Perdidos en Ikea Capítulo 2
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Capítulo 2

E lena había chocado con una silla de oficina.

La silla había girado sobre sí misma de manera algo digna y se había detenido mirando a la pared, como si prefiriera no involucrarse en el asunto.

El carrito, por su parte, había derrapado levemente, y la lámpara bautizada «Héctor» había oscilado de una manera que había obligado a Elena a sujetarla con ambas manos para evitar que se cayera.

Fue en esa posición —sujetando la lámpara con un brazo, el carrito detenido a medias, la cabeza girada hacia el pasillo oscuro— como la encontró Agustín.

La luz de emergencias hacía que todo tuviese ese aspecto espectral que, según la ciencia (o TikTok), contribuye a que las personas digan cosas que en circunstancias normales no dirían.

—Sigues aquí —dijo él.

—Sigo aquí —confirmó ella.

—¿No has podido salir?

—Si hubiera podido salir, no estaría aquí.

Agustín procesó esto durante un segundo.

—Punto —dijo.

Se miraron. Había entre ellos la distancia exacta que separa a dos desconocidos que comparten una situación incómoda y que todavía no han decidido si van a ser aliados o van a comportarse como si el otro no existiera, que es la otra opción disponible en situaciones de este tipo.

—¿Tienes batería? —preguntó Agustín.

—El teléfono se murió hace dos minutos. ¿Tú?

—Igual.

Otro silencio.

—¿Has intentado las salidas de emergencia? —preguntó Elena.

—Las salidas de emergencia tienen alarma. Si las abro, saltará el sistema.

—¿Y eso es un problema?

—En principio, no. Vendría la policía y nos sacarían. Aunque hay que explicar por qué seguíamos aquí cuando...

—Cuando llevábamos horas dando vueltas sin comprar lo que veníamos a comprar.

—Yo vine a por un tornillo —dijo Agustín, con una dignidad considerable—. Y lo encontré.

Elena bajó la vista al tornillo que él sostenía en la mano derecha.

—Enhorabuena.

—Gracias.

Volvió el silencio.

—Propongo no abrir la salida de emergencia todavía —dijo Elena—. Primero busquemos si hay otra manera de salir o de llamar a alguien. Y si no la hay, pues la abrimos y punto.

—¿Por qué no abrirla directamente?

—Porque prefiero no tener que dar explicaciones sobre cómo acabé encerrada en IKEA.

—¿Tienes algo que esconder?

—Tengo dieciocho años y llevo seis días en Madrid. No quiero llamar a mis padres para decirles que estoy en un calabozo.

Agustín apenas sonrió.

—Está bien —dijo—. Busquemos otra salida.

Mientras caminaban, el chico hizo lo que hacía siempre cuando tenía un problema que resolver: concentrarse en lo concreto.

Salidas. Perímetro. Opciones. Era un método eficaz que le había funcionado bien en los tres años de carrera y que en este momento le estaba fallando de manera bastante notable, porque cada vez que intentaba concentrarse en el perímetro del establecimiento su cabeza volvía, sin permiso, a la chica que caminaba a su lado.

No es que fuera guapa. O no era guapa de la manera en que su cabeza había aprendido a clasificar la palabra, que era la manera de Instagram, la única que existía ahora mismo si uno pasaba más de veinte minutos al día con el teléfono en la mano.

Pelo perfecto, piel perfecta, pestañas postizas infinitas, ropa que había sido elegida para parecer que no había sido elegida.

Chicas que existían en una luz específica que no era la de ningún sitio real.

Esta chica tenía las zapatillas manchadas de pintura azul.

Agustín no sabía por qué ese detalle le parecía relevante, pero le parecía relevante.

Tenía también el moño más caótico que había visto en mucho tiempo, unos vaqueros que tenían sus propias ideas sobre la vida, y una forma de mirar las cosas, los muebles, los expositores, el mapa del establecimiento muy poco habitual.

Miraba de verdad, no como calculando si lo que veía merecía una foto para subir a alguna red social.

La mayoría de la gente miraba las cosas pensando en cómo las contaría después.

Esta chica las miraba y punto. Era un detalle pequeño, pero de los que importaban.

El problema con tener siempre un teléfono en el bolsillo era que en realidad uno no vivía una vida, sino dos.

La vida del mundo real, que incluía el estudio de treinta metros, su aloe vera llamado Arturo, los bares de pintxos de Lavapiés y los encargos variopintos que pagaban el alquiler.

Y la vida paralela de la pantalla, que incluía los proyectos de diseñadores que hacían que los suyos parecieran mediocres, los perfiles de gente que parecía tenerlo todo resuelto, y una cantidad industrial de contenido que no le importaba lo más mínimo, pero que consumía porque el algoritmo sabía exactamente qué poner a continuación para que no pudiera parar de escrolear.

Dos vidas. Y la segunda cada vez más ruidosa que la primera.

