Perdidos en Ikea Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Iván también había sido guapo y había tenido esa manera de ocupar el espacio, y ella ya había visto cómo terminaba eso, lo que era una información útil que su cerebro debería estar usando en ese momento para no perder el tiempo construyendo perfiles psicológicos de desconocidos en IKEA.

El desconocido en cuestión seguía buscando un cartel, un mapa o algo con el ceño ligeramente fruncido, ajeno por completo al análisis exhaustivo del que estaba siendo objeto.

Tiene el ceño bien, registró Elena, sin querer.

«Para», se dijo.

Lo miró.

Él también la estaba mirando.

Elena sintió algo raro en el estómago. Del tipo de cosas raras que uno preferiría no sentir a las diez de la noche encerrada en IKEA con un sujeto que claramente elegiría estar en cualquier otro sitio del mundo.

Fue ella quien se presentó; era lo civilizado.

—Soy Elena —dijo, porque decir algo era mejor que seguir mirándose como dos personas que no saben qué hacer con las manos.

—Agustín.

Silencio.

Un silencio en el que Elena fue muy consciente de varias cosas al mismo tiempo: de que las sillas giraban y la suya se había orientado hacia él sin que ella lo hubiera decidido.

De que él olía bien, a limpio. De que tenía los ojos oscuros y que cuando la miraba parecía que estaba intentando entender algo.

—¿Estudias? —continuó él, porque era la pregunta más natural del mundo a esa edad.

—Bellas Artes. Primero —respondió ella—. Como te dije, llevo seis días en Madrid.

Agustín se giró hacia ella. Solo un poco. Pero suficiente.

—¿Seis días y ya estás encerrada en IKEA?

—No era exactamente el plan —dijo Elena.

Y se rio. Una risa pequeña, nerviosa, de las que salen solas cuando una está intentando parecer más tranquila de lo que está.

Agustín la miró reírse.

Y algo en su expresión cambió. No mucho. Solo lo suficiente para que Elena se diera cuenta de que ya no la miraba como a alguien que complica su noche, sino de otra manera que ella no supo clasificar del todo, pero que le aceleró el pulso de forma bastante ridícula.

«Genial —pensó—. Encerrada en IKEA y con mariposas. Perfecto».

Agustín tuvo que reconocer, para sus adentros, que la situación era un poco graciosa.

Solo un poco. No iba a demostrarlo, porque lo normal en ese caso era estar molesto, y él estaba molesto.

Tenía una entrega de proyecto para el jueves y todavía no había decidido la tipografía principal, y estar encerrado en una nave gigante no era lo que necesitaba a las diez de la noche de un martes.

—¿Vives cerca? —preguntó él, porque el silencio empezaba a pesar más de lo conveniente.

—En Malasaña. Comparto piso. ¿Tú?

—Lavapiés.

—¿Solo?

—Solo.

Elena asintió. No dijo nada más. Miraba las estanterías vacías con una expresión que él no supo leer del todo. Era el tipo de expresión que tienen las personas cuando están pensando en varias cosas a la vez y han decidido, por el momento, no compartir ninguna de ellas.

Agustín creyó que iba a ser una noche demasiado larga.

***

A las diez y media, ambos llegaron, por separado y casi simultáneamente, a la misma conclusión: iban a tener que pasar la noche allí.

No se requería de gran elaboración intelectual.

Las salidas de emergencia eran la única opción.

La policía seguía siendo una alternativa válida, pero ninguno de los dos había se había decidido, lo que decía algo sobre ellos, aunque sin duda cosas diferentes.

Elena fue la primera en expresarlo en voz alta.

—Creo que vamos a quedarnos aquí hasta por la mañana.

—Probablemente sí.

—¿Te parece bien?

Agustín la miró.

—¿Si me parece bien estar encerrado en IKEA toda la noche?

—Dicho así suena peor.

—¿Hay una manera de decirlo que suene mejor?

Elena lo pensó.

—Podría decir que vamos a pasar la noche en un espacio de diseño escandinavo con acceso ilimitado a sofás de muestra.

Agustín parpadeó.

—Eso es mejor —admitió.

—Lo sé.

Se levantaron de las sillas. Había algo en ponerse en movimiento que resultaba un poco más optimista que quedarse sentados mirando la pared.

—Lo primero es la comida —dijo Agustín, con la autoridad pragmática de alguien que ha tenido que solucionar problemas concretos en circunstancias adversas—. ¿Tienes hambre?

—Comí a las tres. Haz el cálculo.

—El restaurante estará cerrado.

—La tienda de comida sueca, no.

Los dos pensaron en la tienda al mismo tiempo.

— Köttbullar —dijeron, casi al unísono.

Hubo un silencio breve.

—Las albóndigas —aclaró Elena.

—Sé lo que son las Köttbullar .

—Por supuesto.

La tienda de comida estaba en la planta baja, cerca de la salida, y su inventario incluía, entre otras cosas, paquetes de albóndigas congeladas, cajas de galletas, latas de arenques en salsa de mostaza, magdalenas de canela, queso sueco y bolsas de patatas fritas con sal marina.

Llegaron a la tienda guiándose por las luces de emergencia.

—Todo esto es de pago —dijo Agustín.

—Cuando abran mañana, lo pagamos.

—¿Y si no tienen registro de lo que cogemos?

Elena lo miró.

—Pues dejamos el dinero en el mostrador.

Agustín asintió. Le agradaban las chicas con buena cabeza.

—Las albóndigas están congeladas —señaló.

—Las magdalenas de canela, no.

—El queso, no.

—Las patatas, tampoco.

Se sentaron en el suelo de la tienda con la espalda contra el mostrador, las piernas estiradas, y entre los dos el queso, las patatas y dos botellas de agua con gas que Elena había rescatado de la nevera. No era una cena exactamente, pero era lo que había.

—Las magdalenas —dijo Agustín, abriendo la bolsa.