CAPÍTULO 11 NÚMERO NUEVE
NÚMERO NUEVE
Mi cuerpo tiembla de arriba abajo como una hoja mecida por el viento y no solo de nervios, también de anticipación.
Me encanta la locura que estoy a punto de cometer.
Ya conozco bien la sensación que la precede, que la acompaña y se mantiene después en mis venas. Ese torrente, esa euforia, ese calor…
He cenado con papá mucho antes que normalmente, le he dicho que tenía sueño y que quería acostarme pronto. Así que hoy la música tendrá que ponerla Ryder.
Atranco la puerta de mi habitación con una silla, porque, aunque sé que mi padre no va a entrar, no quiero correr riesgos y no quiero que nada más me distraiga durante mi…
¿cita? Estoy completamente loca. Pero me encanta estarlo.
Esto aún no se ha terminado para Ryder y para mí desde luego tampoco.
Tenemos deseos de seguir con esto ambos.
Y he sido una estúpida insegura al pensar que él ya no tenía las mismas ganas.
Ahora me contemplo al espejo con su camiseta, y creo que es la cosa más sexy que un chico podría hacer por una chica.
Espero que le guste mi regalito también.
Me muerdo el labio inferior y me río. Ha llegado la hora, creo.
Antes de asomarme me debato entre soltarme el pelo o dejarlo recogido.
A lo mejor me lo suelto luego. Tomo varias bocanadas de aire y me acerco a la ventana con el pulso trotando por mis venas.
Cuando me pongo a la vista, Ryder no está asomado, pero la luz de su habitación está encendida.
Dios… que no tarde mucho en salir y aplacar mis nervios, porque me va a dar un infarto.
Me quedo de pie frente a la ventana, temblando entera.
Llevo casi quince minutos aquí, con el pulso retumbándome en los oídos y un calor insoportable entre las piernas.
Su camiseta negra del equipo de fútbol me queda enorme y me roza los muslos desnudos.
Huele tanto a él… a ese olor viril y ligeramente dulce que me vuelve completamente idiota.
Jamás pensé que su olor pudiera ponerme instantáneamente cachonda. Estoy desesperada. De verdad.
Siempre tengo la tortuosa idea en la mente de que tengo dieciocho años y sigo siendo virgen. Me siento rota, defectuosa… y al mismo tiempo tan necesitada de atención que me duele. Por eso estoy aquí otra vez. Por eso espero como una adicta.
Mi habitación está en penumbra, solo con la luz suave de la mesita. Mi cama colocada justo enfrente de la ventana. El corazón me late tan fuerte que me tiemblan las rodillas. Y entonces aparece.
Ryder sale de la semi oscuridad de su habitación y se planta allí, justo frente a mí.
Solo lleva pantalones de chándal grises bajos de cadera.
El pecho desnudo, tatuado, musculoso, brillando ligeramente por el calor.
Esa V profunda que baja hasta perderse bajo la tela.
Nuestras miradas chocan y siento que me falta el aire.
Sus ojos bajan lentamente por mi cuerpo y se detienen en la camiseta.
Su camiseta. Veo cómo traga saliva. Sin decir una palabra, mete la mano dentro del pantalón en busca de su alivio físico.
Se me escapa un gemido bajito, avergonzado.
Dios… esto está mal. Sé que está mal. Pero no puedo parar.
Llevo tanto tiempo queriendo que alguien me desee de verdad, que me mire como él me está mirando ahora… como si quisiera comerme.
Me llevo las manos a los pechos por encima de su camiseta y los aprieto, pellizcándome los pezones ya duros.
Siento un latigazo de placer que me baja directo al centro de mi cuerpo.
Huelo su aroma otra vez y se me humedecen más los muslos.
Vergüenza y morbo todo mezclado. Me siento sucia…
y me encanta. Bajo una mano por mi vientre tembloroso y me acaricio por encima de las braguitas.
Estoy empapada. La tela está caliente y resbaladiza.
Muevo los dedos en círculos lentos sobre mi clítoris y se me escapa otro suspiro entrecortado.
Ryder se muerde el labio y empieza a masturbarse despacio, mirándome con esa intensidad que me derrite.
Entonces doy un paso atrás, levanto un poco la camiseta y le enseño las braguitas con su número 09 escrito.
Lo escribí con rotuladores para tela que tengo para darle una sorpresa.
Sus ojos se abren de golpe. Su respiración se acelera.
Señala mis braguitas con la barbilla y hace un gesto claro: “Quítatelas”.
Niego con la cabeza, sonriendo nerviosa, y le indico que mire mejor. Cuando entiende que quiero que me vea tocarme con su número escrito sobre mi sexo, su expresión cambia a algo casi animal.
Continúo tocándome por encima de las braguitas, hasta que noto que la tela se empapa del todo. Entonces veo cómo me vuelve a señalar y luego se señala a sí mismo con insistencia. ¿Qué me está pidiendo? Me señalo las braguitas, a modo de pregunta y asiente. ¡Joder! ¡Quiere mis braguitas!
