Perdida… y Encontrada por el Montañés Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Cyrus

Quiero que la cena sea perfecta. Quiero que todo sea perfecto.

La mesa está puesta, el estofado está a fuego lento, el fuego ruge en la chimenea. Tengo música, velas y a una mujer hermosa frente a mí.

Deseo tanto impresionarla.

Quiero que se enamore de mí y que no se marche jamás.

Es pedir mucho, pero no sé cómo voy a sobrevivir sin ella. La vida se siente muy distinta desde que apareció. Tenía una pesadez en los huesos con la que he vivido tanto tiempo que ni siquiera me daba cuenta de que estaba ahí. Ahora que está conmigo, esa pesadez se ha ido y solo queda ligereza.

—Esto no era lo que me esperaba cuando te vi salir del bosque —dice Mia mientras se sienta en el sofá con su copa de vino.

Hay un fuego ardiendo en la chimenea tras ella, bañándola en un cálido resplandor anaranjado.

Esta tarde, bajo el sol, he pensado que nunca podría estar más guapa de lo que estaba en ese momento. Me equivocaba.

Me duele el pecho mientras la observo llevarse esos labios turgentes y carnosos a la copa para dar un pequeño sorbo.

—¿Qué te esperabas? —le pregunto mientras cojo mi copa y me acerco a ella.

—No lo sé —dice ella con una risita—. Algo sacado de una película de terror.

Arqueo una ceja al sentarme en el sofá frente a ella.

—¡No te enfades conmigo! —dice, fingiéndose indignada—. ¿Qué se supone que debo pensar cuando un hombre de la montaña enorme sale del bosque cargando con dos conejos muertos?

—En eso no puedo culparte —le digo con una sonrisa—. Me alegra que esa historia que me contaste sobre tu marido fuera inventada.

—¿O puede que no? —dice ella con una sonrisa pícara—. Quizá esté fuera buscándome ahora mismo.

—Por favor, no juegues conmigo así —digo mientras me llevo la mano al pecho dolorido—. Vas a romperme el corazón.

Da un sorbo, pero sus ojos me observan como si estuviera sopesando algo.

—¿Por qué dices eso?

—¿Decir el qué?

—Que te estoy rompiendo el corazón.

Respiro hondo, preguntándome cuánto debería revelar. Pero esta es la noche. Este es el momento. Mañana se irá y no estoy seguro de si tendré otra oportunidad. Cuando el destino te ofrece una oportunidad, la aprovechas. Sin importar las probabilidades.

—Porque, Mia… eres la mujer de mi vida. Eres tú. Me estoy enamorando perdidamente.

Traga saliva mientras me observa con un nerviosismo excitado en los ojos. —¿Por qué dices eso?

—Porque es la verdad.

—Pero soy un desastre aquí fuera —dice mientras mira a su alrededor—. No sé encender un fuego ni cortar leña. ¡Ni siquiera sé manejar una canoa! ¿No quieres a una mujer que sepa hacer todas esas cosas?

Niego con la cabeza mientras la miro fijamente. —Te quiero a ti. Eso es todo. Solo a ti. Así de sencillo.

—Pero…

Espero a que ordene sus pensamientos. Acabo de soltarle mucho de golpe y es justo dejar que reflexione unos minutos.

—¿Dices eso solo porque no has visto a una mujer en mucho tiempo y, como soy la primera con la que te cruzas, crees que te estás enamorando?

Niega con la cabeza y cierra los ojos cuando se da cuenta de lo que ha dicho.

—Amor no —murmura—. No que estés enamorado de mí. Claro que no. No quería decir eso.

—Puedes decir amor —le digo—. Me estoy enamorando de ti, Mia. Si es que no estoy ya enamorado del todo.

Ella se muestra escéptica. —¿Cuántas novias tienes en la ciudad?

—Cero.

—Mentira.

—Hablo en serio. Nunca he querido a ninguna.

—Venga ya —dice con una risa burlona—. ¿Me estás diciendo que en una ciudad de cuatro millones de mujeres, nunca has querido a ninguna?

—No hasta que te vi a ti. Nunca entendí por qué era diferente, pero ahora que te he conocido, sé que no lo soy. Solo estaba esperando a la elegida. Tú eres la elegida, Mia.

—¿No es eso una frase de The Matrix?

—¿Qué?

—Olvídalo. —Se muerde el labio mientras reflexiona. Mi amor solo se hace más profundo al observarla. Es increíble. Le digo a esta mujer que la amo y ella intenta convencerme de lo contrario.

—No puedes decirme que no sientes algo especial —digo poniéndome una palma en el pecho.

—Bueno —dice ella mientras se mueve en el sofá—. Sí, pero…

—¿Pero qué?

—Pensaba que era solo… no lo sé. Estoy muy confundida ahora mismo. Tú vives aquí y yo vivo en la ciudad.

—Iré a donde tú quieras —le digo. Es verdad. La seguiría hasta el centro de la ciudad más bulliciosa del planeta si eso es lo que ella desea. Lo odiaría, pero valdría la pena por estar con ella. —Mi corazón te pertenece.

Me mira durante un largo rato y luego coge su copa de vino y da un trago enorme.

Me levanto y camino hacia su sofá. Sus ojos se agrandan cuando me siento a su lado y le cojo la mano. Deja que se la tome. Me encanta su tacto. Es muy delicada. Tan suave y femenina. Solo quiero tocar cada centímetro de su piel.

