Perdidos en Ikea Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Eso no ayuda.

Agustín se puso a su lado frente al espejo. Los dos reflejados, él una cabeza más alto, los dos con cara de noche larga y cero horas de sueño.

—Mira —dijo él.

Elena miró el espejo.

—¿Qué?

—Que no tienes un aspecto horrible —dijo Agustín, mirándola en el reflejo—. Tienes el aspecto de alguien que lleva horas haciendo algo que no tenía previsto y que lo está aguantando bastante bien.

Elena lo miró en el espejo.

Él la miraba a ella en el reflejo.

Era raro mirarse así. Más fácil de alguna manera. Como si el espejo diera permiso para cosas que de frente costarían más.

—Bastante bien es mucho decir —dijo Elena.

—Bastante bien es lo que es —dijo Agustín.

Silencio.

Elena miró su propio reflejo. Luego lo miró a él en el espejo.

—¿Sabes una cosa? —dijo.

—¿Qué?

—Que cuando te vi esta noche por primera vez pensé que eras demasiado guapo para ser simpático.

Agustín parpadeó.

—¿Eso pensaste?

—Sí. —Elena se encogió de hombros, sin apartar los ojos del espejo—. La gente muy guapa a veces no necesita desarrollar la personalidad porque todo el mundo los trata bien de todas formas. Así que pensé que ibas a ser de esos.

Hubo una pausa.

—¿Y? —dijo Agustín.

—Que me equivoqué —dijo Elena, en voz baja—. No eres de esos.

Agustín no respondió de inmediato. Elena lo vio procesar lo que acababa de decirle. Él bajó la mirada un segundo y volvió a subirla, y cuando sus ojos se encontraron en el reflejo, ella sintió algo que no tenía nombre concreto, pero que ocupaba bastante espacio en el pecho.

—Tú —dijo Agustín despacio, mirándola en el espejo— eres la persona más inesperada que he conocido en mucho tiempo.

Elena no dijo nada.

—Y eso —añadió él— es lo mejor que te puedo decir.

El silencio que vino después era distinto a todos los silencios anteriores de la noche. Era el tipo de mutismo que no incomoda, sino que pesa de una manera que no es mala; o más bien todo lo contrario.

Elena miró los demás espejos, que los multiplicaban en todas direcciones, ella y Agustín repetidos hasta el infinito en distintos tamaños y distintos marcos.

—Hay muchos de nosotros —dijo Elena.

—Sí —dijo Agustín.

—Es un poco raro.

—Un poco —dijo él. Y había algo en su voz que no era indiferente.

Elena giró la cabeza.

Ya no miraban el espejo.

Se estaban mirando el uno al otro, de frente, sin el reflejo de por medio, a una distancia que era bastante menor que la que había habido entre ellos en cualquier otro momento de la noche. Y Elena pensó que si hubiera un instante para que algo pasara, era ese.

Pero Agustín dio un pequeño paso atrás.

—Deberíamos seguir —dijo, con una voz que no era del todo normal.

—Deberíamos —dijo Elena.

Y siguieron.

Pero Elena notó, mientras se alejaban de la sección, que Agustín caminaba más cerca de ella que antes. No mucho. Solo lo suficiente para que sus brazos se rozaran con cada paso.

Y que ninguno de los dos se apartó.

***

Después de los espejos, ninguno propuso un destino concreto. Era esa hora de la noche, o de la mañana, en que ya no importa dónde vas, sino seguir en movimiento, porque quedarse quieto implicaría tener que decidir si vas a dormir o no, y ninguno de los dos quería resolver eso todavía.

Acabaron en la sección de infantil.

No era el lugar más romántico del establecimiento.

Había cunas y sillas altas y estanterías llenas de juguetes de madera.

En el centro se exhibía una cama con forma de casita que estaba pintada de blanco y que tenía el aspecto con el que cualquier niño de cinco años sueña y que ningún adulto de dieciocho puede permitirse en un piso de Malasaña.

Había también una alfombra de colores y dos taburetes bajos, del tipo que usan los niños en las guarderías, que eran perfectamente inútiles para dos personas de estatura normal, pero que a esa hora de la madrugada representaban algo donde sentarse.

Se ubicaron en los taburetes bajos con las rodillas casi a la altura de las orejas, lo cual tenía un aspecto bastante ridículo, pero que ninguno de los dos mencionó.

Elena miró la cama.

—Cuando era pequeña quería una cama así —dijo.

—¿La de casita?

—Mi habitación era muy pequeña y pensé que si la cama tenía forma de casita, el espacio que había debajo también sería mío. Como tener dos habitaciones en una.

—¿Y la tuviste?

—No. Mis padres me compraron una cama normal de color rosa que tenía una pegatina de una princesa en el cabecero y que yo arranqué el primer día porque me parecía condescendiente.

Agustín la miró.

—¿Con cuántos años?

—Seis.

—¿Sabías lo que era «condescendiente» con seis años?

—No. Pero sabía que no me gustaba.

Hubo un silencio. Elena seguía mirando la cama con una expresión que no era nostalgia, sino algo más parecido a la contemplación de una versión de uno mismo que existió y que ya no existe, pero que de vez en cuando aparece sin avisar.

—¿En qué piensas? —preguntó Agustín.

Elena tardó un momento.

—En que hace seis días llegué a Madrid con cuatro cajas de mudanza y la absoluta certeza de qué era lo que quería hacer, y ahora mismo, a las tres de la mañana en la sección de infantil de un IKEA, no estoy tan segura de nada.

—¿De nada?

