Capítulo Cuatro
Mia
Su cabaña es, en realidad, monísima. Es una cabaña de troncos grande y agradable, no la choza de asesino que me esperaba.
—¿La mandaste construir tú? —le pregunto mientras nos acercamos. Es de una sola planta, pero se extiende con un bonito porche que la rodea.
Siento mucha curiosidad por este tipo. Vivo en Nueva York, así que no es muy frecuente que me encuentre con hombres de montaña rudos que vivan en el bosque, cazando y recolectando comida.
¿Estará casado? ¿Tendrá novia?
¿Me encontraré dentro a una mujer salvaje de las montañas hirviendo un guiso para esos conejos muertos que lleva, con un vestido hecho de piel de oso grizzly?
Busco dos sillas en el porche, pero solo hay una.
«Eso es buena señal», pienso. No parece tener chica.
No es que importe. No es que me interese este macho alfa fuerte y musculoso que me mira como si quisiera hacerme estremecer de placer.
Suelto una risa nerviosa mientras entro en la cabaña.
¡Qué va! ¡Para nada interesada! No estoy en absoluto excitada ahora mismo pensando en pasar la noche con este hombre sin nadie a kilómetros a la redonda.
—Mi padre empezó a construirla cuando tenía mi edad —dice Cyrus—. Pero era pequeña, cabía entera en el porche. La hice reconstruir hace unos siete años. Vengo aquí cada vez que tengo oportunidad.
—¿No vives aquí todo el año? —Eso me deja impactada. No me imagino a este tipo en la civilización. Me lo imagino haciendo cola en el Costco con el carro lleno y se me escapa una risita. Seguramente seguiría llevando un hacha colgada del cinturón por si hubiera un grizzly suelto en el pasillo tres.
—Solo la mitad del año. La otra mitad vivo en Queens.
—¡No me digas! —Me quedo boquiabierta mientras lo miro con asombro. ¿Él vive en Nueva York? Ya nada tiene sentido—. ¿Y de qué trabajas? ¿Vendes pieles de conejo en MacDonald Park?
Niega con la cabeza mientras me mira con una sonrisa pícara en ese rostro tan guapo.
Noto que empieza a coger confianza conmigo.
También intuyo que probablemente no le ocurra con la mayoría de la gente.
Si vive aquí fuera, será por algo. Me siento honrada de ser una de las afortunadas que le caen bien.
—Eso ni siquiera existe —dice con una carcajada—. Trabajo en finanzas.
—¿En plan que trabajas en una gestoría durante la campaña de la renta o algo así?
—No, en plan que soy el dueño de una empresa que gestiona quince mil millones de dólares en carteras de fondos de inversión.
—Ah... Espera, ¡¿qué?!
Se limita a mirarme mientras nos detenemos ante los escalones que llevan al porche.
—¿Eres rico?
Él se encoge de hombros.
—¿En plan, muy rico?
—¿Quieres entrar y entrar en calor?
—Estoy calentita —miento. ¡Tengo los dedos de los pies congelados!— ¿Me estás diciendo que eres megarrico?
—Yo no he dicho eso.
—Pero es verdad.
—Vale, es verdad.
—¡¿Me estás diciendo que eres asquerosamente rico y que puedes viajar a cualquier parte del planeta de vacaciones?! A cualquier playa, villa u hotel del mundo. ¡¿Y eliges renunciar a todo lujo conocido por el hombre para quedarte en las montañas?!
Inspira profundamente y exhala lenta y largamente mientras me mira. —Supongo que esa es una forma de verlo.
—¿Has estado alguna vez en un complejo turístico de playa? —le pregunto mientras niego con la cabeza con incredulidad—. ¡Te dan bebidas alcohólicas granizadas con esas adorables sombrillitas de colores! ¡Y todo el mundo es tan amable! Es increíble.
—A mí me gusta estar aquí —dice él.
Miro los conejos muertos que tiene en la mano y hago una mueca. —¿Por qué?
—Vete a darte una ducha —me dice—. Me estoy quedando frío solo de mirarte.
No creo que llegue a entender nunca por qué alguien elegiría esto antes que una playa tropical, y no pienso morir congelada intentando averiguarlo, así que entro.
Siento el cuerpo de Cyrus detrás de mí mientras subo las escaleras. Siento un hormigueo por todo el cuerpo al entrar en su cabaña. Este hombre hace que me sienta mareada y nerviosa cada vez que pone sobre mí esos ojos marrones ardientes.
Pagaría por verlo de traje, afeitado y recién salido de la peluquería. Seguro que está sexísimo. Sin duda lo nombrarían el soltero más codiciado de Nueva York si pasara por el barbero y decidiera abandonar esta obsesión por lo salvaje.
Me quedo sorprendida al entrar. Es agradable y no tiene nada de la «cabaña de los horrores» que me había imaginado.
