Perdidos en Ikea Capítulo 5
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Capítulo 5

A las cuatro de la mañana se pusieron a explorar el establecimiento juntos.

No por nada, porque sí y porque no había nada más interesante que hacer.

No era que hubiera nada que explorar en un sentido estricto.

Era IKEA. Estaban familiarizados con el concepto en términos generales, pero hay una diferencia fundamental entre recorrer IKEA con cuatrocientas otras personas y recorrerlo solo, en silencio, a esa hora de la madrugada, cuando los apartamentos de muestra están vacíos y las lámparas de exposición proyectan círculos de luz sobre superficies que nadie ha tocado desde hace horas.

Elena se había detenido frente a un dormitorio de muestra.

Era uno de los más elaborados del catálogo: una cama matrimonial con la estructura en blanco y el cabecero tapizado en gris marengo, ropa de cama en tonos arena y un edredón Fjällarnika que la etiqueta describía como «calidez escandinava para noches largas», lo cual en las circunstancias actuales parecía una descripción bastante ajustada a la realidad.

—Esta cama —dijo Elena.

—¿Qué le pasa?

—Que me gustaría que la mía fuera así. En el piso donde vivo no hay cama, se la llevó el habitante anterior. Me dejó solo un colchón que está hundido en el centro. Es como si te comiera una planta carnívora.

—¿Por qué no compras una?

—Porque primero necesitaba escritorio, y estanterías, y sábanas, y básicamente todo lo que está en mi lista y que esta noche no he comprado. Y mi presupuesto ya está dando aullidos, así que nada.

Elena se sentó en el borde de la cama. Los muelles respondieron con un silencio impecable, que es la cualidad más subestimada de los colchones.

—Siéntate —dijo.

Agustín la miró.

—Es la cama de exposición.

—Y nosotros somos potenciales clientes. Siéntate.

Estuvieron un momento sentados en silencio.

—¿En qué piensas? —preguntó Elena.

—En la tipografía del proyecto. En mayúsculas o minúsculas.

—¿Y?

—Creo que tienes razón con lo de combinarlas. Las dos cosas a la vez.

—¿Cuándo has decidido eso?

—Hace un rato. Cuando dijiste lo de las paredes infinitas.

Elena lo miró.

—¿Eso qué tiene que ver?

—Que hay cosas que ya sabes y cosas que todavía no has descubierto. Y las dos son reales al mismo tiempo.

Elena estuvo un momento en silencio.

—Eso es bastante bueno —dijo.

—Tú me diste la idea.

—Lo acepto como cumplido mutuo.

Silencio. Esta vez era un silencio diferente a todos los anteriores.

Elena se tumbó en la cama, con la espalda sobre el edredón.

—Excelente —dijo.

—¿La cama?

—El colchón. Dice en la etiqueta que es de firmeza media.

Agustín se tumbó también, mirando el techo del establecimiento. Elena no supo en qué momento se habían acercado tanto.

Elena miraba el techo. Agustín también lo miraba.

Sus brazos estaban a un centímetro el uno del otro encima del edredón. Un centímetro. Elena era muy consciente de ese centímetro.

—¿Ves algún perro? —preguntó, porque necesitaba decir algo y era lo primero que le salió.

—Esa viga de la derecha parece un poco la cola de algo —dijo Agustín.

—¿De qué?

—De un animal no identificado.

—¿Grande o pequeño?

—Mediano. Como un perro mediano mirando hacia arriba.

Elena miró la viga. La encontró.

—Sí —dijo—. Lo veo.

Silencio.

Y entonces Agustín giró la cabeza hacia ella.

Elena lo notó sin mirarlo. Lo notó en la manera en que el aire cambió, en que de repente era muy consciente de lo cerca que estaba su cara de la de él. Demasiado cerca. La clase de cerca que no es accidental.

Giró la cabeza. Y se encontraron.

A esa distancia sus ojos eran más oscuros.

O quizás era la luz, que era tenue y no ayudaba en absoluto a que Elena pensara con claridad.

Él no dijo nada. Ella tampoco. Nadie dijo nada durante un momento que se estiró de una manera que Elena sintió en el pecho, en la garganta, en las yemas de los dedos.

