Capítulo 6
E l responsable de turno se llamaba Sergio, tenía treinta y cinco años, llevaba seis trabajando en IKEA y había desarrollado, en ese tiempo, una paciencia con los clientes que bordaba lo filosófico.
Conque Sergio, imperturbable, escuchó la historia de Agustín y Elena de principio a fin y luego comprobó que habían pagado la comida consumida.
Miró el registro de la cámara de seguridad, que mostraba, en efecto, a dos personas recorriendo la tienda a las diez de la noche sin intención manifiesta de robar nada, y luego en varias configuraciones a lo largo de las horas: en el área de comida, en la sección de salones, en el comedor, en el dormitorio.
Se detuvo en la imagen del dormitorio: Agustín y Elena en la cama, dormidos, abrazados.
—¿Son pareja? —preguntó, con la neutralidad profesional de quien ha visto muchas cosas.
—No —dijo Agustín.
—Nos conocimos ayer —añadió Elena—. Aquí.
Sergio los miró. Luego miró la pantalla. Luego los miró de nuevo.
—Pueden salir —dijo, en voz monocorde—. Y, antes de irse, compren lo que vinieron a comprar. Gracias por visitar IKEA.
***
Tardaron solo diez minutos. El laberíntico IKEA ya no tenía ya secretos para ellos.
Elena encontró las sábanas que necesitaba.
Agustín compró un cactus, para que le diera ánimo a su aloe vera mientras se recuperaba psicológicamente del accidente con el Billy, según explicó.
Pagaron haciendo caso omiso de las risas y miradas de los empleados que empezaban a llegar y a enterarse de los acontecimientos, y salieron al aparcamiento.
La mañana de miércoles era fría y despejada, con ese tipo de luz de otoño que en Madrid tiene algo de película italiana, angular y ligeramente dorada.
El aparcamiento estaba empezando a llenarse de coches.
La vida normal seguía adelante con la indiferencia habitual.
Se quedaron un momento en la acera, con sus carritos respectivos.
Ninguno de los dos dijo nada durante un momento.
—¿Cómo vas a llevar las estanterías? —dijo Agustín—. Son bastante grandes.
—En taxi.
—¿Y cómo sabes que el taxi va a poder con ellas?
—No lo sé. Improvisaré.
Agustín la miró.
—Tengo coche —dijo—. Si quieres, te llevo.
Elena le devolvió la mirada.
—¿Estás seguro?
—Es en Malasaña. No está muy lejos de Lavapiés.
Silencio breve.
—¿Y a cambio? —preguntó Elena.
—¿Qué?
—Que si me llevas, yo hago algo a cambio. ¿Qué quieres?
Agustín pensó durante un segundo.
—Ayúdame a arreglar el Billy. Yo no parezco tener mucho talento para montar estanterías.
—¿Tienes las instrucciones?
—Tengo las instrucciones, pero no el tornillo X del paso 7, porque salió rodando y se perdió debajo del sofá.
Elena consideró la propuesta.
—Trato —dijo.
Fueron al coche.
***
El vehículo de Agustín era un Seat Ibiza amarillo de segunda mano, que tenía el retrovisor interior torcido y un ambientador de pino colgado del espejo.
El descolorido objeto llevaba allí suficiente tiempo para haber perdido el olor, pero no suficiente para que él lo quitara.
El maletero resultó ser lo bastante grande para la estantería desmontada, aunque requirió de una reorganización logística considerable y unos forcejeos que el Seat aguantó estoico.
Agustín condujo sin decir mucho. Elena miró por la ventana la ciudad despertando, los bares con las sillas todavía encima de las mesas, los comercios subiendo la persiana, los autobuses llenos de gente que iba al trabajo con expresión de miércoles por la mañana (que es diferente a la de la pesadumbre de los lunes y el optimismo de los viernes).
Cuando ya casi llegaban, Elena dijo:
—Gracias por quedarte.
Agustín la miró de reojo.
—¿Por quedarme?
—En IKEA. Podrías haber abierto la salida de emergencia en cualquier momento.
Pausa.
—Tú también —dijo él.
—Sí.
Hubo un silencio.
—No fue tan malo —dijo Agustín.
—No —dijo Elena—. No lo fue.
Llegaron a Malasaña y aparcaron. Ella señaló que subía sola, que era capaz de llevar todas las cajas. Agustín dijo que subía con ella porque cuatro cajas con muebles suecos eran difíciles de gestionar en solitario.
Subieron.
El piso de Elena era tal como ella lo había descrito: el beige sin nombre en las paredes, el colchón en el suelo de la habitación, el escritorio demasiado pequeño con el portátil balanceándose encima, dos cajas de mudanza todavía sin abrir en la esquina del salón.
Era el piso de alguien que llevaba seis días en una ciudad nueva y que todavía estaba en el proceso de convertir un espacio en algo que se pareciera a un lugar donde vivir.
Pero había luz natural. Mucha. La ventana del salón daba a un patio interior que traía el sonido amortiguado de la ciudad y una columna de luz que a esa hora de la mañana caía sobre el suelo de madera, creando el tipo de espacio que en las revistas de decoración describen como «lleno de potencial».
***
Montaron las estanterías juntos.
Las instrucciones de IKEA tienen esa cualidad específica de los textos que pretenden ser universales y que resultan, en la práctica, interpretables de maneras que van desde «inmediatamente comprensible» hasta «completamente ambiguo». El paso 4 de la estantería era del segundo tipo.