—Estamos hechos el uno para el otro —le digo con voz lenta y calmada—. Sé que sabes que es cierto. Quédate conmigo. Quédate conmigo esta noche. Quédate conmigo para siempre.

La miro fijamente a los ojos verdes y el aire que nos rodea se espesa de deseo. Su respiración se acelera mientras me devuelve la mirada.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Puedes preguntarme lo que quieras —digo con un gruñido mientras me pregunto qué será. ¿Será sobre nuestro futuro hogar, o sobre el hecho de que somos tan distintos en esencia? ¿Sobre mi pasado o nuestro futuro? Me muero por saber qué quiere preguntarme.

—¿Puedo tocarte la barba?

Suelto una carcajada. Es la puta ama.

—Por supuesto.

Observa maravillada mi larga barba mientras la toca con ambas manos, con una gran sonrisa de boba en su adorable rostro. Es oficial. Estoy obsesionado con esta chica.

Si no la tengo, me voy a morir. Hay toda una vida de excitación y necesidad acumulada en mi interior que siempre ha estado oculta, pero ella lo está desatando todo ahora. Siento cómo brota y me consume por completo.

La necesito como nunca he necesitado nada.

—¿Puedo hacerte yo una pregunta? —digo cuando casi ha terminado de tocarme la barba.

Se lame los labios mientras esos bonitos ojos verdes vuelven a encontrarse con los míos. —Sí.

—¿Puedo besarte?

—Absoluta y jodidamente sí.

Le tomo la cara entre las manos y atraigo su boca hacia la mía.

Tiene los labios abiertos y deslizo mi lengua en su boca, reclamándola como mía.

Siempre ha sido mía. Esta lengua caliente, estos labios suaves, este cuerpo dulce y sensual…

es todo puto mío. Lo reclamo. Lo tomo. Soy un salvaje cuando se trata de ella y los salvajes no siguen ninguna regla.

Gime en mi boca mientras la beso más profundo y con más fuerza. Sus manos empiezan a deslizarse por mi cuerpo, palpando mis hombros, explorando mis brazos. Están duros tras toda una vida cortando leña y arrastrando troncos. Espero que le gusten. Los he mantenido esculpidos para ella.

—Oh, Cyrus… —gime cuando nuestras bocas se separan y empiezo a besarle el cuello.

Agarra mi camisa con los puños y me pega a ella—.

Yo también siento lo mismo. No quería admitirlo…

quería hacerme la interesante… No soy interesante.

Por dentro no estoy nada tranquila. Todo era un juego.

Yo también me muero por ti. Me estoy enamorando perdidamente.

Me aparto un poco, manteniéndola rodeada con mis brazos mientras la miro.

Ella me devuelve la mirada con los ojos encendidos.

Puedo ver cuánto me necesita. Son los pequeños detalles: su boca entreabierta, sus ojos que empiezan a brillar de lujuria, su pecho subiendo y bajando con respiraciones rápidas. Lo desea tanto como yo.

—¿No hay ningún otro hombre en tu vida? —le pregunto con firmeza. Nunca me ha dado una respuesta clara y necesito saberlo.

Niega con la cabeza. —No. Nunca lo ha habido.

—Eres…

Ni siquiera puedo pronunciar la palabra por si no es cierto. Mi corazón se detiene mientras espero su respuesta sincera.

—Soy virgen —dice, y mi cuerpo se inunda de alivio—. Supongo que yo también te estaba esperando. ¿No es curioso cómo ocurren las cosas a veces?

—Es el destino guiando nuestras manos —le digo—. Por eso estoy tan seguro de que debemos estar juntos.

Agarra la parte delantera de mi camisa y me atrae de nuevo hacia ella. —Bésame otra vez.

Aplasto mis labios contra los suyos y la intensidad prende un fuego entre nosotros. Mi cuerpo arde mientras saboreo su dulzura. Mi polla está dolorosamente dura. Quiero explorar cada centímetro de su piel.

Al carajo esperar hasta después de cenar. La quiero ahora mismo.

Me subo encima de ella y ella me rodea con sus piernas, profundizando el beso.

Mi camisa de franela que lleva puesta se le sube por sus piernas desnudas y no hay nada más que una fina capa de bragas de algodón húmedas entre mi polla y su coño virgen.

Me separo de su boca y la miro. Su intensa necesidad es evidente en sus ojos.

Está lista para mi polla. Se nota por la forma en que mueve sus caderas anchas, frotando su chocho contra mí mientras gime y lucha por atraerme de nuevo hacia ella.

—Quieres pasar directamente al postre, ¿verdad? —digo mientras bajo lentamente la mirada hacia su entrepierna. El algodón blanco que cubre su monte de Venus tiene una mancha húmeda, justo como esperaba.

La visión de su humedad, la visión de su deseo, hace que se me apriete el pecho y que mi polla pegue un brinco.

—¿Cómo de húmedo está este gatito? —pregunto mientras deslizo el lateral de mi dedo sobre ella. Es tan suave. Tan húmeda.

Cierra los ojos y se estremece. —Oh, Cyrus… —gime—. No quites la mano.

—No has respondido a mi pregunta —digo, provocándola, mientras me llevo el dedo a la nariz e inhalo profundamente su aroma embriagador.

El olor de su coño enciende un fuego dentro de mí y de repente soy incapaz de ir despacio. Se acabó el control. Su aroma embriagador se me ha subido directo a la cabeza. Necesito saborearla. Necesito ese coño.