Siento la cara ardiendo de vergüenza. ¿Qué estoy haciendo? ¿Lanzarle mis braguitas usadas a un chico que ni siquiera me habla en el instituto? Pero al mismo tiempo estoy tan mojada…
Con las manos temblando, me bajo las braguitas lentamente, sintiendo el aire frío en mi sexo empapado. Las cojo, las miro un segundo (están manchadas, brillantes) y abro la ventana lo justo para lanzarlas.
Ryder las atrapa al vuelo. Se las lleva directamente a la nariz e inhala profundamente, cerrando los ojos como si estuviera oliendo el paraíso. Cuando los abre, su mirada es pura lujuria. Se baja un poco más los pantalones y empieza a masturbarse con fuerza, oliendo mis braguitas otra vez.
Me subo a la cama casi corriendo, muerta de ganas. Me coloco de rodillas primero y luego me tumbo hacia atrás, apoyada en los cojines. Abro las piernas todo lo que puedo, exponiéndome completamente y empiezo a tocarme de verdad.
Dos dedos deslizándose entre mis labios mojados, rodeando mi clítoris hinchado y sensible.
Gimo bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Meto un dedo dentro, luego dos. Mientras miro cómo Ryder se da placer, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en mi sexo.
Huelo su camiseta. Siento su mirada. Me siento poderosa.
Nunca me había sentido tan deseada. Tan sucia. Tan viva.
Sé que estoy cerca, que el orgasmo se acerca como una ola enorme. Miro su erección, gruesa y dura en su puño, imaginando cómo se sentiría dentro de mí.
Quiero correrme para él, con su camiseta puesta. Quiero que me vea perder el control.
Mis piernas tiemblan. Mi respiración es un desastre. Y mientras me doy placer solo puedo pensar una cosa:
Más. Por favor… más.
Mis dedos se mueven cada vez más rápido, casi con desesperación. Estoy a punto.
Ryder está completamente entregado al otro lado de la ventana.
Su mano sube y baja por su dureza con movimientos fuertes y rápidos.
Sus abdominales se tensan con cada embestida de su puño.
Sus ojos no se apartan de mi sexo, de mis dedos que se hunden dentro de mí una y otra vez.
Tiene mis braguitas todavía pegadas a la nariz y la boca, oliéndolas como un sexy adicto a mí y a mi esencia. Eso me desarma.
—Joder… —susurro bajito.
El morbo me quema la cara, el cuello, el pecho.
Soy la chica ingenua del instituto, la que nunca ha hecho nada de nada con un chico…
y aquí estoy, con las piernas abiertas de par en par, dándome placer para un chico peligroso que ni siquiera me habla en público.
Pero esta adrenalina hace que mi clítoris palpite más fuerte. Siento que voy a explotar.
Aumento la velocidad. Ryder acelera también. Su puño casi borroso de lo rápido que se masturba. Tiene la mandíbula tan apretada que se le marcan los músculos del cuello. Sus ojos oscuros, salvajes, fijos en mí.
Y entonces llega. El orgasmo me golpea como un tren.
—Ah… ¡joder! —gimo ahogadamente, mordiéndome el brazo para no gritar.
Todo mi cuerpo se tensa de golpe. Mis paredes internas se contraen con fuerza alrededor de mis dedos, una y otra vez, mientras un placer brutal me recorre hasta la punta de los pies.
Me corro tan fuerte que creo que veo estrellitas.
Las piernas me tiemblan sin control, los dedos de los pies se me encogen.
Siento oleadas y oleadas de placer que no terminan, como si mi cuerpo se estuviera deshaciendo.
Al mismo tiempo, oigo suavemente cómo Ryder suelta un gruñido ronco y gutural que consigo oír incluso a través del cristal entreabierto.
Su polla palpita violentamente en su mano y se corre con fuerza.
Chorros salen disparados, cayendo sobre su abdomen y su puño mientras sigue oliendo mis braguitas.
Su cara es de puro éxtasis, los ojos entrecerrados, pero todavía clavados en mí.
Nos corremos mirándonos. Juntos. En silencio.
Durante unos segundos eternos solo existen nuestras respiraciones agitadas.
Mi cuerpo sigue temblando con las réplicas del orgasmo más intenso que he tenido en mi vida.
Tengo las mejillas ardiendo, el sexo palpitando y sensible, y una mezcla de euforia y vergüenza que me llena el pecho.
Ryder me mira todavía un rato más. Respira con dificultad, el pecho subiendo y bajando.
Lentamente, se limpia la mano en sus pantalones de chándal y me dedica una media sonrisa oscura, casi peligrosa.
Luego levanta mis braguitas, las besa brevemente y me las muestra antes de guardárselas en el bolsillo. Como un trofeo.
Me quedo tumbada en la cama, con las piernas todavía abiertas, exhausta y satisfecha.
La ventana sigue entreabierta. El aire fresco de la noche me roza el sexo mojado y me hace estremecer.
No sé qué estamos haciendo. No sé por qué me hace sentir tan viva y tan rota al mismo tiempo.
Pero mientras lo veo desaparecer de nuevo en la penumbra de su habitación, solo puedo pensar una cosa: Quiero más.
Necesito más. Sé que ya no podré parar hasta que él o la situación me pare.