Agustín bajó la mirada un segundo. Volvió a subirla.

Y Elena supo exactamente lo que estaba a punto de pasar y no se movió ni un milímetro porque no quería que parase.

Pero entonces Agustín tomó aire. Y volvió a mirar el techo.

—Deberías dormir —dijo, con una voz que no era del todo normal.

Elena tardó dos segundos en recordar cómo se respiraba.

—Sí —consideró.

No durmió en cuarenta minutos. Siguió mirando el techo con el corazón a doscientas pulsaciones, preguntándose qué habría pasado si ninguno de los dos hubiera mirado hacia otro lado.

Notaba el calor de él a su lado, la proximidad de su brazo casi rozando el suyo, y pensó que había pocas cosas en el mundo más frustrantes que un «casi».

Un casi que al final no fue. O que todavía no había sido.

Porque había una diferencia entre las dos cosas, y Elena, a las cuatro y media de la mañana en una cama de exposición en un IKEA cerrado, decidió que prefería creer en la segunda opción.

Cerró los ojos, y se quedó dormida. No fue una decisión consciente.

Fue el tipo de sueño que llega cuando el cuerpo lleva demasiado tiempo despierto y decide, de manera unilateral y sin consultar a nadie, que ya es suficiente.

La cabeza giró hacia la derecha, la respiración se hizo más lenta y regular y ella soltó un último suspiro antes de empezar a soñar.

Agustín la miró.

Dormida, Elena tenía una expresión diferente a la que había tenido despierta.

Despierta había tenido esa combinación de atención y cautela que tienen las personas cuando están evaluando una situación nueva y no han decidido todavía en qué posición estar.

Dormida tenía el aspecto de alguien que ha resuelto todos los problemas pendientes y ha decidido dejar de ocuparse de ellos hasta nueva orden.

Agustín la miró durante un momento que duró más de lo que había planeado.

No era la primera vez que le gustaba alguien.

Había tenido una relación el año anterior que había durado seis meses y que había terminado de la manera en que terminan las cosas cuando dos personas se juntan por las razones correctas pero en el momento equivocado, o por las razones equivocadas en el momento correcto, nunca había sabido cuál de las dos.

Había habido otras chicas antes, y alguna después, y en ningún caso había tenido la sensación de que faltaba algo, sino más bien la de que había demasiado ruido para escuchar si había algo o no.

Con Elena el ruido había desaparecido.

No de golpe. Había sido gradual, como cuando uno lleva un rato en un sitio ruidoso y en algún momento deja de oírlo porque el cerebro lo ha clasificado como fondo y ya no lo procesa.

En algún punto de esa aventura, sin que Agustín hubiera tomado ninguna decisión consciente al respecto, Elena había dejado de ser la chica que complicaba su noche y había pasado a ser simplemente la persona con quien estaba.

Y estar con ella se sentía, de una manera que le costaba articular incluso para sí mismo, como estar en el sitio correcto...

; una conclusión bastante grande para ser las cinco de la mañana en una cama de exposición.

Pensó en los cuadernos de su padre. En la silla que nunca terminó porque esperó demasiado a que fuera perfecta. En el tiempo que se acaba. No hizo nada con ese pensamiento. Solo lo dejó estar.

Cogió el edredón con cuidado y lo extendió sobre ella. Luego cogió la mano de Elena y, entrelazando los dedos con los de ella, se quedó dormido.

***

A las siete y media de la mañana, las luces del establecimiento volvieron a la vida.

No de golpe, que habría sido brusco, sino de la manera en que IKEA hace las cosas: gradualmente, sección por sección, empezando por la parte de la tienda que da al aparcamiento y avanzando hacia el interior como una marea de luz fluorescente que inunda los pasillos y los expositores y los apartamentos de muestra uno por uno.

Cuando llegó a la sala donde estaban Agustín y Elena, los encontró a los dos dormidos en la misma cama; la cabeza de ella reposando en el hombro de él y el brazo de Agustín rodeándole los hombros.

Elena despertó primero.

