Perdidos en Ikea Epílogo
100%

Epílogo

C uatro meses después

El piso de Elena ya no tenía el beige sin nombre.

Tenía el beige sin nombre cubierto, en la pared principal del salón, por una enorme pintura en blanco y negro con algo de rojo que Agustín había afirmado que era lo mejor que había visto en su vida.

Elena había dicho que era «un trabajo en progreso», que es la descripción más honesta que existe para una obra que está donde tiene que estar.

Las estanterías estaban llenas. Los cojines mostaza estaban en el sofá.

La lámpara «Héctor» emitía su luz cálida sobre el tapete nuevo.

Las tazas en color terracota, no gris cemento, al final, estaban en la cocina.

El cartel del proyecto de Agustín había sacado un diez.

«YA LO SABES/pero aún puedes cambiarlo» estaba enmarcado en un marco negro y colgado en la pared.

Los lunes comían juntos, tomados de la mano, en el bar de pintxos de Lavapiés.

Los domingos por la tarde, cuando la luz entraba de una forma particular en el estudio de Agustín y lo hacía parecer más pequeño, Elena solía estar pintando algo en la esquina con el trazo que la profesora del jersey de cuello volcado denominaría «de alta energía» y que Agustín llamaría «de las cosas que más me gustan ver».

Nadie le había preguntado todavía, pero si alguien lo hubiera hecho, Agustín habría dicho que llevaba cuatro meses mirando a Elena pintar los domingos por la tarde, y que seguía sin acostumbrarse.

Que cada vez que ella se giraba con el pincel en la mano y lo miraba sin decir nada, solo para sonreírle, él pensaba que no había nada en el mundo que quisiera menos que dejar de estar ahí.