Capítulo 4 #3
—Que yo era un niño y no entendía. —Hizo una pausa—. Tenía razón en que era un niño. No tenía razón en lo otro.
—¿Terminó la silla alguna vez?
—No. —Otra pausa, más corta—. Murió cuando yo tenía quince años. Infarto. De los que no avisan.
El silencio que siguió fue de otro tipo. Elena no buscó algo útil que decir, porque no había nada que agregar, y además tenía la sensación de que Agustín no lo necesitaba. Lo que había dicho no era para que ella lo consolara.
—Por eso sé lo del miedo —dijo él, al final—. No porque lo haya superado, sino porque vi lo que pasa cuando no lo superas.
Elena lo miró.
—¿Y los cuadernos?
—Los tengo. En el estudio. Segundo cajón desde arriba.
—¿Los miras?
—A veces. Cuando llevo demasiado tiempo dándole vueltas a algo sin hacerlo.
—¿Y funciona?
—Me recuerda que el tiempo se acaba —dijo Agustín—. Que esperar a que algo sea perfecto para hacerlo es otra manera de no hacerlo nunca.
Elena pensó en eso durante un momento.
—Eso sí que es una frase bonita —dijo.
—Y también es verdad —dijo él.
—Las dos cosas a la vez —concedió ella.
Y por primera vez en toda la noche, fue Agustín quien sonrió primero.
***
Fue Elena quien lo sacó a la luz.
No fue planeado. Fue de esa manera en que, a la madrugada, cuando las defensas están bajas y el sueño todavía no ha llegado y estás sentada en un taburete de guardería en la sección de infantil de un IKEA cerrado, las cosas salen solas.
—¿Tú usas mucho el móvil? —preguntó.
—Demasiado, probablemente. ¿Por qué?
—Porque hay algo que me pasa desde que llegué a Madrid y que no sé muy bien cómo explicar.
—Intenta explicarlo igual.
Elena buscó las palabras.
—Cuando estoy sola en el piso abro Instagram.
Y lo primero que veo siempre son chicas.
Chicas en pisos bonitos, con ropa bonita, con el pelo bien, con la vida aparentemente resuelta.
Chicas que saben lo que están haciendo y por qué.
Y yo estoy ahí en mi piso con el beige sin nombre y el colchón en el suelo y los vaqueros manchados de pintura y pienso...
Se detuvo.
—¿Qué piensas? —preguntó Agustín, con el tono de quien pregunta de verdad y no de quien quiere llenar el silencio.
—Pienso que voy tarde. Que todo el mundo ya sabe cómo funciona esto y yo acabo de llegar.
Que tengo dieciocho años y debería tenerlo más claro.
Y luego pienso que eso es una tontería porque nadie tiene nada claro con dieciocho años, y luego vuelvo a abrir Instagram y vuelvo a ver a las chicas del pelo bien y me vuelve a parecer que sí, que ellas sí lo tienen claro, que soy yo la que falla.
Lo dijo todo seguido, sin mirarlo.
Agustín tardó en responder.
—Eso que dices —aseguró— lo hace todo el mundo. Y todo el mundo cree que es el único al que le pasa.
—Lo sé. Sé que las redes son una mentira bien editada. Lo sé con la cabeza. Pero hay una distancia muy grande entre saberlo con la cabeza y no sentirlo.
—Sí —dijo Agustín—. Hay una distancia enorme.
—¿A ti también te pasa?
—A mí me pasa con el trabajo de otros diseñadores. Veo cosas en Behance o en Instagram y pienso que nunca voy a llegar a hacer algo así. Y luego me digo que eso es una tontería. Y luego vuelvo a verlo y vuelve a parecerme una tontería menos.
—¿Y qué haces?
—Cierro la aplicación y me pongo a trabajar. No siempre funciona. Pero a veces sí.
Elena lo miró.
—¿Eso es un consejo?
—Es lo único que sé hacer.
Hubo una pausa.
—El problema —dijo Elena— no está solo en las redes. Es que cuando te miras en el espejo...
Se detuvo de nuevo.
—¿Cuando te miras en el espejo? —insistió él, despacio.
—Que no ves lo mismo que ves cuando estás pintando o cuando estás con gente que te gusta o cuando acabas de hacer algo bien.
Ves otra cosa. Ves todo lo que no encaja.
Y sabes que es irracional y que no tiene sentido y que hay cosas mucho más importantes, pero está ahí de todas formas.
—Hizo una pausa—. Me pasa mucho. No lo digo en plan dramático.
Lo digo porque es verdad y porque supongo que es de madrugada y me ha salido.
Agustín no dijo nada durante un momento.
No dijo que fuera una tontería. No dijo que no debería sentirse así. No dijo ninguna de las cosas que la gente dice cuando no sabe qué decir y necesita llenar el espacio con algo que suene razonable.
Lo que dijo fue:
—Cuando te vi en el espejo antes, pensé que tenías una cara interesante.
Elena lo miró.
—¿Interesante?
—Interesante. De las que cambian dependiendo de lo que estás pensando. Hay personas que tienen la cara siempre igual. La tuya no. Cuando te reíste antes era distinta a cuando estabas seria, y las dos eran mejores que la mayoría de las caras que veo en general.
Elena lo miró durante un segundo.
—Eso es raro de decir.
—Lo sé. Pero es lo que pensé.
—La mayoría de la gente diría «estás muy guapa» o algo así.
—La mayoría de la gente dice lo que cree que se espera que diga —dijo Agustín—. Yo te estoy diciendo lo que pensé.
Elena se quedó callada.
No dijo nada durante un rato.
Luego agregó:
—Nadie me había dicho nunca que tenía una cara interesante.
—Pues la tienes.
