CAPÍTULO 4 LO QUE NADIE VE
LO QUE NADIE VE
El lunes en el instituto Kassy y Selena me cuentan un chisme del barrio pijo en el que viven.
Al parecer, Nick Stone, uno de los amiguitos de mi secretito (así es como llamo ahora a Ryder Knox) se estaba acostando con la mujer de un vecino de Selena, el hombre los pilló infraganti en la cama y Nick Stone salió medio desnudo de la casa entre risas, el muy descarado.
Lo peor es lo que me cuentan después, pues el marido de esa mujer le dio una paliza a su mujer y tuvieron que llamar a la policía para detenerlo y que no cometiera una atrocidad aún mayor.
Selena y yo estamos consternadas con la actuación del marido, pero Kassy parece que lo encuentra gracioso.
Esas cosas son las que no me gustan de mi amiga Kassy.
A veces tiene un lado perverso y oscuro que no consigo entender y mucho menos compartir.
Kassy hace referencia constantemente a que no entiende por qué esa mujer eligió a un don nadie como Stone como amante poniendo a su matrimonio en peligro cuando el marido de la mujer era rico.
Yo intento explicarle que el dinero no lo es todo, pero cuando me pongo así de, según ella “filosófica y absurdamente sentimental”, ella simplemente pone los ojos en blanco y me ignora.
Estoy tan conmovida con la historia que casi no me doy cuenta de que estamos a punto de cruzarnos con “mi secretito” por el pasillo si no es porque Kassy y Selena se callan de repente y eso hace que yo mire al frente para ver qué pasa.
Me quedo congelada al ver los ojos azules que me observan de repente, pero acto seguido desvío mi mirada a mis amigas y sonrío falsamente, deseando que no noten que me tiembla todo el puto cuerpo con solo cruzarme con Ryder Knox.
Y mientras cruzamos por su lado pido al cielo y a todos los santos que él me ignore de la misma forma en que yo lo hago.
Respiro aliviada cuando pasa por nuestro lado sin volver a alzar la vista ni decir un solo comentario, ignorando nuestra presencia, así como yo supliqué en silencio que hiciera.
Aunque ahora que he pasado de largo de él, la tentación de volverme y mirarlo me abrasa por dentro, pero consigo retenerme.
Durante las tres horas siguientes me olvido por completo de “mi secretito” y el fin de semana tan raro que he vivido con Ryder Knox y simplemente sobrevivo a una hora de historia contemporánea, otra de literatura y otra de ciencias.
Aunque, bueno, en ciencias comienzo a ponerme nerviosa hacia la mitad de la clase porque comienzo a recordar que después del descanso tengo filosofía y Ryder Knox está en mi jodida clase de filosofía. Mierda.
Tengo que ir rápido para coger un sitio en el frente de la clase, porque él siempre se sienta al final. Para colmo ninguna de mis amigas está en clase de filosofía pues Selena y Kassy están en economía y Jannet está en música.
Me despido apresuradamente de todas ellas en cuanto suena la campana y quedamos en vernos a la salida para irnos juntas a casa y salgo pitando hacia la clase de filosofía.
Pero cuando llego, a pesar de que no hay muchos alumnos aun, sí que está el profesor Harris y las sillas de los alumnos están colocadas haciendo un círculo.
Miro al profesor, perdida, y él me hace un gesto para que elija un asiento cualquiera, prometiéndome que la clase de hoy será interesante.
Me guardo un bufido y pongo los ojos en blanco mentalmente mientras tomo un asiento.
Los alumnos comienzan a entrar y a tomar asiento.
No veo a Ryder entrar aun y rezo de nuevo para que hoy decida no venir a esta clase.
Antes me ha funcionado eso de rezar, así que, ¿por qué no probarlo de nuevo?
Uno de los asientos que está a mi lado es ocupado por Lizzy, una chica que es bastante estudiosa, pero el asiento que está a mi izquierda sigue libre.
Miro con ojos suplicantes a todo el que entra para que elija sentarse a mi lado antes de que aparezca mi vecino ponzoñoso y lo haga él y de repente veo que Jade Scott, el amigo de Daniel Connel con el que bailé en la fiesta del sábado entra, me sonríe y, al ver que yo le sonrío igual, parece decidido a sentarse a mi lado, pero de repente se tensa, mira hacia atrás en dirección a la puerta y da dos pasos hacia atrás.
Miro a la puerta y no veo a nadie, pero, como por arte de magia Ryder Knox aparece justo en ese instante y me pilla mirándolo con cara de estúpida.
Esta vez es él quien aparta la mirada de la mía. Solo quedan dos asientos libres y dos personas por sentarse: Jade y él. Ryder mira a Jade y le pregunta dónde se sienta él. Jade, un poco tenso, señala otra silla libre que queda, al otro extremo de donde estoy yo. Maldición.
Ryder se quita la mochila del hombro y toma asiento a mi lado, sin mirarme y sentándose como si no hubiera pasado nada entre él y yo.
Me obligo a mirar hacia adelante yo también y trato de ignorar el calor que desprende su cuerpo hacia mí.
Trato de no respirar el aroma tan viril que emana su piel.
Trato de simplemente respirar como un ser humano normal.
La clase comienza y el profesor Harris tiene la brillante idea de sacarnos uno a uno al centro y hacer que nuestro compañero sentado a nuestra izquierda nos haga una pregunta comprometida que tenga que ver con algún razonamiento filosófico.
Me cago en mi vida. ¿Ryder va a preguntarme a mí? Mierda. Mierda y mierda.
Van pasando los turnos y apenas soy capaz de escuchar lo que mis compañeros dicen.
