Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 13 PELIGRO
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CAPÍTULO 13 PELIGRO

PELIGRO

La fiesta hoy en The Ruins es una locura. No he visto tanta gente en mi vida aquí. Hay muchas caras nuevas y es un descontrol. Muchos están borrachos. Mis amigas y yo entre esos muchos. Cosa extraña, porque solo he tomado dos bebidas y suelo tener bastante más tolerancia al alcohol.

También es cierto que últimamente como mal.

No porque me preocupen los kilos ni nada por el estilo.

Es la ansiedad. Las mariposas que revolotean por su cuenta en mi estómago constantemente.

Y, aunque no son mariposas del amor, porque no conozco de nada a mi vecino, sí son mariposas de deseo.

Y no sabía que el deseo tuviera ese poder sobre una persona.

Aunque lo intuía, porque de otro modo el sexo no tendría un papel tan importante en nuestra vida, sobre todo si eres adolescente o adulto joven.

Es un hambre perenne que crece en tu interior hasta cobrar vida propia.

Por deseo la gente hace cosas muy locas, como tener relaciones en público por puro morbo de ser pillado, o tener sexo con desconocidos, o hacer role plays con tu amante de turno…

He visto de todo eso aquí, en The Ruins.

Y, hasta hace solo unas semanas, solo podía imaginarme qué se siente cuando dejas que el deseo tome el control completo de tu cuerpo.

Ahora ya lo he experimentado. Y, además, creo que mi experiencia con Ryder Knox podría catalogarse de algo bastante morboso.

Por eso ni me atrevo a contárselo a nadie, ni a Kassy.

Y no solo es porque Ryder Knox y sus amiguitos estén detrás de la línea de prohibido para nosotras, sino porque creo que hemos ido demasiado lejos.

Pero, aunque así sea, me encanta. Es posible que esté mal de la cabeza por admitírmelo, aunque solo sea a mí misma. Pero no voy a engañarme.

Han sido unas semanas intensas. Por las noches, he tenido mi rutinaria cita con Knox en mi habitación y hemos hecho cosas muy locas.

Después, en el instituto, como siempre, hemos seguido nuestros caminos por separado.

Sin embargo, lo he mirado más de la cuenta últimamente.

Y, no estoy loca, él también a mí. Aunque mucho menos que yo a él.

Justo como ahora. Ryder Knox y sus amigos están en un rincón de The Ruins, tonteando con unas chicas que no conozco de nada, pero que envidio porque pueden estar justo donde a mí me gustaría estar, que no es en otra parte que hablando con Ryder.

Pero él ni siquiera me ha mirado una vez desde que ha entrado.

Hoy mi presencia parece serle del todo insignificante.

Y quizá por eso hoy envidio más a su compañía que nunca.

Porque desearía ser yo quien estuviera hablando con él.

Preguntándole qué es de su vida, si es realmente tan chungo como la gente dice que es.

Aunque ya debería haber aprendido la lección: la gente nunca es lo que los demás dicen de ellos.

Mi propio ejemplo podría servirme como referente.

No sé qué demonios es lo que se dice de mí en el instituto, si creen que tengo alguna enfermedad, o que tengo alguna malformación, o lo que sea…

aun no lo he averiguado. Lo que sé es que sea lo que sea, es mentira.

Seguro que lo es. No tengo nada malo. Al menos, cuando miro a mis amigas no veo nada particularmente mal en mí que no sea algo que pueda tener alguien más.

Así que sí. Me encantaría hablar alguna vez con Ryder y comprobar si a él le pasa lo mismo que a mí y no es tan malo.

A pesar de que la verdad es que su padre ha estado preso al menos tres veces en los últimos cinco años, pero ha salido en libertad poco después.

No será algo muy malo, ¿no? Bueno, el hermano mayor de Ryder también estuvo preso una vez…

pero hace mucho que no vive con ellos y son pocas las veces que lo he visto merodear por la casa Knox.

Sigo bebiendo de mi segunda bebida, un cóctel raro que bebemos Kassy y yo, mientras sigo mirando a Knox, intentando inventarme una excusa lo suficientemente buena para acercarme a él, cuando de repente siento que una euforia extraña comienza a apoderarse de mí, especialmente cuando comienza a sonar una de mis canciones favoritas, Moment , y comienzo a bailar como si estuviera poseída por la canción.

Cuando miro a mi lado, veo a Kassy haciendo lo mismo que yo. Ambas nos sonreímos y comenzamos a bailar y a cantar como si nos fuera la vida en ello.

No sé cuánto tiempo llevo bailando. Podrían haber pasado diez minutos o tres horas y me parecería exactamente lo mismo.

La música me atraviesa de una forma extraña.

La siento debajo de la piel, mezclada con mi sangre.

Cada nota parece sincronizarse con los latidos de mi corazón.

Me río de cualquier tontería. De la forma en que Kassy mueve los brazos.