—Aquí dice que el panel B va en el ángulo C —dijo Elena, sosteniendo la hoja de instrucciones.
—El panel B ya está en el ángulo C —indicó Agustín, desde el suelo donde estaba agachado sobre la estructura a medias.
—¿Seguro?
—El ángulo C es este. El panel B es ese. Están juntos.
—Pero el tornillo 5A no entra.
—Porque hay que girar antes el panel B noventa grados.
—¿Eso lo dice en las instrucciones?
Agustín miró las instrucciones.
—No. Pero si lo piensas en tres dimensiones, tiene sentido.
Elena intentó pensar en tres dimensiones. Tardó quince segundos.
—Sí —dijo—. Tienes razón.
Tardaron cuarenta minutos en los que estuvieron agachados en el suelo, de rodillas, con las instrucciones entre los dos y las piezas repartidas por todo el salón, y en los que Agustín le pasó el destornillador tres veces y las tres veces sus dedos se rozaron y las tres veces ninguno de los dos dijo nada, pero Elena contó cada uno de esos roces con una precisión que le parecía ridícula para alguien que llevaba sin dormir toda la noche.
Cuando la segunda estructura quedó en pie, los dos se sentaron en el suelo, muy cerca uno del otro.
Elena miraba las estanterías.
Agustín la miraba a ella.
Ella lo sabía. Lo notaba en la nuca, en los hombros, de la misma manera que lo había notado en la cama cuando giró la cabeza y se lo encontró a diez centímetros.
Solo que ahora no había oscuridad ni la excusa de que eran las cuatro de la mañana y ninguno de los dos estaba pensando con claridad.
Eran las once de la mañana de un miércoles. La luz entraba por la ventana.
Y Agustín seguía mirándola.
Elena giró la cabeza.
—¿Qué? —dijo.
—Nada.
—Llevas un rato mirándome.
—Sí —dijo él. Sin apartar los ojos. Sin disculparse.
Solo eso. «Sí».
Elena sintió algo moverse en el estómago. Se obligó a sostenerle la mirada aunque le costara, aunque el corazón le estuviera haciendo cosas desproporcionadas para las once de la mañana de un miércoles.
—¿Por qué? —preguntó.
Agustín no respondió enseguida. La miró durante un momento, como si estuviera decidiendo algo. Y luego, despacio, levantó la mano y apartó el mechón de pelo que se le había escapado del moño y que le caía sobre la mejilla.
Sus dedos rozaron su cara.
Solo un segundo.
Pero Elena dejó de respirar.
—Porque llevo toda la noche intentando no hacerlo —dijo él, con una voz muy baja— y ya me he cansado de intentarlo.
Elena no dijo nada. No podía.
Agustín se inclinó hacia ella despacio, tan despacio que Elena tuvo tiempo de apartarse si hubiera querido, tiempo de decir algo, de poner distancia, de hacer cualquiera de las cosas razonables que se hacen cuando un chico que conociste ayer en la sección de vajillas de un IKEA cerrado se acerca a besarte en el suelo de tu salón a las once de la mañana.
No hizo ninguna de esas cosas.
Se inclinó ella también.
Y se encontraron a la vez, sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido del todo, de la manera en que pasan las cosas cuando llevan horas siendo inevitables.
El beso fue despacio al principio. Muy despacio.
Como una pregunta que los dos estaban respondiendo al mismo tiempo.
Elena notó la calidez de su boca, la mano de él en su mejilla, y pensó que no se parecía en nada a lo que había imaginado durante toda la noche, que era mejor, que era mucho mejor, y que el suelo del salón con las piezas sobrantes de las estanterías Kallax esparcidas a su alrededor era el lugar más absurdo del mundo para que eso estuviera pasando. Y también el mejor.
Cuando se separaron, Elena tenía los ojos cerrados todavía.
Los abrió.
Agustín estaba mirándola desde muy cerca, con una expresión que ella no le había visto antes.
Sin distancia. Sin la cara de estar gestionando una situación con eficiencia.
Solo él, mirándola, con el pelo un poco revuelto y los ojos oscuros y una media sonrisa que a Elena le pareció la cosa más bonita que había visto en mucho tiempo.
—Hola —dijo él.
Elena se rio. Una risa pequeña, sin poder evitarlo.
—Hola —dijo.
—¿Quedamos el lunes? —propuso él, mientras le acariciaba una ceja.
Elena lo miró.
—¿Para qué?
—Para comer. Dijiste que los lunes comes sola y eso te produce melancolía.
Elena tardó un momento en responder.
—Hay un bar en Lavapiés que tiene pintxos los lunes —dijo él.
—¿Buena tipografía en el cartel?
Agustín consideró.
—Regular. Pero los pintxos compensan.
Elena pensó en los lunes sin melancolía. Pensó en Agustín explicando la diferencia entre «peligro» en Helvetica y la misma palabra en Comic Sans. Pensó en el gato naranja llamado IKEA. Pensó en aquel «casi», horas atrás, que al final sí fue.
—De acuerdo —dijo.
Fuera, Madrid seguía con su miércoles. Los autobuses, la gente, el ruido de siempre. Nada había cambiado.
Aunque para Elena, en ese salón con las estanterías recién montadas y la luz de la mañana entrando por la ventana, todo tenía un aspecto muy diferente al de seis días atrás, cuando llegó a una ciudad que no conocía con cuatro cajas de mudanza y la sensación de haberse metido en algo demasiado grande.
Madrid seguía siendo grande. Pero de repente no se sentía tan sola dentro de ella.