—No sé si eso es mejor o peor que «guapa».
—Es diferente —dijo Agustín—. Guapa puede ser cualquiera con el filtro adecuado. Interesante es más difícil de fabricar.
Elena lo miró. Y esta vez no desvió los ojos.
—¿Sabes una cosa? —dijo.
—¿Qué?
—Que llevas toda la noche diciéndome cosas que no esperaba que dijeras.
—¿Es malo?
—No —dijo ella—. Es exactamente lo contrario.
***
Siguieron hablando. Era inevitable. Era esa clase de conversación que empieza en un sitio y va a otro sin que nadie haya decidido el recorrido, donde cada cosa que se dice abre la puerta a otra cosa, y esa a otra, hasta que de repente estás hablando de algo que no tenías ninguna intención de mencionar cuando empezaste.
—¿Tienes amigas? —preguntó Agustín.
—Tengo amigas del instituto que siguen en el pueblo. Y aquí, de momento, no tengo a nadie.
—¿Las del pueblo saben que estás aquí encerrada?
—No. Y no lo sabrán. O me lo recordarán durante años.
—¿Son de ese tipo?
—Son el mejor tipo posible —dijo Elena—. Pero también son del tipo que te recuerda las cosas durante años.
Agustín asintió.
—¿Las echas de menos?
—Sí. No de una manera que me paralice, pero sí. Hay cosas que solo puedes decirle a alguien que te conoce desde los ocho años. Con gente nueva tienes que explicar demasiado antes de llegar al tema.
—¿Y ahora estás dando contexto o llegando al tema?
Elena pensó.
—Las dos cosas a la vez —dijo.
—Como las mayúsculas y las minúsculas.
—Exacto.
Hubo un silencio cómodo. Del tipo que ya no necesita llenarse con nada.
—¿Tú tienes amigos aquí? —preguntó Elena.
—Gente de la carrera. Algunos son bastante buenos. Pero no es lo mismo que...
—Que los de siempre.
—No.
—¿Y eso te pesa?
—A veces. Sobre todo cuando pasa algo y quieres contárselo a alguien que entienda por qué es importante sin que tengas que explicar por qué es importante.
—Sí —dijo Elena—. Exactamente eso.
Estuvieron callados un momento.
—Oye —dijo Elena—. ¿Puedo decirte algo que suena un poco raro?
—Esta noche ya has dicho varias cosas raras. Una más no cambia el balance.
—Me alegra estar aquí —dijo ella—. O sea, no me alegra no poder usar el móvil y no poder salir y todo eso. Pero me alegra esto. La conversación. Que hayas aparecido.
Agustín la miró.
—¿Aunque te complicara la noche?
—Aunque me la complicaras —dijo Elena.
Silencio.
—A mí también —dijo Agustín. Y lo dijo con la voz de alguien que está diciendo algo que es verdad y que sabe que es verdad y que ya no tiene ninguna razón para no decirlo.
Elena lo miró durante un segundo.
Luego miró los taburetes de guardería en los que llevaban un rato sentados, con las rodillas prácticamente a la altura de las orejas, en la sección de infantil de un IKEA cerrado a las tres y cuarto de la madrugada.
Y se rio. Agustín la miró reírse.
—¿Qué?
—Que estamos teniendo una de las mejores conversaciones que he tenido en mucho tiempo, sentados en taburetes de guardería.
—Los taburetes de guardería tienen un diseño muy sólido —dijo Agustín, con toda la seriedad del mundo—. Son ergonómicos para su público objetivo.
—El público objetivo tiene cuatro años.
—Y sin embargo aquí estamos.
Elena siguió riendo. Y Agustín la miró reírse, y algo en su expresión era diferente a cualquiera que hubiera tenido durante toda la noche. Más abierta. Menos calculada. Del tipo de cara que la gente tiene cuando está donde quiere estar, y ya no tiene ningún motivo para fingir que no.
***
—¿De dónde eres? —preguntó Elena.
—Almería.
—¿Y por qué Madrid?
Agustín lo pensó un segundo. No porque la respuesta fuera complicada, sino porque había varias versiones y no todas eran igual de presentables a esa hora.
—Porque en Almería era raro —dijo.
Elena lo miró.
—¿Raro cómo?
—Raro de los que hacen la vida difícil a los profesores sin querer. —Hizo una pausa—. Mi profesor de Lengua en tercero de la ESO me mandó al pasillo porque corregí una frase que había escrito en la pizarra.
—¿Tenías razón?
—Sí.
—¿Y te mandó al pasillo igual?
—Me mandó al pasillo precisamente por eso.
Elena asintió. Conocía ese tipo de profesores.
—El cura de la parroquia me hacía leer en misa cuando iba con mi abuela —siguió Agustín—. Todos los domingos. Me ponía delante de doscientas personas a leer el Evangelio porque según él yo «daba el tono adecuado». Mi abuela estaba encantada. Yo tenía diez años y lo único que quería era desaparecer.
—¿Y los otros niños?
—Los otros niños me esperaban a la salida.
Elena abrió la boca. La cerró.
—No para hacerme nada —aclaró él—. Solo para fastidiarme. Que si el listillo, que si el favorito del cura. Ese tipo de cosas. —Se encogió de hombros—. No era mala gente. Solo eran diez años y yo les resultaba irritante sin esforzarme.
—¿Tenías amigos?
—Uno. Se fue a Valencia en primero de bachillerato. Pero me he acostumbrado a estar solo. Ya tengo mucha práctica.
—¿Y en Madrid?
—En Madrid hay más gente rara —dijo Agustín—. Es más fácil pasar desapercibido. Tengo tres o cuatro personas de la carrera con las que me entiendo. No necesito más.