Por eso le había llamado la atención esta chica, que llevaba las zapatillas manchadas de pintura y el moño alocado y que —estaba seguro— había pasado tres horas en IKEA sin sacar el teléfono para hacerse un selfi frente al orangután de peluche famoso.

Que existía en el mundo real con una naturalidad que a él le parecía, en este momento histórico, bastante difícil de encontrar.

No era que fuera la persona más interesante que había conocido en su vida, pero era real de una manera que se notaba. Y eso, pensó Agustín mientras doblaban la esquina hacia la segunda salida lateral y comprobaban que también estaba cerrada, era más difícil de fabricar que cualquier otra cosa.

Él caminaba deprisa, y Elena tenía las piernas más cortas, lo cual generó desde el principio una dinámica en la que ella iba medio paso por detrás y él no parecía haber reparado en ello o no le parecía relevante.

Cuando llegaron a la primera salida lateral y comprobaron que estaba cerrada, él dio media vuelta sin decir nada y tomó el pasillo de la derecha.

Elena tomó el de la izquierda porque le pareció más lógico.

Mientras tanto, lo único que se escuchaba era el traqueteo de la cantidad de artículos inesperados que cada uno llevaba en su carrito.

Se separaron durante cuatro minutos.

Cuando volvieron a encontrarse en el cruce central, ninguno había encontrado nada útil.

—Fui por la izquierda —dijo Elena.

—Ya veo —dijo Agustín, con el tono de alguien que opina que ir por la izquierda sin consultarlo era una decisión discutible, pero que ha decidido no entrar en eso.

—¿Hay algún problema con la izquierda?

—No hay ningún problema con la izquierda. Solo que si hubieras ido por la derecha conmigo habríamos cubierto más terreno juntos en lugar de duplicar el recorrido.

—O habríamos cubierto la mitad del terreno en la mitad del tiempo —dijo Elena.

—Solo si los dos pasillos llevaban a sitios diferentes, que no es el caso porque los dos terminan en el expositor de cocinas.

Elena miró el expositor de cocinas.

Efectivamente, los dos pasillos terminaban en el expositor de cocinas.

—Bueno —dijo.

—Bueno —dijo Agustín.

Se miraron con la expresión de dos personas que se conocen hace diez minutos y ya han tenido su primera discusión sobre algo completamente irrelevante, lo cual no auguraba nada bueno para la situación en la que se encontraban.

Lo intentaron durante veinte minutos. Recorrieron el perímetro del establecimiento —o lo que pudieron hacer, que era bastante pero no todo, porque IKEA tiene pasillos que llevan a otros pasillos que llevan a secciones que nadie visita por su propia voluntad— y confirmaron que todas las salidas, excepto las de emergencia, estaban cerradas con llave desde fuera.

Entonces volvieron al punto de partida, que era la sección de sillas de oficina.

—Bueno —dijo Elena.

—Bueno —dijo Agustín.

Miraron a su alrededor. La luz de emergencia bañaba en verde pálido las sillas Markus.

—Supongo que podemos sentarnos —dijo Elena.

—Supongo que sí.

Se sentaron en dos sillas contiguas, a la distancia prudencial de desconocidos que todavía no se han presentado, que es apenas mayor que la distancia de desconocidos que ya se han presentado, pero menor que la de desconocidos que se han presentado y se caen bien.

Elena intentó muy activamente no mirarlo, lo cual habría sido más fácil si él no estuviera justo ahí, a cuarenta centímetros, con esa cara que parecía diseñada para hacerle la vida difícil a la gente.

«No lo mires», se ordenó.

Aunque mirarlo, si era honesta, tampoco habría añadido información que no tuviera ya. En los tres segundos que había tardado en procesar su existencia, Elena había registrado suficiente para construir un perfil bastante completo.

Veintidós, veintitrés años. Alto, constitución de alguien que hace deporte, pero no de gimnasio, no de los que se miran en el espejo mientras levantan peso y suben fotos con el torso fuera, sino de deporte de verdad, probablemente baloncesto, o pádel, o alguna de esas cosas que hacen los chicos que han crecido en barrios con polideportivo y que siguen haciéndolas sin pensar demasiado en ello.

Las zapatillas eran buenas, pero no había nada ostentoso en su ropa.

Cosa rara. Todo esto, considerado en conjunto, apuntaba en una dirección bastante clara.

Chico guapo que lo sabe. Chico que ha tenido suficientes opciones en la vida para no tener que esforzarse demasiado en nada.

El tipo que en el instituto era el centro de cualquier grupo sin haber hecho nada especial para serlo, solo porque tenía esa cara y esa altura y esa manera de estar en el espacio como si el lugar le perteneciera por defecto.

El tipo que salía con chicas que no tenían las zapatillas manchadas de pintura ni un moño salvaje.

El tipo, en resumen, que miraba a Elena con la educación justa y seguía su camino, que era lo que había hecho. Lo cual estaba muy bien. Lo cual era apropiado. Lo cual no le molestaba en absoluto.

«Mentira», dijo una parte de su cerebro que Elena prefería ignorar.

«Cállate», respondió la otra parte.