Solo soy consciente de que me sudan las manos y de que estoy más nerviosa incluso que cuando me desnudé para Ryder anoche de cintura para arriba.
No sé por qué, pero en las cuatro paredes de mi habitación me siento protegida, pero saber que voy a estar en el centro de todas las miradas y que Ryder puede preguntarme cualquier barbaridad que se le venga a la mente delante de todos, después de todo lo que hemos hecho, simplemente me aterra.
Mi turno llega sin más remedio y cuando el profesor anuncia mi apellido me obligo a ponerme en pie y a plantarme delante de todos.
Y también obligo a mis ojos a sostenerle la mirada a Ryder Knox, que también me mira como si estuviera de nuevo desnuda frente a él o como si me quisiera despellejar delante de todos, no lo tengo claro.
Lo que sé es que me tiemblan las piernas y el pulso se me ha acelerado.
Ryder tarda varios segundos en hablar. Segundos que se me hacen eternos. Tiene un brazo apoyado sobre el respaldo de su silla y la mirada fija en mí de esa forma tan suya que hace que me olvide de respirar correctamente.
Entonces ladea un poco la cabeza.
—¿Crees que hacer algo en secreto lo convierte automáticamente en algo malo? —pregunta al fin.
El corazón se me detiene.
La clase permanece en silencio esperando mi respuesta, pero estoy bastante segura de que nadie más entiende realmente qué acaba de preguntarme. Porque Ryder Knox no está hablando de filosofía. Está hablando de nosotros. Me quedo paralizada por unos segundos, pero me obligo a responder.
—No creo que hacer algo en secreto lo convierta automáticamente en algo malo —respondo intentando que mi voz no tiemble—.
A veces la gente esconde cosas simplemente porque sabe que los demás no las entenderían —me obligo a apartar la mirada de Ryder y continúo—.
O porque hay cosas que… cambian cuando otra gente las mira.
Cosas que quizá solo tienen sentido para las personas que las están viviendo.
—El aula permanece en silencio y noto el corazón golpeándome demasiado fuerte contra las costillas—.
Supongo que todos tenemos partes de nosotros mismos que preferimos mantener privadas.
Y eso no significa necesariamente que sean malas.
Solo… personales —trago saliva—. Aunque claro…
también creo que cuando escondes algo es porque sabes que existe una posibilidad de que esté mal.
Si no, probablemente no tendrías miedo de que alguien lo descubriera.
El profesor asiente satisfecho con mi respuesta y me hace un gesto para que vuelva a sentarme.
Camino de regreso a mi silla intentando aparentar normalidad, aunque siento el pulso latiéndome hasta en la garganta. En cuanto me siento, Ryder se inclina apenas hacia mí. Lo justo para que el olor de su colonia vuelva a marearme.
—No ha estado mal, cosita —murmura con una sonrisa apenas perceptible. No me mira al decirlo.
Ryder se levanta entonces y ocupa el centro del círculo mientras algunos compañeros se remueven incómodos en sus asientos. Siempre ocurre eso con él. Es como si incluso la gente que finge no tenerle miedo no pudiera relajarse del todo cerca de Ryder Knox.
La chica sentada a su izquierda, Megan, lo observa unos segundos antes de hablar.
—¿Crees que las personas pueden cambiar realmente… o solo aprenden a esconder mejor quiénes son?
El aula queda en silencio. Ryder baja la mirada unos segundos hacia el suelo, pensativo. Después se encoge apenas de hombros.
—Creo que la mayoría de la gente ni siquiera intenta conocerte realmente —dice al fin con tranquilidad—. Solo deciden quién eres y ya está.
Trago saliva. Porque, aunque no me está mirando, siento cada palabra como un golpe directo al pecho.
Ryder continúa:
—Si tu padre es un cabrón, piensan que tú también lo serás.
Si vienes de un sitio problemático, creen que terminarás igual que la mayoría de la gente de ese lugar.
A la gente le encanta poner etiquetas a otros porque así no tienen que molestarse en mirar más allá.
—El profesor parece sorprendido por la respuesta.
Yo también. Ryder levanta apenas la vista, mirando a algún punto perdido del aula—.
Así que supongo que llega un momento en que dejas de intentar convencer a nadie de lo contrario —hace una pausa—.
Te construyes un caparazón. —El silencio en clase se vuelve incómodo—.
Aunque… —añade finalmente con voz más baja— creo que siempre hay alguien ante quien sí te gustaría poder dejar de fingir.
El corazón se me detiene. Y de pronto miro a ese chico con unos ojos distintos a los que siempre había utilizado con él.
Yo también lo he prejuzgado por ser hijo de quien es.
Todos aquí lo hemos hecho. No le hemos dejado otra opción que finalmente ser quien todos pensábamos que iba a ser. Y eso es horrible.
En cuanto termina de hablar, Ryder viene hacia su asiento, esta vez lo miro sin disimulo, pero él no me devuelve la mirada. Se le ve incómodo, como si ahí arriba se hubiera sincerado por primera vez sobre cómo la gente de aquí le hace sentir.
Yo no le digo nada, porque no somos amigos. No somos nada. No voy a entrometerme en su vida. De todos modos tampoco me da tiempo a decirle nada.
Ryder coge su mochila en cuanto llega a su asiento y, sin esperar a que siquiera suene el timbre que anuncia el fin de la clase, se marcha. El profesor lo mira y está a punto de decirle algo cuando el sonido de la campana suena y todos comenzamos a levantarnos y a salir de clase.
Y yo sé que las horas que me quedan de clases las voy a pasar pensando en Ryder Knox sin poder evitarlo.