De una pareja que se está besando como si intentaran tragarse el uno al otro.

Incluso de una lámpara rota colgando del techo.

Todo me parece maravilloso. Fascinante. Como si alguien hubiera arrancado de mi cabeza esa vocecita pesada que siempre está diciéndome lo que debo hacer, cómo debo comportarme…

Es una sensación peligrosa. Lo sé. O al menos una parte muy pequeña de mí lo sabe.

Pero esa parte está demasiado lejos para alcanzarme ahora mismo.

La gente siempre habla de perder el control como si fuera algo terrible.

Como si fuera una tragedia. Como si la libertad fuese una bestia salvaje que hubiera que mantener encerrada a toda costa.

Pero yo no siento eso. Yo siento exactamente lo contrario.

Siento que llevo dieciocho años conteniendo la respiración y que por fin alguien me ha permitido expulsar el aire de los pulmones.

Quizá por eso no puedo dejar de sonreír.

Quizá por eso, cuando levanto la vista y veo las escaleras que conducen al piso superior de The Ruins, no pienso en peligro.

Ni en consecuencias. Solo pienso en una cosa: Quiero verlo.

Mis ojos se quedan clavados en la oscuridad que hay más allá de los escalones.

Siempre ha estado ahí. Cada vez que he venido a este lugar he visto esas escaleras.

Siempre hay personas subiendo y bajando de allí arriba después de hacer miles de locuras.

O a lo mejor no son cosas tan locas. Pero precisamente porque nunca he estado allí, mi imaginación ha hecho lo que mejor sabe hacer: llenar los huecos.

Y ahora mismo me parece incomprensible no haber subido antes.

¿Por qué no lo he hecho? La pregunta me provoca una risa tonta.

Porque no me han invitado nunca y porque soy una cagada. Qué razones tan ridículas.

Llevo semanas mirando cada noche a un chico a través de una ventana y haciendo cosas que jamás imaginé que sería capaz de hacer. ¿Y resulta que unas escaleras viejas son donde voy a poner el límite? Por favor…

Empiezo a subir antes incluso de tomar una decisión consciente.

Mis piernas simplemente se mueven por su cuenta.

A medida que avanzo, la música queda atrás.

No desaparece del todo, pero cambia. Se convierte en una vibración lejana, amortiguada, como si estuviera ocurriendo en otro mundo.

¡Hostias! Estas escaleras se mueven mucho.

Y de repente estoy sola. Completamente sola. No veo a Kassy. No veo a las chicas. Solo hay silencio. Un silencio extraño que contrasta con el caos de la fiesta y que, por alguna razón, me encanta.

Paso los dedos por la pared mientras avanzo por el pasillo.

Hay polvo. Grafitis. Cristales rotos. Puertas arrancadas de sus bisagras.

Todo parece abandonado desde hace siglos.

Como si el edificio hubiera decidido morir poco a poco y nadie se hubiera molestado en impedírselo.

¡Guau! ¡Esto es muy chulo! Los grafitis hablan.

¿Hablan? Sí, creo que sí. Y las paredes del viejo pasillo se estrechan y se abren a mi paso.

¡Qué pasada! Pero no me da miedo. Nada me da miedo. Y quizá eso debería preocuparme.

Cuando encuentro una ventana rota que da al tejado me quedo inmóvil.

Porque es preciosa. ¡Y las vistas! ¡Joder, son increíbles!

La noche entera parece desplegarse frente a mí.

Las luces de las casas a lo lejos. Los árboles.

La luna. El viento fresco golpeándome la cara.

Por un instante siento algo tan intenso que casi me duele. Libertad.

No encuentro otra palabra. Es exactamente eso. La sensación de que no hay nadie observándome. Nadie juzgándome. Nadie diciéndome quién debería ser o sentir. Nadie. Solo yo.

Salgo al tejado sonriendo. Y sigo avanzando.

Porque no veo peligro. Solo veo belleza.

Y cuando una teja cruje bajo mi pie, cuando un trozo se desprende y desaparece en la oscuridad, mi primera reacción no es el miedo.

Es la sorpresa. Porque el miedo requiere pensar.

Y hace mucho que he dejado de pensar. La teja se rompe bajo mi pie con un crujido seco que resuena en mitad de la noche.

Durante un instante me quedo completamente inmóvil.

El viento sigue golpeándome la cara. La música sigue sonando allá abajo.

Todo sigue exactamente igual. Y, sin embargo, algo cambia.

Porque por primera vez miro hacia abajo.

La inclinación del tejado parece mucho más pronunciada de lo que me había parecido unos segundos antes.

La distancia hasta el suelo se vuelve repentinamente más grande y peligrosa.

Y mientras intento echar el peso hacia atrás, una segunda teja se desplaza bajo mi zapatilla. Mi corazón da un vuelco.

—Mierda...

