Perdidos en Ikea Capítulo 2 #3
38%

Capítulo 2 #3

Las magdalenas olían a especias y a mantequilla y a algo que Elena identificó como «infancia escandinava imaginaria», que era el tipo de concepto que solo existe en la mente de quienes han crecido leyendo novelas nórdicas y viendo documentales sobre países donde la gente parece tener resuelta la cuestión de la felicidad.

Elena cogió una y le dio un mordisco.

Cerró los ojos.

—Dios mío —dijo.

—Sí —dijo Agustín.

Comieron en silencio durante un rato. No era un silencio cómodo.

Era el de dos personas que han decidido, de mutuo acuerdo tácito, no hablar más de lo necesario, lo cual en la práctica significaba que cualquier cosa que cualquiera de los dos dijera iba a sonar más importante de lo que era solo porque era lo primero que se decía en varios minutos.

Agustín fue se aventuró a romper el silencio.

—¿Cuánto tiempo llevas con el moño así?

Elena lo miró.

—¿Perdona?

—El moño. Llevas horas con eso en la cabeza y tiene un aspecto bastante...

—Bastante ¿qué?

Agustín consideró sus opciones.

—Independiente —dijo.

—Es un moño.

—Es un moño que ha tomado sus propias decisiones desde hace un rato.

—No sabía que los moños eran un tema de conversación —dijo Elena, con una frialdad comedida.

—No lo son normalmente —concedió Agustín—. Pero llevamos varios minutos en silencio y era lo que había.

Elena lo miró durante un segundo. Luego miró las patatas. Luego volvió a mirarlo.

—¿Tú siempre eres así? —dijo.

—¿Así cómo?

—Así de... —buscó la palabra— directo con cosas que no vienen a cuento.

—Por lo general no —dijo Agustín—. Pero estoy encerrado en IKEA y acabo de comer queso sueco de nombre impronunciable sentado en el suelo. Mi filtro habitual no está operativo.

Elena estuvo un momento en silencio.

—El queso se llama Präst —dijo.

—Lo sé.

—No es impronunciable.

—Para mí lo es.

—Es una sola sílaba.

—Una sílaba con una A con dos puntos encima que no sé muy bien cómo suena.

—Suena como una A normal pero con más personalidad —dijo Elena.

Agustín la miró.

Elena lo miró.

Y entonces, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, se rieron al mismo tiempo.

Una risa breve, un poco a su pesar, de las que salen cuando algo es absurdo y uno ha bajado la guardia lo suficiente para no poder evitarla.

Duró unos dos segundos. Luego volvieron a concentrarse en las patatas como si no hubiera pasado nada.

Pero algo había cambiado. No mucho. Solo lo suficiente para que el silencio que vino después tuviera una textura apenas diferente al de antes.

En algún momento, Agustín estiró un brazo hacia las patatas al mismo tiempo que Elena, y el dorso de su mano rozó los dedos de ella encima de la bolsa. Los dos se quedaron quietos un segundo.

Un segundo exacto. Luego cogieron un puñado de patatas como si no hubiera pasado nada y miraron hacia adelante. Pero Elena sintió el roce todavía. Ahí, en los dedos, como una corriente pequeña que no se iba.

«No es nada, tonta», se dijo.

No era nada. Aunque una parte de ella no parecía estar de acuerdo.

—¿Por qué Bellas Artes? —preguntó Agustín, y su voz sonó un poco más tranquila de lo normal; del tipo de tranquilidad que uno se impone cuando quiere que no se note que acaba de pasar algo.

—Porque quiero pintar. ¿Por qué Diseño Gráfico?

—Porque quiero diseñar.

—¿Qué tipo de cosas?

—Carteles, principalmente. Tipografía. Me interesa la manera en que las letras pueden cambiar el significado de una misma palabra.

Elena lo miró con interés.

—¿Cómo que una misma palabra?

—Si escribes «peligro» en Helvetica da miedo. Si lo escribes en Comic Sans da risa.

Elena se quedó un momento en silencio, procesando eso.

—Eso es bastante bueno —dijo.

—Lo sé.

Y entonces los dos se rieron al mismo tiempo, y fue una risa de verdad, de las que salen sin avisar, y durante ese segundo Elena pensó que cuando Agustín se reía era completamente distinto a cuando no se reía, y que esa diferencia era un problema serio para alguien que estaba intentando no fijarse demasiado en él.

Se le escapó mirarlo.

Él todavía estaba sonriendo.

Y la pilló mirándolo.

Elena volvió a las patatas a toda velocidad.

«Perfecto. Perfecto, perfecto, perfecto».

—¿Y qué pintas tú? —preguntó Agustín.

—Cosas grandes. En blanco y negro, principalmente. Y a veces con mucho rojo, que no sé si es por el impacto visual o porque me recuerda al ketchup, y el ketchup me gusta mucho.

Agustín la miró muy serio.

—Es una broma —dijo Elena—. Más o menos.

Silencio.

—Más o menos —repitió él.

—Más o menos.

Agustín miró la bolsa de patatas vacía. Luego el queso. Luego a ella.

—De acuerdo —dijo, con el tono de alguien que ha decidido aceptar el mundo tal como es.

Y Elena pensó que «de acuerdo» dicho así, con esa resignación tranquila, era probablemente la respuesta más graciosa que podría haber dado.

Y que si lo hubiera dicho Iván le habría parecido condescendiente, pero que dicho por este desconocido en el suelo de un IKEA con medio queso sueco en la mano le parecía bastante bien.

«Para ya», le dijo a su cerebro, que se hizo el tonto y miró para otro lado.