Perdidos en Ikea
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Capítulo 1
E l IKEA de las afueras de Madrid cerraba a las diez de la noche, dato que tanto Agustín Sierra como Elena Ruiz conocían, y que, pese a ello, ambos habían ignorado olímpicamente.
Agustín lo sabía porque lo había visto en la app que se había descargado en el móvil justo antes de salir.
Aun así, seguía recorriendo el laberinto de varios miles de metros cuadrados, y todavía no había encontrado lo que buscaba: un repuesto para el estante Billy que se le había caído en la cabeza hacía dos semanas, aplastando su única planta y la dignidad que le quedaba.
La planta era un aloe vera llamado Arturo, a quien había bautizado en un momento de soledad que prefería no recordar, y el estante pertenecía a un estudio de treinta metros cuadrados que él describía como «acogedor» cuando hablaba con sus padres, y «una cárcel con wifi» cuando lo describía a sus amigos.
Por fortuna, Arturo había salido con heridas leves del evento, aunque no poco asustado.
La joven tenía dieciocho años, había llegado a Madrid hacía seis días para empezar la carrera de Bellas Artes, y su piso de estudiante parecía haber sido decorado por alguien que odiaba la estética con la ferocidad de quien ha sufrido un trauma mirando un arcoíris en la infancia.
Las paredes eran de un beige que no tenía nombre en ningún catálogo de pintura, porque nadie con un mínimo de criterio lo habría elegido; cama no había, solo un colchón viejo en el suelo; y el escritorio era tan pequeño que Elena había tenido que poner el portátil sobre las rodillas para registrarse en la aplicación de la universidad.
Todo aquello era mejorable. Todo, de hecho, necesitaba intervención urgente. Por eso estaba en IKEA a las nueve y cuarenta y dos de la noche.
Llevaba en la mano el catálogo del año, que había cogido en la entrada con la misma energía con que una persona coge las Escrituras cuando decide cambiar de vida, y empujaba un carrito en el que había acumulado una colcha estampada con hojas enormes, dos cojines de color mostaza que «animarían el ambiente», un espejo redondo que tenía un marco de bambú que le había parecido artístico, un conjunto de tres macetas de cerámica en color terracota, una lámpara de pie llamada Hektar (¿Héctor, en español?), que prometía una luz «cálida y acogedora» según la etiqueta, y un tapete de fibra natural que le había recordado vagamente a una alfombra persa, aunque en la versión más barata de la historia de las alfombras persas.
Y de la historia de los persas, en general.
En la lista de la compra original se borroneaban cuatro artículos: sábanas, escritorio, estanterías, plantas. Había conseguido, en tres horas, no comprar ninguna de esas cosas.
Estaba, en cambio, en la sección de artículos de cocina, mirando con profunda concentración un conjunto de tazas, preguntándose si el color «gris cemento» quedaba mejor con el mostaza de los cojines nuevos o si era demasiado industrial para lo que ella tenía en mente, cuando escuchó, procedente del pasillo contiguo, una maldición entre dientes.
***
Agustín Sierra tenía veintidós años, cursaba tercero de Diseño Gráfico, y había ido a IKEA a comprar un tornillo.
Un tornillo específico: el tornillo número 118.
967 del catálogo de recambios. Se le había perdido cuando el estante de la estantería Billy se había desmontado solo, como si tuviera voluntad propia y un plan de vida alternativo que no incluía seguir colgado de la pared de un estudio de treinta metros cuadrados en el barrio de Lavapiés.
Lo que Agustín Sierra no había calculado cuando salió de casa con la misión quirúrgica de comprar ese tornillo, y solo ese tornillo, era que el camino hacia la sección de recambios pasaba por el expositor de sofás, y que él llevaba semanas soñando con echarse a ver televisión en uno que no pareciera haber sido rescatado del centro de reciclaje local.
Eso, y que IKEA, como cualquier tienda de gran éxito, había sido diseñada desde el principio de los tiempos para que ningún ser humano pudiera salir de ahí con lo que fue a buscar y sin haber comprado, además, montones de cosas que no sabía que necesitaba.
Si hasta café gratis daban. Gente lista, los suecos.
De modo que Agustín se había sentado en un sofá Kivik durante aproximadamente cuarenta minutos (invirtió unos veinte chateando con su prima hermana Roberta, que vivía en Frankfurt), valorando si el color «gris oscuro» era más o menos oscuro que el «antracita», y después había pasado por la sección de mesas de escritorio porque la suya tenía una pata coja desde hacía meses y había llegado a un punto de convivencia en que la toleraba, pero no la quería.
Y luego había terminado en la sección de textil hogar, porque había una colcha en oferta de color azul marino que le había parecido que modernizaría el aspecto de su habitación, que en este momento parecía la celda de un monasterio moderno, y no de los buenos.
