Capítulo 4 #4
Elena lo miró con una expresión que él no supo clasificar del todo.
—¿Qué? —dijo.
—Nada. Es que el cura eligió bien. Das el tono adecuado.
Agustín la miró.
—Eso es lo más raro que me han dicho en mucho tiempo.
—Llevamos horas encerrados en IKEA —dijo Elena—. El listón de lo raro ha subido bastante.
***
—¿Y tú? —dijo Agustín—. ¿De dónde eres?
—De un pueblo microscópico de Galicia. Mil doscientos habitantes. Todos se conocen, todos saben todo, y si no saben algo se lo inventan con mucho detalle.
—¿Y eras popular?
Elena soltó una carcajada corta.
—No. Para ser popular hay que tener tiempo libre. Yo era la cuarta de siete.
Agustín parpadeó.
—¿Siete hermanos?
—Siete. Mis padres son católicos y optimistas, que es una combinación peligrosa. —Hizo una pausa—. Los tres primeros son mayores que yo. Los tres últimos son menores. Lo cual significa que pasé la vida haciendo de medio madre de la mitad de la familia y medio hija de la otra mitad.
—¿Y tus padres?
—Mis padres estaban ocupados sobreviviendo. —Lo dijo sin amargura, como quien describe el tiempo que hizo un martes—. Siete hijos con el sueldo de maestra y el de técnico de mantenimiento da para mucho caos y poco margen. Son buena gente. Simplemente no daban abasto.
—¿Te sentías invisible?
Elena lo consideró.
—Me sentía útil —dijo—. Que no es lo mismo que visible. Cambiaba pañales con diez años. Ayudaba con los deberes de los pequeños con doce. Con catorce ya hacía la compra sola porque mi madre no llegaba.
—¿Y cuándo pintabas?
—De noche. Cuando los pequeños dormían y los mayores estaban fuera y mis padres veían la televisión. Me encerraba en el baño porque era el único sitio con pestillo y pintaba en el suelo con lo que tuviera.
Agustín la miró.
—¿En el suelo del baño?
—El suelo del baño era lo más parecido a un estudio que tenía. —Elena se encogió de hombros—. Le cogí cariño. Hay algo muy concentrado en pintar en un espacio de metro y medio por dos.
—¿Y nadie lo sabía?
—Mi hermana Rocío, que tiene quince años y es la única persona de mi familia que no me ha pedido nunca que haga nada por ella. Me traía galletas y no preguntaba.
Agustín estuvo un momento en silencio.
—¿Y en el instituto? ¿Tenías amigas?
—Muchas. Pero no es que fuera popular. —Hizo un gesto vago—. Para ser popular hay que aparecer en las fotos. Yo siempre estaba detrás de la cámara, o en casa con los pequeños o leyendo algo en un rincón. No es el perfil.
—¿Y eso te importaba?
Elena lo pensó de verdad.
—Con trece años, sí. Con dieciséis, ya no tanto. Con dieciocho lo único que me importaba era llegar aquí. Aunque aquí tampoco sé muy bien cómo encajar todavía.
—Llevas seis días —dijo Agustín.
—Ya.
—Yo tardé seis meses en dejar de sentirme extraño.
—¿Y después?
—Después solo me siento extraño los domingos.
Elena lo miró.
—Los domingos son un problema universal —dijo.
—Completamente —dijo él.
Y los dos se quedaron en silencio un momento, sentados en los taburetes de guardería con las rodillas a la altura de las orejas, pensando en sus domingos respectivos, que eran distintos pero no tanto.
***
—Deberíamos ir al comedor —dijo Elena al fin—. Hay café pendiente.
—Café frío pendiente —corrigió Agustín.
—El mejor tipo de café a esta hora de la madrugada.
—Eso es materialmente falso.
—Ven de todas formas.
Se levantaron de los taburetes de guardería con la dificultad de dos personas que han estado en una postura inadecuada para su estatura durante veinte minutos, y que al ponerse en pie sienten en las rodillas el precio exacto de esa decisión.
Elena miró la cama una última vez antes de salir.
—Algún día tendré una habitación grande —dijo.
—¿Con cama de casita?
—Con cama de casita y suelos de madera y luz natural y paredes para pintar.
—Paredes infinitas —dijo Agustín.
Elena lo miró.
—Paredes infinitas —confirmó.
Y salieron de la sección de infantil en dirección al comedor, con sus brazos rozándose a cada paso, ninguno de los dos apartándose, y la sensación muy precisa de que la noche, aunque ya era muy tarde o muy temprano, dependiendo de cómo se mirara, todavía tenía cosas que decir.
***
La sección de comedor tenía mesas de todos los tamaños, desde la pequeña redonda para dos personas, que tenía un aspecto bohemio de cafetería de barrio, hasta la mesa extensible Ekedalen que podía acoger doce personas.
Se sentaron en la más pequeña, porque había algo en las mesas para dos que resultaba más apropiado para la situación que una mesa para doce.