Tardó unos dos segundos en recordar dónde estaba.

IKEA. Martes. No, miércoles ya. La noche anterior.

El hombre del tornillo. El café frío. El techo con la viga en forma de cola.

Agustín dormía con la cara girada hacia ella, con una expresión que en nada se parecía a la de fastidio que había tenido la noche anterior.

La tenía abrazada, y el calor que emanaba de su cuerpo se sentía como el hogar.

Se levantó con cuidado de no despertarlo y fue a buscar el carrito.

Agustín despertó tres minutos después, cuando las luces llegaron al nivel máximo de fluorescencia y produjeron el tipo de claridad que hace imposible seguir durmiendo. Se incorporó. Miró el lado de la cama donde Elena había estado.

Se había ido.

Miró hacia el pasillo y la divisó a cuatro metros, con el carrito, mirando una estantería de ocho cubos con la misma expresión concentrada con que la había mirado la noche anterior.

—Estás mirando las estanterías —dijo Agustín.

—Llevaba anoche tres horas sin decidirme entre la de cuatro cubos y la de ocho. He decidido que la de ocho.

—¿Por qué la de ocho?

—Porque necesito guardar cosas.

Agustín se levantó de la cama. Se pasó una mano por el pelo.

—¿Tienes hambre?

—Mucha.

—Abren en una hora y media.

—Lo sé. Pero quedan las bolsas de té.

—¿Frío?

—Con el agua con gas que tenemos y varias horas de maceración.

Se miraron.

—Va a saber horrible —dijo Agustín.

—Casi seguro —confirmó Elena—. ¿Lo tomamos?

Fue, contra toda probabilidad, el mejor té de la historia.

O quizá no era el mejor. Pero lo tomaron en la mesa de la sección de comedor, con los vasos llenos del líquido rojizo de hibisco que sabía a flores y un poco a agua con gas y un poco a la promesa de que en hora y media podrían salir de allí a desayunar como Dios manda.

Y mientras lo tomaban, Agustín sacó un papel y un pequeño lápiz del bolsillo y empezó a escribir algo. Elena lo miró.

—¿Qué haces?

—El cartel. Tengo la idea ahora, y si no la anoto, se va.

Elena esperó sin decir nada. Agustín escribió durante dos minutos. Luego le pasó el papel. Elena lo miró.

El texto era simple. En la parte superior, en mayúsculas grandes y contundentes: «YA LO SABES». Y debajo, en minúsculas pequeñas y casi susurradas: «pero aún puedes cambiarlo».

Lo miró durante un momento.

—Es muy bueno —dijo.

—¿Seguro?

—Bastante seguro, sí.

Agustín cogió el papel de vuelta y lo guardó. Y durante un momento, en la luz fluorescente de la mañana de un miércoles en un IKEA de las afueras de Madrid, los dos estuvieron en silencio. Un silencio diferente a todos los anteriores.

***

El primer empleado llegó a las nueve menos cuarto.

Era un hombre de unos cuarenta años con chaleco amarillo y una expresión de alguien que ha visto cosas en su vida laboral que ya no le sorprenden, y que al encender las luces de la sección de salones encontró a dos personas desconocidas sentadas en la mesa Lisabo de la sección de comedor con sendos vasos de té.

Los miró.

Ellos lo miraron.

—Buenos días —dijo Elena.

Pausa larga del empleado.

—Buenos días —dijo.

—Nos quedamos encerrados ayer por la noche —explicó Agustín—. Los teléfonos se murieron y no encontramos otra salida.

—¿Han pasado aquí la noche?

—Sí.

—¿Solos?

—Juntos —dijo Elena.

El empleado los miró otra vez. Miró los vasos de té. Miró el carrito lleno de colcha, cojines, lámpara, espejo, macetas y tapete.

Respiró hondo.

—Van a tener que hablar con el responsable de turno.

—Por supuesto —dijo Agustín.

—Y van a tener que pagar todo lo que hayan consumido.

—Ya lo teníamos previsto —dijo Elena—. Hemos dejado dinero en el mostrador de la comida.

El empleado los miró con cara de aburrimiento.

—Esperen aquí.