Tiene unos muebles cómodos frente a una enorme chimenea de piedra y una cocina totalmente equipada, pero manteniendo ese aire cálido y acogedor por toda la casa. Me gusta. Podría quedarme aquí.
Sobre todo teniendo en cuenta que hay electricidad gracias a los paneles solares que he visto en el tejado.
«Te vas a quedar aquí», me recuerdo. «Con él. Los dos solos. Sin nadie a kilómetros a la redonda».
Un escalofrío de calidez me recorre ante el pensamiento.
Me acompaña al baño y voy moviendo la cabeza de un lado a otro, curioseando en cada habitación por la que pasamos buscando huesos humanos, chicas de ciudad encadenadas o paredes forradas de plástico al estilo Dexter.
Todo parece normal. El alivio me inunda cuando llegamos al baño y me deja entrar sola.
—Coge el champú y el jabón que quieras —dice—. Hay toallas limpias en el estante. Te traeré algo de ropa caliente mientras se seca la tuya.
—Gracias —le digo mientras lo miro; esta vez, mirándolo de verdad.
Le sostengo la mirada en esos profundos ojos marrones y siento un ansia que no había sentido nunca. Hay una parte de mí desconocida hasta ahora que se manifiesta y quiere agarrarlo por el cuello, atraerlo hacia mí, pegar su boca a la mía y desnudarlo.
El calor empieza a arremolinarse en mi interior y a asentarse entre mis piernas. Quizá sea su cuerpo fuerte y varonil, o la idea de desnudarme en casa de este extraño tan sexy, o quizá resulte que al final sí me gustan las barbas, pero sea lo que sea, me está encendiendo de mala manera.
—Si necesitas algo —dice él con una voz grave y ronca que envía una descarga de calor a mis partes íntimas—, dímelo. Ahora yo cuido de ti, Mia. Te daré lo que necesites.
Esos ojos sexis bajan hasta mi boca y luego me recorre lentamente con la mirada una última vez antes de agarrar el pomo y cerrar la puerta.
—Madre mía, qué pedazo de hombre —digo mientras mi cuerpo tiembla de deseo.
La puerta se abre. —¿Has dicho algo?
Mis mejillas arden mientras niego con la cabeza frenéticamente. —No. Solo estaba... cantando. ¡Pedazo de hombre! ¡Pedazo de hombre! ¿Conoces la canción?
Él niega con la cabeza y vuelve a mirarme de arriba abajo una vez más antes de cerrar la puerta.
Agacho la cabeza avergonzada, con las mejillas ardiendo, sintiéndome una completa idiota. «¿Pero qué estabas cantando, pedazo de tonta?».
Respiro hondo, me sacudo la vergüenza y me meto en la ducha para disfrutar de la mejor, más caliente y más increíble ducha de mi vida.
Cyrus está cocinando un guiso cuando por fin salgo de la ducha y vuelvo a la estancia principal de la cabaña.
Sé que está cocinando los conejos y huelen de maravilla, pero me alegra no haber tenido que ver la parte de la preparación.
A mí me gusta la carne empaquetada y preparada como en el pasillo del súper, para poder fingir que no era un animalito adorable brincando por el bosque antes de comérmelo.
Está cortando una zanahoria, pero se detiene al verme entrar. Noto que se queda boquiabierto, aunque se recupera rápido tragando saliva sonoramente.
Me he asegurado de secarme el pelo y dejármelo bien ahuecado. Parece que le gusta.
—¿Qué tal la ropa? —pregunta mientras vuelve a su zanahoria. Intenta actuar con naturalidad y calma, pero se nota que está un poco alterado. Tiene los hombros tensos mientras se esfuerza por mantener los ojos en la zanahoria y no en mí.
—Es grande, pero cómoda —digo mientras miro la camisa de franela que me ha prestado.
He tenido que remangarme por lo menos una docena de veces para que me llegue a los codos.
Es tan grande que la llevo como un vestido.
También me ha dado unos pantalones de chándal, pero me llegaban a la frente.
Era imposible ponérmelos, así que los he dejado doblados en el lavabo.
Al menos he podido secar el sujetador y las bragas con el secador de pelo, así que llevo algo debajo.
Son cerca de las cinco y todavía hace sol, pero es ese bonito atardecer de verano que invita a beber algo en el porche y hablar hasta la noche.
Me pregunto dónde estará Violet y qué estará haciendo mientras tomo asiento en la barra frente a Cyrus.
Es lista y fuerte. Estoy segura de que estará bien, pero sé que debe de estar preocupada.
Sabe que yo no tengo ni idea de cómo sobrevivir en la naturaleza.
Todo irá bien. La veré mañana. Aunque tenga que escalar cada montaña de este maldito bosque, aunque tenga que nadar río arriba por esas aguas locas, la encontraré.