Agustín había encontrado en la tienda de comida dos bolsitas de una infusión de flores de hibisco y rosa mosqueta que prometía en la etiqueta «un sabor floral y afrutado».
También había encontrado una pequeña cafetera de émbolo y una lata de café molido que alguien había dejado cerca de los productos de exposición.
No había manera de calentar el agua. No había, de hecho, ninguna manera de calentar nada, lo cual limitaba considerablemente las opciones de té.
—¿El té frío funciona? —preguntó Elena, mirando la bolsita con escepticismo razonable.
—Técnicamente sería infusión fría. Hay que dejarla en agua y esperar.
—¿Cuánto?
—Ocho horas aproximadamente.
Se miraron.
—Servirá para el desayuno —dijo Elena.
—Si alguien tiene agua.
Elena levantó las botellas de agua con gas que había guardado en el carrito.
Agustín cogió la lata de café y preparó un café de émbolo con agua fría.
En términos teóricos era posible, aunque tardaba más y el resultado era diferente, pero en ausencia de otras opciones constituía la mejor noticia de las últimas dos horas.
Esperaron doce minutos y bebieron el café frío en silencio en los vasos que Agustín había cogido de la sección de cocina. El café frío de émbolo tenía un amargor sospechoso, pero olía a café, que suele ser lo más importante.
—¿Qué harás cuando salgas de aquí? —preguntó Elena.
—Primero pongo el tornillo. Luego duermo. Luego el proyecto.
—¿En ese orden?
—El tornillo es urgente. El estante se cae desde hace dos semanas.
—¿Y llevas dos semanas sin poner el tornillo?
—El tornillo había que comprarlo.
—¿Y tardaste dos semanas en venir a comprarlo?
Pausa.
—Hay otras cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—El proyecto. Los encargos. Lavapiés tiene bares de pintxos que requieren atención.
Elena sonrió.
—¿Sueles comer solo?
—Normalmente sí. ¿Tú?
—De momento sí, hasta que conozca gente. Aunque mi compañera es simpática cuando no tiene al novio roncador en casa.
—¿Cuándo es eso?
—Lunes, miércoles y viernes. Y los fines de semana a veces se va a casa de él, que vive en Getafe.
—Entonces tienes el piso para ti tres días a la semana y los fines de semana.
—Más o menos. Lo cual estaría bien si no fuera porque comer sola en el piso los lunes me produce una melancolía que los martes desaparece, pero que los lunes es bastante real.
Agustín la miró.
—¿Por qué los lunes?
—No lo sé. Creo que tiene que ver con que los lunes son el principio de la semana, y si el principio de la semana lo empiezas solo, cuesta más creer que la semana va a mejorar.
Silencio.
—Eso tiene sentido —dijo Agustín.
—¿A ti te pasa?
—Yo no tengo el problema de los lunes. El problema lo tengo los domingos por la tarde, que es cuando el piso está muy silencioso y la luz entra de una manera que lo hace parecer más pequeño de lo que es.
—¿Y qué haces?
—Poner música. O salir a caminar. O quedarme a mirar el techo hasta que la luz cambia.
Elena lo miró durante un momento.
—¿Y te funciona?
—Más o menos. El techo tiene un detalle en el revoque que parece la silueta de un perro mirando hacia la derecha, y cuando lo encuentro me parece bien.
Hubo un silencio que tenía una calidad diferente a los anteriores. Más suave, de alguna manera.
—Oye —dijo Elena—. ¿Puedo preguntarte una cosa directa?
—Sí.
—¿Por qué llevas toda la noche con cara de que esto te molesta si en realidad pareces estar bien?
Agustín no respondió de inmediato.
—Porque me molesta —dijo, al cabo—. Tenía cosas que hacer.
—Y sin embargo sigues aquí.
Pausa.
—Sí.
—Entonces ¿te molesta de verdad o te molesta en abstracto?
Agustín consideró la distinción. Era la segunda vez en la noche que ella le planteaba algo que requería más de un segundo de procesamiento.
—En abstracto —admitió.
—Eso me parecía.
—No es un cumplido para ninguno de los dos.
—No —concedió Elena—. Pero es honesto.
Y esta vez ninguno desvió la mirada. Fue un momento de esos que duran más de lo que deberían y en los que Elena era muy consciente de cada centímetro que había entre ambos.
Los contó mentalmente. Eran pocos. Demasiado pocos para la madrugada y para lo que estaba pasando en su pecho en ese momento.
—Oye —dijo Agustín, y su voz sonó diferente. Más baja. Más despacio.
—¿Qué?
Él abrió la boca. La cerró. Miró el vaso de café.
—Nada —dijo—. Que el café está horrible.
Elena soltó el aire que llevaba un rato sin soltar.
—Horrible —confirmó.
Pero ninguno de los dos lo dejó en la mesa. Y ninguno de los dos propuso levantarse. En silencio, bebieron el resto del café, que era frío y amargo, y que sabía, a las tres y media de la mañana, en la sección de comedor de un IKEA vacío, como la mejor taza de café del mundo.