Capítulo 4
L a segunda ronda de queso y la ingesta de las últimas patatas se desarrolló en el suelo de la sección de oficina, con las espaldas apoyadas en un escritorio enorme, porque era el más cercano y porque a la una y veinte de la mañana la geografía exacta importaba menos que la comodidad.
Las luces de emergencia seguían proyectando su luz verde pálida sobre los muebles de muestra, creando sombras extrañas en los ángulos de los libreros.
Elena había cogido también, en su peregrinación hacia la tienda, una bolsa de palomitas.
—¿Qué pasa si mañana no abren a la hora normal? —preguntó Elena.
—¿Por qué no iban a abrir a la hora normal?
—No sé. ¿Qué pasa si hay una huelga? ¿O si el director está enfermo?
—IKEA no cierra por enfermedad del director. IKEA cierra cuando se acaba el mundo, y ni siquiera estoy seguro de eso.
Elena lo consideró.
—Bien. ¿Y qué pasa si abrimos la salida de emergencia ahora mismo?
—Salta la alarma, viene la policía, hay que explicar la situación.
—La situación es bastante explicable.
—Sí, pero son las doce y media de la noche.
—Es la una y veinte.
—Aún peor.
Pausa.
—¿Tienes algún problema con la policía? —preguntó Elena.
—No. ¿Tú?
—Tampoco. ¿Entonces?
Silencio.
—Son siete horas más—dijo él—. Tampoco es tanto.
—No es tanto.
Pausa.
—¿Cuáles son tus preferencias al respecto? —preguntó Agustín, con una neutralidad que a él mismo le sorprendió.
Elena miró las palomitas. Luego lo miró a él.
—Creo que no tengo especial prisa —dijo.
Agustín miró las palomitas. Luego la miró a ella.
—Yo tampoco —dijo.
Ninguno de los dos fue a la puerta.
***
Eran casi las dos de la mañana cuando Elena lo escuchó.
Un ruido.
Pequeño pero inconfundible. Algo que se movía en algún lugar de la tienda. Algo que no era el sistema de ventilación ni el crujido normal de un edificio grande enfriándose de noche.
Algo vivo.
Elena se quedó muy quieta.
—¿Oíste eso? —susurró.
Agustín levantó la vista del papel donde había estado garabateando ideas para el proyecto.
—¿El qué?
—Eso.
Silencio.
Y entonces volvió a sonar. Un roce. Un golpe suave. Procedente de algún lugar hacia la derecha, en la dirección de la sección de dormitorios.
Agustín se puso en pie despacio.
—Hay alguien —dijo Elena.
—O algo.
—Qué tranquilizador, gracias.
Agustín cogió la lámpara «Héctor» del carrito de Elena y la conectó al único enchufe de pared que encontró a mano.
—Esto no es una linterna —dijo Elena.
—Ilumina —dijo él—. Viene a ser lo mismo.
—Es una lámpara de pie. Se va a quedar quieta aquí.
—Ilumina un poco —repitió Agustín—. ¿Vienes o no?
Elena miró hacia la oscuridad de la sección de dormitorios. Luego miró la lámpara. Luego lo miró a él. Lo siguió.
Avanzaron despacio por el pasillo central.
—Si hay alguien ahí —susurró Elena—, ¿qué hacemos?
—Hablar con esa persona.
—¿Y si no quiere hablar?
—Entonces corremos.
—Estupendo. Un plan muy elaborado.
—Elena.
—¿Qué?
—Cállate un momento.
Se detuvieron.
El ruido volvió a sonar. Más cerca. Claramente procedía de detrás del expositor de camas de matrimonio, al fondo de la sección, donde los apartamentos de muestra eran más grandes y la oscuridad más densa.
Agustín avanzó un paso. Elena avanzó detrás de él y, sin pensarlo, le agarró el brazo con las dos manos. Él no dijo nada. Ella tampoco.
Siguieron andando así, Elena con las manos alrededor del brazo, los dos en silencio y tan juntos que ella podía sentir el calor de él a través de la manga de la sudadera.
No lo soltó. Era tarde para fingir que no tenía un poco de miedo, y además Agustín no había dicho nada, lo cual le parecía una forma muy razonable de gestionar la situación.
El ruido sonó otra vez. Más fuerte.
Elena apretó el brazo del chico sin querer. Él se detuvo. Se giró hacia ella. A esa distancia su cara estaba muy cerca de la suya, y por un momento ninguno de los dos pensó en el ruido.
—Tranquila —susurró él.
No era una orden. Era otra cosa. Era el tono de voz que se usa cuando uno quiere que la otra persona sepa que no está sola, y no tiene nada que temer.
Elena asintió.
Doblaron la esquina del expositor. Y lo vieron.
Encima de un enorme somier de viscoelástica, con las cuatro patas recogidas debajo del cuerpo y los ojos entornados con la satisfacción de los seres que han encontrado el lugar justo que necesitaban... había un gato. Enorme. Naranja. Con una expresión de no haber roto un plato en su vida.
Elena soltó el brazo de Agustín.
—Es un gato —dijo.
—Es un gato gordísimo —confirmó él.
El animal los miró con la indiferencia soberana de quien lleva allí mucho más tiempo que ellos y no tiene la menor intención de justificarlo. Y entonces Elena se echó a reír.
Una risa de verdad, de alivio y de ridículo; y de las dos de la madrugada en un IKEA cerrado persiguiendo a un gato naranja bajo una luz fantasmagórica. Una risa que no pudo parar durante un buen rato.
