Capítulo Cinco
Mia
—Tienes que agarrarla así —dice Cyrus mientras arranca el hacha del tajo y me la tiende.
—No soy idiota —le digo negando con la cabeza mientras me acerco a cogerla—. ¡Sé cómo se sujeta un hacha!
La cojo y, en cuanto él la suelta, se me cae a los pies, aterrizando con el filo hacia abajo a un centímetro de mi zapato.
—Je, je, je —río nerviosa mientras levanto la vista hacia él—. Supongo que no debería haber sido tan engreída después de todo.
En mi defensa diré: ¿quién iba a saber que un hacha pesaba tanto?
—Me parece que dejaremos lo de picar leña para más adelante —dice él recogiéndola con una mano—. Empecemos con algo más fácil.
—¿Como montar una tienda de campaña con ramas? —sugiero.
Suspira mientras me mira. —Como leer una brújula.
—¿La gente todavía usa eso? —pregunto arrugando la nariz—. Pero si todo el mundo tiene GPS en el móvil.
—Aquí fuera no. Y el GPS se puede desactivar. ¿Cómo piensas orientarte si eso ocurre?
—¿Con un Uber?
Vuelve a negar con la cabeza y a suspirar, pero noto que se está divirtiendo. La comisura de su boca no deja de curvarse hacia arriba.
Observo cómo saca una vieja brújula de cobre de su bolsillo y la abre.
—¿Cómo se enciende? —le pregunto burlándome—. ¿Y dónde se enchufa?
Sus ojos se clavan en los míos. No sabe si estoy bromeando o no, lo cual no dice mucho de lo que piensa sobre mis dotes de supervivencia.
—¡Es broma! —exclamo—. Pero no tengo ni idea de cómo se usa.
Empieza a explicármelo, hablando de polos magnéticos y otras cosas aburridas por el estilo, y mi mente se pierde en temas mucho más interesantes. Como qué aspecto tendrá Cyrus sin camiseta.
Él señala detalles en la brújula y yo finjo mirar, pero mis ojos están fijos en su grueso antebrazo y en la vena que lo recorre, en el vello oscuro, en la piel curtida. ¿Quién iba a saber que un antebrazo podía ser tan fascinante, tan atrayente, tan sexy?
Sigo haciéndole preguntas básicas solo para que no deje de hablar. Me encanta su voz. Es vibrante y profunda. Es como si mi cuerpo estuviera sintonizado con esa frecuencia exacta. Puedo sentir el bajo de su tono recorriéndome como cuando te apoyas en un altavoz enorme.
—¿Crees que ya podrías orientarte con una de estas?
—Sí —miento. No he prestado la más mínima atención. Es demasiado difícil concentrarse en la lección cuando el profesor es un semental así de atractivo.
—¿Qué querrías aprender ahora?
—¿Podrías enseñarme cómo cortas la leña?
Me mira con gesto dubitativo. —¿Quieres aprender a cortar leña?
—No, solo... quiero verte... hacerlo. ¡Con fines de investigación!
Esa sonrisa sexy reaparece mientras camina hacia el tajo y coge el hacha.
Trago saliva con fuerza, sintiendo cómo se me acelera el pulso mientras él coloca un tronco sobre el bloque.
Mis ojos están en todas partes: en sus manos grandes y fuertes agarrando el mango de roble, en sus piernas musculosas bien plantadas y abiertas, en esos hombros anchos y rotundos mientras recupera la postura, en esos ojos marrones tan sexis mientras se concentra en la madera. Está tan bueno.
Me quedo simplemente atrás disfrutando de la vista mientras empieza a picar la madera. Descarga el hacha con un gruñido y el tronco se parte en dos, saltando hacia los lados.
—Tienes que apuntar con el hacha siguiendo las grietas naturales —me dice mientras coloca otro trozo sobre el bloque y señala una fisura—. Eso hará que sea más fácil de partir.
—Apuntar por las grietas —repito, fingiendo que de verdad voy a hacer esto algún día. Alerta de spoiler: no lo haré. Prefiero conservar los dedos de los pies, muchas gracias.