—De casi nada —se corrigió—. De algunas cosas sí. De que quiero pintar, eso sí lo sé. Pero de todo lo demás...

Dejó la frase sin terminar.

—¿Qué es «todo lo demás»? —preguntó él.

Elena pensó en cómo responder.

—Si voy a ser buena. Si lo que pinto importa o si solo me importa a mí. Si cuando llegue a clase voy a encajar o seré la chica del pueblo que no sabe de qué hablan los demás. Si el piso va a dejar de parecerme enorme y vacío en algún momento. Si voy a encontrar gente con quien comer los lunes.

Lo dijo todo seguido, sin pausa, como si llevara un rato conteniéndolo y se le hubiera escapado de golpe. Luego se quedó callada.

—Lo de los lunes ya está resuelto —dijo Agustín.

Elena lo miró.

—Eso todavía no ha pasado.

—Pasará.

—No lo sabes.

—Lo sé lo suficiente.

Hubo un silencio que Elena utilizó para mirarse las zapatillas manchadas de pintura azul, que en la luz de emergencia de la sección de infantil tenían un aspecto verde.

—¿Tú nunca tienes miedo? —preguntó.

Agustín consideró la pregunta con seriedad, que era la única manera en que Elena había visto que él consideraba las cosas.

—Sí —dijo.

—¿A qué?

—A terminar la carrera y no saber qué hacer con ella. A que la inteligencia artificial haga todo el trabajo y ya no quede dónde trabajar. A que todo lo que me parece interesante ahora resulte que no le importe a nadie más. A acabar diseñando logos de fontaneros.

—Los fontaneros también necesitan logos.

—Lo sé. Y también tienen que comer. No digo que sea indigno. Digo que no es lo que quiero.

—¿Y qué quieres?

—Algo que cuando lo vea alguien en la calle le haga pensar en algo que no había pensado antes. Aunque sea un segundo. Aunque sea una persona.

Elena lo miró.

—Eso es bastante preciso.

—Llevo tiempo pensándolo —dijo él—. Es lo que pasa cuando comes solo los domingos.

Elena se quedó en silencio un momento.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo.

—Ya llevas varias.

—Una más.

—Adelante.

—Cuando me viste esta noche, ¿qué pensaste?

Agustín no respondió de inmediato.

—¿La versión diplomática o la versión sincera?

—La sincera.

—Pensé que complicarías mi noche.

—Eso es bastante sincero, sí.

—Y pensé que tenías un moño que parecía haber tomado decisiones propias.

Elena se tocó la cabeza por puro instinto.

—Mi pelo es así —confirmó.

—Ya.

—¿Y después? —preguntó ella—. ¿Después de lo del moño?

Agustín la miró de reojo.

—Después pensé que eras la única persona en toda la tienda que llevaba tres horas comprando cosas que no estaban en su lista original. Que eso decía algo sobre cómo eres, aunque no sabía exactamente qué.

—¿Y ahora lo sabes?

—Más o menos.

—¿Qué dice?

—Que te distraes con facilidad cuando algo te parece interesante. Que tienes más curiosidad que plan. Y que probablemente eso sea un problema en algunos contextos y la mejor cualidad posible en otros.

Elena lo miró.

—Eso es bastante psicología para alguien que vino a por un tornillo.

—Llevo horas observándote. Tengo material.

Ella sonrió.

—¿Y qué dice el material sobre si soy buena pintando?

—Eso no te lo puedo decir yo.

—¿Por qué no?

—Porque no he visto lo que pintas.

—Pero podrías decirme si crees que lo seré.

Agustín la miró a los ojos.

—No. Eso tampoco.

—¿Por qué?

—Porque no sería honesto. No sé si serás buena. Nadie lo sabe todavía, ni tú. Pero sí sé que eso de lo que tienes miedo, que lo que pintas no le importe a nadie, ese miedo lo tiene todo el mundo que hace algo de verdad. El que no lo tiene es porque no le importa suficiente lo que hace.

Elena estuvo un momento en silencio.

—Eso podría ser verdad o podría ser una frase bonita —dijo.

—Podría ser las dos cosas —concedió Agustín.

Elena lo miró durante un momento.

—¿Por qué lo sabes? —dijo—. Lo de que el miedo lo tiene todo el mundo que hace algo de verdad. ¿Lo sabes de ti o lo sabes de alguien?

Agustín tardó en responder.

—De mi padre —dijo al fin.

Elena esperó. Había aprendido, en el transcurso de esa noche, que con Agustín el silencio era parte de la respuesta y que interrumpirlo era contraproducente.

—Mi padre diseñaba muebles —dijo—. No para una empresa.

Para él. En un taller que tenía en el garaje, los fines de semana y las noches entre semana.

Llevaba años con el mismo proyecto: una silla.

Una sola silla, pero perfecta. Cambiaba el ángulo del respaldo, la altura de las patas, el grosor del asiento.

Tenía cuadernos llenos de bocetos. Y nunca la terminó.

—¿Por qué no?

—Porque en algún momento decidió que no era suficientemente buena. Que le faltaba algo que él no sabía bien qué era. Y mientras esperaba la respuesta, dejó de ir al taller. Primero una semana, luego un mes. Y ya no volvió.

Elena no dijo nada.

—Cuando yo tenía doce años encontré los cuadernos. Eran muy buenos. La silla era muy buena. Y él llevaba tres años sin tocarla porque creía que no lo era suficiente.

—¿Se lo dijiste?

—Sí.

—¿Y qué dijo?

Agustín miró la cama con forma de casita.