Agustín la miró reírse. Y se rio también. Una risa que le cambió la cara entera, que lo hizo parecer distinto, más cercano, como alguien que lleva tiempo sin reírse así y que se ha olvidado lo bien que sienta.
El gato los observó a los dos con una dignidad considerable.
—¿Cómo habrá entrado? —preguntó Elena, cuando pudo hablar.
—Por la zona de carga, probablemente. La puerta tiene un hueco en la parte de abajo.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque lo vi cuando buscábamos la salida.
Elena miró el gato. El gato la miró a ella.
—Tiene buena vida —dijo Elena—. Ha elegido la mejor cama de la sección.
—Esta tiene muy buenas reseñas —dijo Agustín.
—Habrá que probarla.
Agustín la miró.
—¿Le vas a quitar el sitio al gato?
—Es una cama enorme, entramos los dos.
El gato bostezó. Elena se sentó en el borde de la cama, a su lado, con cuidado de no molestarlo. El felino la evaluó durante un segundo. Luego cerró los ojos.
—Me ha aceptado —dijo Elena.
—Te ha tolerado —dijo Agustín—. Es diferente.
—Para ser las dos de la mañana, me da igual.
Agustín se sentó en el otro extremo de la cama. El gato estaba entre los dos, inmóvil, naranja, ajeno al hecho de que acababa de convertirse, sin saberlo, en carabina de dos personas que llevaban horas siendo muy conscientes la una de la otra.
Elena le puso la mano encima con suavidad.
El gato ronroneó.
—Se llama IKEA —dijo Elena.
—No se llama IKEA.
—Acabo de bautizarlo. Desde hoy se llama IKEA.
—No puedes llamar IKEA a un gato.
—Acabo de hacerlo —dijo Elena—. Y además le pega. Es entre rubio y pelirrojo, así que podría ser un gato de raza sueca.
—Los gatos suecos no existen como categoría —dijo Agustín.
—Los vikingos tenían gatos. El gato del bosque noruego. Es una raza oficial.
—Esto no es Noruega.
—Es lo más cerca que vamos a estar esta noche.
Agustín miró al gato. El gato los miró a los dos con la indiferencia de quien lleva escuchando conversaciones humanas toda su vida y ha llegado a la conclusión de que no mejoran con el tiempo.
—Además —añadió Elena— apareció de la nada, no tiene instrucciones de montaje, y resulta ser mejor de lo esperado. Es como todo lo que hay en esta tienda.
—Eso es lo más proIKEA que ha dicho nadie en la historia de esta empresa.
—Deberían contratarme para publicidad.
—Con el gato incluido.
—El gato es el presentador. Yo soy la voz en off .
Agustín la miró.
—¿Qué diría la voz en off ?
Elena adoptó un tono solemne y algo escandinavo, que era básicamente su tono normal, pero con las vocales más abiertas.
—«IKEA. Porque a veces te quedas encerrado y resulta que no está tan mal».
Silencio de dos segundos.
—Es un eslogan horrible —dijo Agustín.
—Es un eslogan honesto —dijo Elena.
—Son incompatibles.
—En publicidad, sí. En la vida real, no.
El gato bostezó.
—IKEA lo aprueba —dijo Elena, señalándolo.
—IKEA opina que nos callemos y lo dejemos dormir.
—IKEA tiene razón.
Y los dos se quedaron en silencio, con el gato entre ellos ronroneando en la oscuridad, y Elena pensó que hacía mucho tiempo que no se reía así con alguien que acababa de conocer, y que eso era, o muy buena señal, o un problema considerable; y que a las dos de la mañana en la sección de dormitorios de un IKEA cerrado era imposible decidirse.
Aunque, si era honesta, tampoco le importaba demasiado averiguarlo ya mismo.
***
A las tres de la mañana, ambos estaban de nuevo en movimiento, esta vez en la sección de comedor, porque Elena había propuesto que, si ya no iban a dormir, podían al menos explorar el establecimiento como si fuera una exhibición privada.
Se habían despedido del gato, después de darle un poco de agua y confirmar que se negaba de plano a acompañarlos.
Antes de llegar a la sala que buscaban, sin embargo, el pasillo giró a la izquierda y de repente estaban rodeados.
Espejos.
Docenas de ellos. De todos los tamaños y todas las formas: redondos, rectangulares, con marco de bambú, con marco de metal negro, con marco de madera de roble, sin marco.
La sección entera estaba cubierta de espejos colgados en las paredes y apoyados en el suelo y en los expositores, y la luz de emergencia los multiplicaba hasta el infinito, creando un efecto de galería que no era exactamente el que IKEA pretendía conseguir a la luz del día, pero que a las tres de la mañana resultaba raro y bonito.
Elena se detuvo.
Se vio reflejada en un espejo grande, rectangular, con marco de madera blanca, que era el que estaba justo enfrente.
Se vio entera. El jersey verde oliva. Los vaqueros de mal corte. Las zapatillas manchadas. El pelo suelto desde que el moño había decidido rendirse. La cara de alguien que lleva sin dormir muchas horas y que ha estado en compañía de un gato naranja en una tienda vacía.
—Dios mío —dijo.
—¿Qué?
—Tengo un aspecto horrible.
—No tienes un aspecto horrible.
—Agustín. —Elena señaló el espejo—. Mírame.
Él la miró.
La miró a ella, no al espejo. Directamente. Con esa manera suya de mirar que Elena había aprendido a reconocer durante la noche, que no era la mirada de alguien que está siendo amable, sino sincero.
—No tienes un aspecto horrible —repitió.
—Tengo el pelo como si hubiera dormido con un gato encima.
—Casi has dormido con un gato encima.