Perdidos en Ikea Capítulo 3
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Capítulo 3

A las once y media, con las magdalenas terminadas, el queso empezado y las patatas reducidas a los últimos residuos de sal en el fondo de la bolsa, Agustín propuso lo que ambos habían estado pensando desde hacía veinte minutos.

—Hay que buscar un sitio donde dormir.

—Los sofás —dijo Elena sin dudar.

—Los sofás —confirmó Agustín.

Recogieron los restos de la cena, Elena guardó las botellas de agua en su carrito por si tenían sed más tarde, y emprendieron el camino de vuelta hacia la sección de salones, que era donde estaban los sofás de muestra.

Esa sección era, de todas las de IKEA, la más hospitalaria de noche.

Tenía algo de casa de muñecas gigantesca, o de decorados de series de televisión que han quedado en pie después de que todo el mundo se fue a casa; esa cualidad de espacio habitado sin habitantes que resulta un poco melancólica y mágica al mismo tiempo.

Había sofás de todos los tamaños y configuraciones.

Esquineros y rectos. De tela gris y cuero negro.

Y uno de terciopelo verde que parecía pertenecer a otro universo estético; uno donde la gente vivía en pisos de Notting Hill y bebía té de hojas sueltas.

Había también, distribuidas estratégicamente para crear la ilusión de hogares completos, mesas bajas y lámparas y alfombras y libreros falsos con libros que nadie iba a leer jamás.

Elena se detuvo delante de uno de los apartamentos de muestra. Era un salón pequeño, compuesto por un sofá de dos plazas, una mesa baja de roble, una lámpara de pie y una estantería con tres cactus de plástico y dos marcos con fotos de paisajes montañosos.

—Esto —dijo Elena—. Quiero este.

—Es pequeño.

—Es acogedor.

—Son dos metros de sofá.

—Entonces es acogedor para mí. Tú puedes buscar otro.

Agustín miró a su alrededor. Había un sofá de tres plazas en el apartamento de al lado, de color gris oscuro que tenía la longitud adecuada para que un hombre de su estatura pudiera estirarse sin que los pies le sobresalieran demasiado por el extremo.

—Ese —dijo, señalándolo.

—Perfecto.

Se miraron.

—Supongo que nos deseamos buenas noches —dijo Elena.

—Supongo.

Ninguno de los dos se movió durante un momento.

—¿Tienes frío? —preguntó Agustín.

Elena lo consideró. La temperatura del establecimiento no era fría, pero tampoco cálida. Era la de un espacio grande que lleva media hora sin personas dentro, que es unos tres grados menos de lo cómodo.

—Un poco.

—Hay mantas en la sección de textil.

—Pero no podemos usarlas.

—Están ahí para que la gente las... evalúe. Digamos que las estamos evaluando. No es que nos las vayamos a llevar.

Fueron a la sección de textil. Elena cogió una manta de color crema que prometía en su etiqueta ser «suave como si te abrazara un oso polar», afirmación que ella encontró desproporcionada pero esperanzadora.

Agustín cogió una gris oscuro que era bastante más grande que la de ella y que, según la etiqueta, era apta para temperaturas de hasta menos quince grados.

La información le pareció excesiva para las circunstancias, pero la agradeció de todos modos.

Volvieron a sus sofás respectivos.

Elena se instaló en el suyo, que era pequeño pero cómodo.

Se envolvió en la manta, que no era como el abrazo de un oso polar, pero sí bastante agradable, y miró el techo del establecimiento, que desde abajo tenía ese aspecto industrial de tuberías a la vista y vigas metálicas que resulta fotogénico en las revistas de decoración, pero que a las once y media de la noche en un IKEA cerrado gritaba que uno estaba muy lejos de casa.

Agustín se tumbó en su largo sofá. Entonces, se hizo un silencio. Un silencio grande, del tamaño de un IKEA vacío.

—¿Estás bien? —preguntó Agustín, desde su sofá.

—Sí —dijo Elena, desde el suyo—. ¿Tú?

—Bien.

Pausa.

—Buenas noches —dijo Elena.

—Buenas noches.

***

La una de la mañana, y Elena no dormía.

No solía tener problemas para dormir, pero el sofá era pequeño, y ella estaba acostumbrada a descansar en posición fetal.

Y esa posición la llevaba a quedar con la espalda orientada hacia el pasillo principal, lo que le producía una ligera inquietud del tipo que no te deja dormir aunque seas consciente de que no hay nada amenazador en el pasillo.

