aparte de en mis fantasías, pero en mis fantasías me decía cosas más agradables.
—¿Qué hago aquí? ¿Estoy en tu cuarto? —pregunto asustada y Ryder asiente con lentitud y evaluando mi reacción— ¿Estoy en tu cama?
—pregunto más alterada aún y él vuelve a asentir muy serio— ¡Oh, joder!
¿Hemos follado? ¡Dime que no, por favor!
—le suplico porque odiaría haber hecho tal cosa y no poder acordarme de nada.
—¿Ahora no quieres? —pregunta molesto— porque hace unas horas me estabas suplicando que lo hiciera —añade cruzando sus brazos sobre su pecho desnudo. Parece muy enfadado.
—Madre mía… no recuerdo haber bebido tanto… Pero, dímelo, necesito saberlo, ¿hemos hecho algo?
Ryder suspira y aprieta la mandíbula.
—No hemos follado. Sigues siendo la virgen Monroe —sus palabras son hirientes, pero sé que me lo merezco porque no está entendiendo lo que quiero decir.
—Me alegro, porque desearía poder recordarlo si fuera así —sus ojos se abren sorprendidos y se relaja su expresión.
—¿Sigues colocada? —pregunta entornando los ojos.
—No, pero me duele todo. ¿Qué bebí? Necesito no volver a beber de eso nunca más.
—Alguien te drogó. A ti y a la tipa esa que va siempre contigo. La animadora.
—¿Kassy? —me incorporo de golpe —¿Está bien? ¡Necesito llamarla!
—¿Recuerdas quién os dio la última bebida? —pregunta Ryder con tono paternal.
—No recuerdo nada, Ryder. Ni siquiera recuerdo haber llegado aquí. ¡Dios! ¡Mi padre va a matarme! —me levanto de golpe y me doy cuenta de que llevo puesta una camiseta de Knox y que mi vestido está doblado a los pies de la cama. Lo miro con una ceja alzada.
—No me mires así. No te he tocado. Y no te preocupes por tu padre. Cogí tu teléfono y le escribí haciéndome pasar por ti para decirle que dormías en casa de la animadora. Respondió que hoy iría a pasar el día a casa de un tal Bill y que llegaría tarde. Que le llamaras cuando llegases a casa.
Trago saliva. Son demasiadas molestias las que se ha tomado Ryder por mí en una sola noche.
—Gracias. No tengo palabras para agradecerte todo esto. ¿Por qué lo has hecho? —pregunto con voz temblorosa y deseo que la respuesta sea “porque me gustas”.
—¿Qué otra opción tenía? Si te pasaba algo y mis amigos y yo estábamos en la misma fiesta, ten por seguro que nos habrían culpado a nosotros.
Bajo la mirada, decepcionada.
—Ya veo… aun así, gracias, Knox. No te molesto más. Me voy a casa.
—No me molestas, Ava —ahora suena un poco arrepentido por su tono—. De hecho, ha sido una noche interesante.
En sus preciosos ojos azules veo un atisbo de diversión que me hace sonreír a mí también, aunque también enrojecer.
—He debido dar un espectáculo lamentable —susurro, abochornada.
—Tus espectáculos nunca son lamentables, más bien todo lo contrario —dice, haciendo que mi corazón se detenga.
Cuando miro de nuevo a sus ojos, veo el fuego que tras ellos se esconde.
Se me seca la boca. De repente soy muy consciente de que estoy en su habitación, con su camiseta puesta, sentada en su cama y con el pelo hecho un desastre. Y él me mira como si quisiera comerme.
Ryder se apoya contra el escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo, y me dedica una media sonrisa peligrosa. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. El silencio se instala entre nosotros con una naturalidad extraña.
—Bueno... —me aclaro la garganta— supongo que esta ha sido la última vez que doy un espectáculo así.
—¿La última? —pregunta arqueando una ceja.
—Pienso evitar que vuelvan a drogarme.
—Ah, eso —una sonrisa lenta aparece en la comisura de sus labios— Creía que te referías a otra cosa.
—¿A qué otra cosa?
—A tus shows.
Noto cómo el calor vuelve a subir por mi cuello.
—Dios, Knox… cállate.
—Podrías hacer el próximo aquí.
—¿Qué? —parpadeo.
—Tu próximo show. Podrías hacerlo aquí, en mi habitación.
Frente a frente. Así no tendría que dejarme la vista mirando por la ventana.
Y no nos arriesgaríamos a que nadie ajeno a esto —señala el espacio entre los dos— nos pille desnudos, nos haga fotos y se haga de oro con nuestra perfección corporal en internet.
La risa se me escapa antes de poder evitarlo.
—Estás loco.
—Lo digo en serio.
Mi corazón da un pequeño salto ridículo.
—Me encantaría —admito antes de pensar demasiado mis palabras—, pero si alguien me ve entrando en tu casa y se lo cuenta a mi padre, mi funeral será precioso.
Ryder suspira, pasándose una mano por el pelo. Se queda pensando unos segundos y luego camina hacia la otra ventana de su habitación, la que da al callejón lateral oscuro, y desde esa ventana no se ve mi casa en absoluto.
—Ven aquí —dice.
Me levanto de la cama, todavía un poco mareada, y me acerco. Ryder aparta una maceta grande con una planta que tapa parte de la ventana y señala hacia abajo.
—Mira.
Hay una escalera de metal vieja, bastante discreta, instalada en la pared exterior. Está bastante escondida por una enredadera y una planta. Desde la calle es casi imposible verla.
—La uso para escaparme desde que tenía quince años —explica con una sonrisa torcida—. Nadie la ve. Nadie la usa. Si alguna noche quieres venir… puedes hacerlo por aquí. Directa a mi habitación. Sin pasar por la puerta principal.
Me quedo mirando la escalera en silencio, procesando lo que me está ofreciendo. Una forma real de vernos. A escondidas. Solo nosotros.
Ryder se gira hacia mí y me mira con intensidad.
—¿Qué dices, Monroe?
Trago saliva. Tengo miedo, excitación y una ilusión que me quema el pecho todo al mismo tiempo.
—Yo… no sé… —susurro—. Esto es una locura —Ryder traga saliva, pero no aparta su azul mirada de mí en ningún momento mientras aguarda a que le responda de una vez a su loquísima invitación—.
Pero, si alguna vez pasa dicha locura… nadie puede enterarse, Knox.
Nadie —Ryder sonríe ante mis palabras—. Ni tus amigos, ni Kassy, ni nadie. Mi padre me mataría. Y a ti también.
Ryder da un paso hacia mí. Está tan cerca que puedo oler su piel. Levanta una mano y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con una delicadeza que no esperaba de él.
—Será nuestro secreto —dice en voz baja, como una promesa—. Solo tuyo y mío.
Nos quedamos mirándonos en silencio. El aire entre nosotros se siente cargado, eléctrico. Estamos aquí. Frente a frente. Y debo estar muy tarada porque estoy deseando que me bese Ryder Knox y hacer multitud de insensateces con él.
—Ahora vete a casa antes de que tu padre llegue —murmura finalmente, aunque parece que le cuesta decirlo—. Pero piensa en lo que te he dicho.
Asiento, sonrojada hasta las orejas, y cojo mi vestido doblado.
Decido salir por la ventana con la escalera, pues si alguien me ve saliendo de la casa de Knox podrían comenzar a chismorrear y llegar a oídos de gente que no deseo que se inmiscuya.
Mientras salgo por su ventana hacia la escalera secreta, no puedo evitar sonreír como una idiota.