—Debes mantener los pies separados a la anchura de los hombros —explica mientras me muestra cómo colocarse con el hacha en las manos. Esto es genial. Puedo repasarlo de arriba abajo todo lo que quiera y no resulta sospechoso en absoluto.
—Espera —digo, fingiendo ser una alumna aplicada y no una pervertida babeante mientras admiro cada centímetro de su cuerpo—. Piernas separadas. Entendido.
Sus piernas son increíblemente sexis. Nunca me habían importado las piernas de un hombre.
Jamás en mi vida se me ha pasado por la cabeza la frase «qué piernas más bonitas tiene», pero ahora se repite en mi mente en bucle.
Sus muslos son puro músculo y sus vaqueros viejos los marcan perfectamente.
Solo quiero pasar mis manos por ellos para comprobar si están tan duros como parecen.
—Ahora, tienes que balancear el hacha bien arriba, manteniendo los brazos estirados de esta manera.
Me muestra el movimiento, pero se detiene a mitad del balanceo, dejando los brazos en el aire. Madre mía. Sus enormes brazos están en tensión. Sus tríceps son gloriosos.
—¿No tienes calor haciendo todo ese trabajo con una camisa de franela?
—le pregunto, a pesar del aire fresco que corre—.
Si normalmente te la quitas, no la lleves por mí.
—Intento sonar casual al decirlo, como si lo hiciera por su bien, pero probablemente parezco una salida total con mis ojos de par en par y el hecho de que estoy prácticamente babeando mientras lo observo.
Sus labios se curvan en esa sonrisa de nuevo mientras baja el hacha. No puede ser... ¡lo está haciendo! ¡Esto se va a poner interesante!
Observo sin pestañear cómo agarra la parte de atrás de su camisa y se la quita de un solo movimiento perfecto. Todo es músculo liso y duro. Por todas partes. Me flaquean un poco las rodillas cuando tira la camisa detrás de él y vuelve a coger el hacha.
—Así que, piernas separadas —dice mientras retoma la posición, esta vez resultando un millón de veces más sexy.
Puedo ver cada músculo de su torso flexionarse y tensarse mientras levanta el hacha por encima de su cabeza.
Su abdomen es todo tableta y no tiene ni un gramo de grasa, lo cual supongo que es de esperar cuando solo comes lo que la naturaleza te ofrece.
Su pecho es imponente, con dos de los pezones más perfectos jamás creados.
Sus brazos... no tengo palabras para explicar sus brazos, así que mejor me limito a babear.
Sus tríceps parecen enormes mientras sostiene el hacha en alto. —Tienes que deslizar la mano por el mango mientras bajas el hacha con fuerza —me explica mostrándome el movimiento a cámara lenta—. Mantén los ojos fijos en la madera en todo momento.
Esto es estupendo. Él está mirando la madera, así que mis ojos son libres de vagar por donde quieran. Y están vagando... por todas partes...
—Quizá deberías cortar unos cuantos para enseñarme —digo con una voz fresca, calmada y para nada excitada.
Empieza a picar unos cuantos a toda velocidad, atravesando los trozos de madera mientras yo me acaloro y me humedezco más con cada gruñido varonil que suelta.
Me está empezando a gustar mucho este rollo de hombre de la montaña.
Es sexy saber que a este hombre podrían soltarlo en cualquier rincón del planeta y encontraría la manera de sobrevivir.
Suéltalo sin camiseta en el Ártico y probablemente se pelearía con un oso polar entre la construcción de un iglú de lujo.
No creo que haya nada que este macho alfa no pueda hacer.
Está despertando algo en mí. Algo que no suele despertarse a menudo.
Siempre pensé que me pasaba algo raro porque no me ponían los tíos de la facultad de derecho ni Shawn, el de contabilidad. A las demás chicas sí, pero a mí nunca. Ahora lo sé. Necesito a un hombre de verdad.
Un hombre viril.
Un hombre de la montaña.
Para las demás chicas, Shawn con su pelo demasiado peinado, sus trajes de mil dólares y su cuerpo de gimnasio. Yo quiero a Cyrus. Pelo revuelto, vaqueros gastados y un cuerpo esculpido cortando leña como un auténtico hombre. Eso es lo que me gusta. Eso es lo que quiero.