Desde el sofá contiguo llegaba el silencio de alguien que tampoco dormía, pero que estaba llevando la situación con estoicismo.

—¿Estás despierto? —preguntó Elena.

Pausa de un segundo.

—Sí.

—¿Por qué no duermes?

—Estoy pensando en la entrega del jueves.

—¿Qué entrega?

—Un proyecto de tipografía. Tengo que diseñar un cartel para una campaña de sensibilización sobre el cambio climático y todavía no sé si el mensaje va en mayúsculas o en minúsculas.

Elena lo procesó.

—¿Eso importa?

—Sí. Las mayúsculas gritan. Las minúsculas susurran. Dependiendo de si quieres alarmar o convencer, usas unas u otras.

—¿Y qué quieres hacer?

—El problema es que no lo sé. La mayoría de los carteles de cambio climático gritan, y la gente ya no escucha los gritos. Pero si susurras, igual no llamas la atención.

Elena estuvo un momento en silencio.

—¿Y si haces las dos cosas? —dijo—. Las mayúsculas para la parte que ya saben y las minúsculas para la parte que necesitan escuchar de verdad.

Silencio.

—Eso es bastante bueno —admitió Agustín.

—Gracias.

—¿A ti te cuesta dormir?

—En mi casa no, pero el sofá es pequeño y estoy un poco nerviosa. Es que son seis días en Madrid y todavía no sé si me he metido en un error garrafal o es lo mejor que me ha pasado.

—¿Por qué sería un error?

—Porque vine de un pueblo de mil doscientos habitantes donde todo el mundo me conocía y aquí no me conoce nadie y el piso es pequeño y caro y mi compañera de piso tiene un novio que se queda a dormir los martes y los jueves y ronca.

—¿Tu compañera o el novio?

—El novio. Mi compañera silba cuando duerme, que es diferente.

Agustín guardó silencio durante un momento.

—¿Y por qué sería lo mejor que te ha pasado?

Elena tardó en responder.

—Porque en el pueblo ya había pintado todas las paredes disponibles. Aquí hay paredes infinitas.

Hubo una pausa.

—Eso tiene sentido —dijo Agustín.

—¿A ti te gusta Madrid?

—No especialmente.

—¿Y por qué te quedas?

—Porque la carrera está aquí y porque Lavapiés tiene los mejores bares de pintxos de la ciudad, que no es poca cosa.

—¿Eso es suficiente?

—De momento, sí.

Elena pensó en eso durante un rato.

—¿Tienes novio o novia? —preguntó, porque llevaba media hora conversando con alguien que no conocía de nada y en algún momento había que llegar a las preguntas concretas.

Pausa breve del tipo que se produce cuando alguien está considerando si responder con detalle o con eficiencia.

—No. ¿Tú?

—No. Salí con alguien en el instituto, pero terminó cuando él decidió que prefería vivir en Galicia a venir a Madrid. Lo cual —añadió— es perfectamente válido, pero yo no podía seguir en el pueblo y él no quería dejar Galicia, así que aquí estamos.

—¿Lo echas de menos?

—El lunes lo eché un poco de menos. Hoy ya no. El martes que viene igual tampoco.

Agustín pensó que aquello era una descripción muy precisa de cómo funciona el fin de algo.

—¿Y tú? —preguntó Elena.

—¿Qué?

—Que si echas de menos a alguien.

Pausa más larga.

—Salí con alguien el año pasado. No terminó bien.

—¿Por qué?

—Porque yo pasaba mucho tiempo con los proyectos y ella pasaba mucho tiempo diciéndome que pasaba demasiado tiempo con los proyectos, hasta que un día dejé los proyectos y me concentré en ella, y entonces resulta que no teníamos suficiente de lo que hablar.

—Eso es un poco triste.

—Es bastante triste, sí. Pero también bastante instructivo.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que si alguien quiere que dejes de hacer lo que te importa para estar con esa persona, probablemente va a querer que dejes de hacer más cosas.

Elena lo consideró.

—Puede ser.

—En mi experiencia, sí.

Hubo un silencio que duró lo suficiente para que ambos pensaran en cosas que no dijeron en voz alta.

—Oye —dijo Elena—. ¿Tienes hambre?

—Un poco.

—Quedaban patatas.

—Quedaba la mitad del queso.

Los dos se incorporaron al mismo tiempo.