Perdidos en Ikea Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Iván era el chico del pueblo. El chico de los tres años de instituto compartidos, de los martes por la tarde viendo series en su casa, del primer beso detrás del polideportivo una tarde de octubre que había olido a lluvia y a césped mojado, de la conversación de junio en que los dos habían decidido, con la madurez forzada de quien sabe que no tiene otra opción, que Madrid y Galicia estaban demasiado lejos.

Elena había llorado exactamente dos días.

Luego había hecho las maletas. Lo cual, pensándolo bien, decía algo sobre lo que tenían, aunque los martes habían sido muy buenos.

Y ahora le estaban dando ganas de llorar de nuevo.

No sabía si era por Iván, por su familia o por la casa que había dejado en el pueblo.

«No —se dijo—. Ahora no».

Empujó el carrito hacia adelante con una energía renovada que no tenía nada que ver con las lámparas y todo que ver con alejarse de sus propios pensamientos.

El problema con los chicos guapos, había concluido Elena, mucho tiempo atrás, era que tendían a saber que lo eran.

Y los que lo sabían tenían una manera específica de mirarte, como si calcularan el efecto que estaban produciendo, que a Elena le resultaba irritante.

Iván lo sabía y lo usaba. Y este chico, el del tornillo, también lo sabía. Eso era evidente.

Aunque había algo en su forma de mirarla que no encajaba del todo con el patrón habitual.

La mayoría de los chicos guapos conscientes de serlo miraban con una especie de condescendencia amable, del tipo que dice «sé que te gusto y te concedo el placer de mi atención».

Este la había mirado de otra manera. Como si estuviera evaluando algo, sí, pero no desde arriba.

Desde el mismo nivel, lo cual era mucho más peligroso.

«Para —se dijo—. Llevas en Madrid seis días. Seis. No puedes tener un lío con el primero que aparece en la sección de vajillas».

Además, él no había mostrado el menor interés. Había sido perfectamente educado, eficientemente neutro, y había seguido su camino como alguien que tiene un objetivo concreto y no planea desviarse de él. Que era lo que Elena debería hacer también.

Objetivo concreto, sin desvíos. Miró el carrito: tenía una colcha, dos cojines, una lámpara, un espejo, tres macetas y un tapete. Había ido a por sábanas.

«Bueno —pensó—. Nadie es perfecto».

Siguió andando hacia las estanterías, y se dijo que el chico del tornillo ya habría encontrado lo que buscaba y habría salido del establecimiento, y que lo más probable era que no volviera a verlo en su vida.

Madrid era una ciudad de casi cuatro millones de almas, y las probabilidades de coincidir con alguien en un IKEA de las afueras eran estadísticamente insignificantes.

Se dijo todo esto con bastante convicción. Lo cual hizo que fuera especialmente molesto que, cinco minutos después, las luces se apagaran y la voz de él fuera la primera que escuchara en la oscuridad.

***

Eran las nueve y cincuenta y cinco cuando Elena, que había encontrado por fin las estanterías y estaba debatiendo entre el sistema Kallax de cuatro cubos y el de ocho, notó que las luces del establecimiento empezaban a parpadear de una manera que no era amenazadora, pero sí bastante inequívoca.

Luego sonó una voz por megafonía.

«Estimados clientes, les informamos de que el establecimiento cerrará en cinco minutos. Por favor, diríjanse a las cajas para finalizar sus compras. Gracias por su visita».

Elena miró el carrito. Miró las estanterías. Miró el reloj. Pensó que, en cinco minutos, con suerte, podía llegar a las cajas. Sin el Kallax, evidentemente. El Kallax iba a tener que quedarse para otro día.

Empujó el carrito con energía renovada por la urgencia y giró a la derecha, porque le parecía que las cajas estaban a la derecha.

Luego giró a la izquierda porque, al doblar la esquina, no había cajas, sino una sección de dormitorios que tampoco había visitado y que le pareció que tenía cosas interesantes.

Luego intentó corregir el rumbo, pero el pasillo terminaba en un expositor de cocinas, y el expositor de cocinas la llevó de vuelta a los textiles.

«El establecimiento cerrará en dos minutos. Gracias por su visita».

Elena apretó el paso. Dobló una esquina. Dobló otra. Encontró el departamento de baños, que tampoco era lo que buscaba, pero que tenía un jabonero de mármol muy bonito. Consiguió no cogerlo. Siguió andando.

Las luces se apagaron.

No todas las luces, claro. Las de emergencia permanecieron encendidas, proyectando sobre los pasillos una luz fría y un poco espectral, del tipo que se usa en las películas de terror justo antes de que aparezca algo que no debería estar ahí. Elena se detuvo en seco.

El establecimiento estaba en silencio.

Un silencio absoluto, del tipo que no existe en casi ningún lugar de Madrid; ciudad que parece haber firmado un pacto histórico con el ruido y que no tiene la menor intención de rescindirlo.

Elena se quedó quieta durante aproximadamente tres segundos, procesando la información.

Luego sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de la tienda, que había guardado en contactos «por si acaso» cuando llegó por primera vez (porque tenía ese tipo de previsión que resulta inútil en casi todas las ocasiones, pero que de vez en cuando es lo que se necesita).

Mientras esperaba que sonara, miró la pantalla y vio que le quedaba el dos por ciento de batería.

«El número marcado no está disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde».

El teléfono murió.

Elena miró la pantalla negra durante un momento.

Luego, desde el fondo de algún pasillo contiguo, escuchó una voz.

—Pero ¿qué narices...?

Era la voz del hombre del tornillo.

***

Agustín había encontrado, con gran satisfacción, la sección de recambios cuarenta segundos antes de que apagaran las luces.

Había cogido el tornillo. El tornillo número 118.

967. El único que necesitaba. Lo tenía en la mano, entre el índice y el pulgar, como un cirujano que acaba de extraer el fragmento de metralla que llevaba meses causando problemas.

Y luego se habían apagado las luces.

Se quedó quieto durante un momento, sosteniendo el tornillo, escuchando el silencio inmenso del establecimiento, y tuvo una sensación muy precisa: la de ser la última persona en un mundo que había decidido seguir adelante sin él.

Sacó el móvil. Uno por ciento de batería.

Llamó al número de la tienda (que no tenía guardado, pero que encontró en internet en el segundo y medio que le quedó de conexión antes de que el teléfono decidiera que era el momento de morir con dignidad).

Silencio.

Miró el tornillo. Miró la oscuridad. Miró el tornillo otra vez.

—Pero ¿qué narices...? —dijo, porque decirlo en voz alta parecía lo mínimo que la situación merecía.

Y entonces escuchó, procedente de la dirección contraria a la que él había mirado, el ruido inconfundible de alguien chocando con algo con un carrito de compras, seguido, casi de inmediato, de lo que era, sin ninguna duda, una maldición en voz muy baja.

Caminó hacia el sonido.