Agotado de semejante marea de estímulos sensoriales que tentaban a su magra cartera, Agustín llevaba media hora intentando encontrar la sección de repuestos de estanterías.
Ya había pasado dos veces por la zona de almacenaje, se había perdido entre las alfombras y buscaba un cartel con un mapa en las alturas que se le seguía escapando.
***
El ruido que había escuchado Elena procedía de Agustín.
En su búsqueda de un cartel, el pobre hombre acababa de doblar una esquina con el carrito y había chocado con fuerza contra el expositor de los vasos de vidrio.
Los flamantes Pokal se habían tambaleado de una manera alarmante, pero habían sobrevivido.
El muchacho miraba el establecimiento con la expresión concentrada y un poco desesperada de alguien que lleva tiempo buscando algo que no está seguro de que exista.
El chico en cuestión tenía el cabello castaño oscuro algo despeinado, mandíbula de las que salen en los anuncios de maquinillas de afeitar, y una expresión de fastidio que resultaba vagamente atractiva de una manera que a Elena le pareció injusta.
Era, para decirlo con la economía de palabras que la situación merecía, bastante guapo.
Y alto. Y no faltaba nunca al entrenamiento de...
¿baloncesto?, eso estaba claro. Llevaba una sudadera gris gastada, pero de buena marca, y unas zapatillas Nike blanquísimas, de un modelo que seguro que ya no se conseguía.
«¿Coleccionista... o maniático?», intentó adivinar ella.
Elena, que llevaba tres horas sola entre muebles, sin hablar con nadie salvo para responder «sí, gracias» a dos empleados que le habían preguntado si necesitaba ayuda, consideró la posibilidad de preguntarle a aquel sujeto si sabía dónde estaban las estanterías.
Luego reflexionó sobre su propio aspecto: llevaba un jersey de lana verde oliva que su madre le había comprado en el mercadillo y que a ella le encantaba, pero que objetivamente no era glamuroso, unos vaqueros anchos que iban a la segunda lavada y que todavía no habían decidido si se iban a adaptar a su figura o si iban a hacer su propio camino en la vida, unas zapatillas de deporte manchadas de pintura azul, y el pelo recogido en un moño que había empezado el día con aspiraciones artísticas y había acabado pareciéndose más a un nido de pájaro con iniciativa propia.
Elena tenía una complexión de la que ella misma decía, con el humor ligeramente ácido que le había costado años cultivar, que era «de la familia de las tazas grandes».
No era gorda de una manera que le preocupara demasiado (había otras cosas mucho más urgentes sobre las que preocuparse, como el precio de los aguacates o el hecho de que el aire acondicionado de su piso hacía un ruido que sonaba como una persona tosiendo a las tres de la mañana), pero tampoco era de las que salen en los anuncios de decoración que aparecen en Instagram, donde todo el mundo es larguirucho y lleva camisas beige de lino y vive en pisos de cien metros con suelos de madera de roble.
Decidió no preguntarle nada.
En ese preciso momento, el chico giró la vista, la miró a los ojos y dijo:
—Perdona, ¿sabes dónde están las estanterías?
Elena tardó aproximadamente un segundo y medio en procesar que le estaba hablando a ella.
—Bueno... —respondió, señalando hacia la izquierda—. Creo que es por allí. Aunque tampoco estoy muy segura porque llevo un rato perdida.
—¿Un rato?
—Tres horas.
Él parpadeó.
—¿Tres horas? —dijo.
—Es que hay muchas cosas interesantes.
Agustín miró el carrito de Elena, que estaba cargado hasta arriba con una colcha, dos cojines, una lámpara, un espejo, tres macetas y un tapete, y luego miró el suyo propio, que contenía una colcha azul marino, una mesa de escritorio desmontada y una bolsa de velas aromáticas que no había planeado comprar, pero que tenían un bouquet a lo que él imaginaba que olía Escandinavia.
—Ibas a comprar estanterías —dijo ella.
—Vine a por un tornillo.
Hubo un silencio breve.
—Ah —dijo Elena.
—Sí.
Y cada uno siguió su camino.
Elena empujó el carrito tres metros, dobló la esquina hacia la sección de iluminación y se detuvo, no porque hubiera algo interesante en esa sección.
Había lámparas, sí, pero Elena no las estaba mirando.
Miraba el suelo con la expresión de alguien que acaba de procesar algo que preferiría no haber procesado.
El chico era guapo.
Esto no era, en sí mismo, un problema. El mundo estaba lleno de chicos guapos y Elena llevaba dieciocho años navegándolo sin que eso le causara mayores inconvenientes.
El problema específico era que este chico en particular era guapo de una manera que le había recordado, en el segundo y medio que había durado su conversación, a Iván.