La palabra apenas sale de mis labios cuando noto cómo mi pie resbala. Mis brazos se agitan buscando equilibrio mientras una oleada de vértigo me atraviesa el cuerpo. Y entonces una mano se cierra alrededor de mi brazo. Con fuerza. Con muchísima fuerza. Tan fuerte que casi me hace daño.

—¿Pero qué coño haces? —escucho una voz furiosa. La voz de Ryder.

Levanto la cabeza. No sé cuándo ha llegado hasta allí.

No sé cómo ha conseguido salir al tejado sin que yo me diera cuenta.

Solo sé que está sujetándome con una mano mientras la otra busca apoyo sobre las tejas para no perder el equilibrio él también.

Tiene la mandíbula apretada. Los ojos encendidos.

Y parece muchísimo más asustado de lo que yo me siento.

Lo cual me resulta extrañamente divertido.

—Qué bonita noche... —murmuro sonriendo. La expresión de Ryder no cambia lo más mínimo.

—Monroe.

—¿Sí?

—No te muevas.

Su voz suena tan seria que debería asustarme. Pero no lo hace. Nada parece asustarme esta noche.

—Tienes unos ojos muy bonitos, ¿lo sabías? —le digo mientras intento enfocar mejor su cara—. Más bonitos de cerca. Joder, y hueles tan bien…

Durante un segundo entero me observa en silencio. Una mirada larga. Profunda. Tan profunda que incluso mi cerebro embotado es capaz de percibir que algo va mal.

—¿Qué has tomado? —pregunta finalmente. Parpadeo varias veces. La pregunta me parece extraña.

—Lo de siempre.

—¿Lo de siempre?

—Sí. Dos copas de ron —le digo y un músculo se tensa en su mandíbula.

—Joder.

—¿Qué?

—Te han metido algo —su respuesta tarda varios segundos en atravesar la niebla que tengo dentro de la cabeza.

—No...

—Sí —la forma en que lo dice no deja espacio para discutir. Ni siquiera parece enfadado conmigo ya. Parece enfadado con el mundo entero—. Ahora vas a hacer exactamente lo que te diga.

—Qué mandón eres.

—Ava —por primera vez pronuncia mi nombre. Sin distancia. Sin ninguna de las barreras que siempre ha levantado entre nosotros. Y algo en su voz consigue que deje de sonreír— Mírame —lo hago—. Muy bien. Ahora ven despacio hacia mí. Sin mirar abajo.

Obedezco. No porque quiera. Porque de repente me resulta imposible hacer otra cosa.

Cada paso parece más difícil que el anterior.

El tejado se mueve bajo mis pies y las piernas empiezan a temblarme de una manera rara.

Como si dejaran de pertenecerme. Cuando llego hasta él, Ryder me rodea inmediatamente con un brazo.

Con una urgencia que hace que se me acelere más el corazón.

—Eso es —murmura—. Ya está.

Por alguna razón esas palabras hacen que me entren ganas de llorar. Y no entiendo por qué.

—Ryder...

—¿Qué?

—Creo que me encuentro rara.

—Ya me he dado cuenta.

Consigue sacarme una risa torpe. Pero el temblor empeora. Ahora me recorre los brazos. Las piernas. El pecho. Todo. De repente estoy cansadísima. Agotada. Como si hubiera corrido una maratón.

—Eh —su mano se desliza hasta mi nuca—. No te duermas.

—No estoy dormida.

—Monroe.

—Estoy perfectamente.

—Mentira.

Intento protestar, pero las palabras empiezan a mezclarse unas con otras. Y antes de que me dé cuenta, Ryder me levanta del suelo. Un brazo bajo mis rodillas. Otro alrededor de mi espalda. Todo ocurre tan rápido que ni siquiera tengo tiempo de reaccionar.

—¿Qué haces? —pregunto.

—Sacarte de aquí.

Apoyo la cabeza contra su hombro. Huele a alcohol. A cigarrillos. A él. Y por alguna razón eso me tranquiliza.

—¿A dónde me llevas?

—A casa.

La palabra consigue atravesar un poco la niebla.

—Kassy.

—¿Qué pasa con Kassy?

—Ella también estaba rara —Ryder sigue caminando mientras baja las escaleras conmigo en brazos.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Ya se están ocupando de ella.

—¿Quién?

—Mis amigos.

Intento pensar. Pero cada vez resulta más complicado.

—¿Son de fiar?

—Sí.

—¿Todos?

—Más o menos.

Eso me hace reír. Aunque esta vez débilmente porque las fuerzas se me van apagando. Las luces de la fiesta se vuelven borrosas mientras Ryder me saca de The Ruins. Y justo antes de que todo empiece a desdibujarse, apoyo la cabeza contra su pecho.

—Mi padre va a matarme —susurro.

—No va a matarte.

—Sí va a hacerlo. Y luego me mandará a un internado lejísimos.

Por primera vez en toda la noche, Ryder suelta una pequeña carcajada. La siento vibrar bajo mi mejilla.

—Pues tendremos que evitar ambas cosas.