Lo quiero a él.
Mi cuerpo lo confirma. Está vibrando como una colmena a la que acaban de sacudir las manos grandes y sexis de Cyrus.
—¿Quieres probar? —pregunta cuando ya tiene un montón de leña recién cortada a su lado. Todo su cuerpo está en tensión por el esfuerzo y hay un brillo sexy de sudor en su piel. Me pregunto si le importaría que se lo quitara a lengüetazos...
—Quizá más tarde —respondo, de nuevo con la intención de conservar todos los dedos de mis pies.
—¿Qué más quieres aprender?
—¿A hacer fuego? —digo encogiéndome de hombros.
En realidad no quiero aprender a hacer fuego. ¿Qué dificultad puede tener con un encendedor? Solo quiero que siga sin camisa, y crear mucho calor con una fogata debería servir.
—Vale —dice—. Primero tenemos que recoger algo de yesca y leña menuda.
—Yesca, ¿como la app de Tinder?
—No —dice sacudiendo la cabeza mientras me dedica una sonrisa—. No como la aplicación de citas. No estarás en ella, ¿verdad?
Sus hombros se tensan mientras espera mi respuesta.
—No —digo rápidamente—. No tengo muchas citas. Casi ninguna, de hecho.
Noto que suelta un largo suspiro de alivio antes de volver a la tarea.
—Bien. Ahora necesitamos ramitas secas y corteza de árbol para prender.
Camino entre los árboles y recojo un buen montón mientras él me sigue atentamente con la mirada.
Me enseña cómo colocarlo todo correctamente en forma de triángulo y, en poco tiempo, me tiende un mechero e intento encender mi hoguera. Es más difícil de lo que pensaba. La llama no deja de apagarse.
—Así —dice mientras envuelve mi mano con la suya y guía la llama hacia la parte deshilachada de un trozo de corteza seca.
Si el mechero no lo consigue, el calor de su tacto sin duda lo hará. Siento que estoy a punto de estallar en llamas.
—Eso es, muy bien —susurra con una voz profunda y alentadora cuando la llama prende—. Ahora añade unas ramitas pequeñas. Despacio.
Hago lo que me dice y la llama se propaga y crece, devorando las ramas mientras yo observo maravillada.
—¡Lo he hecho! —exclamo saltando con una gran sonrisa—. He hecho fuego. ¡No soy totalmente inútil aquí fuera!
Él se levanta con una sonrisa de oreja a oreja. —Sabía que podías hacerlo.
Mi entusiasmo aumenta y hace que salte sobre él sin pensar. Rodeo su cuerpo cálido con mis brazos y mis manos aterrizan en la piel suave y tensa de los músculos de su espalda.
Estoy a punto de apartarme y pedir perdón cuando sus brazos me envuelven con fuerza, sujetándome contra él. —No te vayas tan pronto —susurra—. Este es el lugar al que perteneces.
Levanto la vista hacia él y nuestros ojos se encuentran. Se me corta la respiración, el corazón me late con fuerza y mi cuerpo se inflama en sus brazos.
La tensión sexual entre nosotros se vuelve imposible de ignorar.
Soy demasiado consciente de la reacción de mi cuerpo.
El pulso entre mis piernas, el hormigueo en mis labios, el deseo intenso de besar esa boca sensual mientras el contacto visual acalorado se prolonga más de lo que jamás lo harían dos personas que no se mueren por acostarse la una con la otra.
Quiero que me bese. Quiero mucho más que eso.
La próxima lección que quiero que me dé no va a ser al aire libre. Va a ser en su cama y va a ser mucho más ardiente que el fuego que arde a nuestro lado.
No te vayas tan pronto. Este es el lugar al que perteneces.
Nunca pensé que mi lugar estuviera en el bosque. Todavía no estoy segura. ¿Pero aquí, en sus brazos? No lo sé...
Esto se siente bien. Se siente como el lugar exacto en el que quiero estar.
Y el lugar exacto donde me quiero quedar.