Pero esta noche... esta noche no hay nada que pueda hacer.
Así que intento alejar mis preocupaciones y me centro en este interesante prodigio de hombre que tengo delante. Entorno los ojos mientras lo observo con el mentón apoyado en el puño.
Él me mira con curiosidad.
—¿Sabes qué pienso? —le digo.
—Me encantaría saber qué estás pensando.
—Pienso que naciste en el siglo equivocado.
Recoge las zanahorias picadas con el cuchillo grande y las echa en la olla humeante. —Desarróllalo, por favor.
—Deberías haber sido uno de los pioneros de este país. Te imagino como el primero en ir hacia el oeste, domando la tierra con valentía. O te imagino como uno de los primeros humanos. Un cazador-recolector, el líder de la manada. Estarías en tu salsa.
—¿Y tú? —me pregunta con una sonrisa pícara—. ¿A qué siglo perteneces tú?
—Al pasado no —digo con una mueca de disgusto—. Probablemente al futuro. Cuando los robots lo hagan todo por nosotros y podamos imprimir zapatos ilimitados en nuestras impresoras 3D.
Se ríe mientras empieza a picar un poco de apio.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto.
—¿Qué? ¿El apio?
—Sí. No he visto ningún supermercado por el camino.
—Lo he cultivado yo. Tengo un huerto grande detrás.
Se me enciende la bombilla.
—O sea, que sabes hacer de todo aquí fuera, ¿verdad?
Se acaricia la barba mientras me mira. —Casi de todo.
Este tipo es tan capaz. Puede cultivar su comida, poner trampas, cazarla, orientarse y vivir de forma autosuficiente, además de construir su propio negocio de miles de millones de dólares. Debe de ser superinteligente.
O ¿lo es? ¿Cómo es que elige vivir en el bosque si es tan listo? A mí eso me parece bastante tonto.
—¿Puedes enseñarme algunas cosas?
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas de supervivencia en la naturaleza.
—Claro. Lección número uno: no vuelvas a subirte a una canoa.
Suelto una carcajada. También es divertido...
—No, en serio. A mi sobrina le encanta todo este tema de la naturaleza y yo no sé ni echarme bien el repelente de insectos.
—¿En serio?
—Me lo eché en un ojo sin querer. Me ardió una barbaridad.
Esos hombros anchos vuelven a sacudirse mientras se ríe entre dientes. Me gusta cuando le hago reír. Me ilumina por dentro de la mejor manera.
—No quiero parecer tan...
—¿Indefensa?
Lo miro con fingida indignación. —Iba a decir inexperta. Quiero poder enseñarle algunas cosas, como a encender fuego con una piedra o a pescar con un arpón.
—¿Quieres pescar con un arpón?
—¡O con una red hecha de hojas, yo qué sé! Solo no quiero parecer una completa idiota delante de mi sobrina aquí fuera. Eso es todo.
Me mira durante un largo rato y siento un aleteo en el pecho.
Se me empieza a acelerar la respiración mientras me evalúa con esos ojos marrones abrasadores.
No sé qué piensa este tipo de mí. Probablemente piense que soy la mayor tontaina que ha pisado su bosque.
Probablemente se arrepienta de haberme sacado de aquel lago.
Pero esas miradas que me lanza... esa sensación en el ambiente... hay algo más.
Es casi como si estuviera tan intrigado por mí como yo por él. Como si estuviera disfrutando de mi compañía. Como si la situación de dónde vamos a dormir esta noche todavía estuviera en el aire, pendiente de decidirse.
Hay algo lujurioso en esa mirada y en la forma en que me deja mareada y temblorosa. Y no puedo negar lo erótico que me resultó estar desnuda en su ducha. Al final tuve que poner el agua helada solo para reaccionar.
Está despertando algo en mi interior y se vuelve más fuerte cuanto más tiempo paso a su lado. ¿Quién me iba a decir que al final sí me gustaba el tipo de hombre varonil?
—Puedo enseñarte algunas cosas —dice con esa voz profunda y sensual.
Me pregunto qué cosas serán y si van a tener lugar en el dormitorio, mientras él baja el fuego para que el guiso hierva a fuego lento.
—Esto tiene que cocinarse durante una hora y media de todas formas —dice mientras se lava las manos en el fregadero—. Salgamos fuera. Te daré tu primera lección. Serás una mujer de las montañas para cuando haya terminado contigo.
—No estés tan seguro —digo mientras bajo del taburete con el corazón latiéndome fuerte—. Creo que conmigo has dado con la horma de tu zapato.
—Sé que es así —dice mientras me dedica otra de esas miradas abrasadoras que me hacen temblar por dentro.
Creo que yo también he dado con la horma de mi zapato con él.