Capítulo Tres
Cyrus
Guau.
Esa es la palabra que se repite en mi cabeza una y otra vez mientras esta mujer espectacular sale de mi lago. No puedo dejar de mirarla. Tengo los ojos pegados a su cuerpo. ¿Cómo voy a ser capaz de apartar la vista?
Me observa con escepticismo mientras se desabrocha el chaleco salvavidas y deja que se le resbale por los hombros. Me trago un gemido.
La ropa mojada se le pega a la piel, ofreciéndome un espectáculo de caderas curvas y pechos redondos. Lleva esos vaqueros raros que terminan a mitad de la pantorrilla, una camisa azul con unos cuantos botones arriba y unos zapatos elegantes que no pintan nada en el bosque.
No es de por aquí. Eso está claro. Esta chica tiene toda la pinta de ser una urbanita.
Si su total falta de instinto de supervivencia (por ejemplo, la canoa destrozada) no la hubiera delatado, el portátil roto que flota en el agua lo habría hecho. No hay internet en kilómetros a la redonda. Tampoco hay cobertura de móvil. Esto es naturaleza pura y dura, y por eso me encanta.
Siempre he venido a estas montañas para alejarme de la gente, pero he acabado encontrando a la única persona con la que quiero estar.
Es una locura pensar eso después de solo unos minutos, pero así están las cosas.
Me quedo aquí parado en un silencio atónito, observándola mientras mi obsesión echa raíces.
La quiero.
Mucho.
Es una sensación extraña para mí. Me ha dejado conmocionado. Siempre he sido el tipo que rechaza a las mujeres, nunca interesado, nunca atraído por ninguna de ellas por muy guapas que fueran. Pero con ella... joder... esto es diferente. Ella es diferente.
Siento el corazón como si estuviera golpeando el interior de mi caja torácica mientras la veo sacar su bolsa del agua. Se agacha para cogerla y mis ojos se clavan en su precioso culo.
Siento que la piel se me tensa al imaginar lo que sería deslizar esos vaqueros por sus piernas gruesas. La visión de su trasero en bragas, el olor de su coño empapado de excitación. Oh, mierda...
Me estoy poniendo muy duro. Mi polla se alarga y se endurece como el roble. Tengo un puto tronco de árbol en los pantalones.
—Oh, esto es genial —dice mientras levanta la bolsa y el agua chorrea de ella—. Realmente me alegra haber traído mi cámara buena y el móvil.
Quiero decirle que yo cuidaré de ella de ahora en adelante. Que le compraré lo que quiera. Pero es muy difícil hablar cuando sientes que todo el cuerpo te arde. Lo único que puedo hacer es mirar con asombro cada uno de sus movimientos.
Me ha dicho que su marido está de camino. Es mentira. Si fuera verdad, lo ahogaría en el lago por permitir que ella estuviera en una situación tan peligrosa. Ninguna mujer mía habría caído jamás por esa cascada. Habría muerto antes de dejar que eso sucediera.
No lleva anillo en el dedo, así que estoy bastante seguro de que se lo ha inventado porque estaba nerviosa. Sé que puedo resultar intimidante. Soy grande y musculoso, y estos conejos muertos no ayudan a que parezca más accesible.
Los dejo en el suelo mientras ella revisa su cámara. Está arruinada.
Si no lo estuviera, le haría una foto para poder recordar este momento para siempre. El momento en que me enamoré. El momento en que conocí al ángel destinado para mí.
—No veo a tu marido por ninguna parte —digo cuando finalmente recupero el habla.
—¿Eh? ¡Ah! ¡Sí! —empieza a mirar a su alrededor con las cejas levantadas—. ¡Seguro que anda por aquí cerca! Probablemente limpiando su escopeta.
Suelto una risita.
Ella frunce el ceño al verme reír. —¡Es verdad! —dice a la defensiva—. ¡Matthew! ¡Estoy aquí, Matthew!
—Creía haberte oído decir que se llamaba Andrew.
Se le descompone el gesto mientras me mira con horror. —Mierda.
Ya me doy cuenta de que esta chica va a hacer que las cosas sean interesantes para mí. Nunca volverá a haber un momento aburrido.
—Por favor, no me asesines —dice con las manos juntas—. Quiero decir, sería una verdadera lástima sobrevivir a la caída de esa cascada solo para que me maten unos minutos después.
—Estoy de acuerdo.
Exhala aliviada. —¿En serio?
Sonrío mientras la observo. —No soy un asesino.
—¿Entonces qué haces aquí fuera?
—Me gusta la tranquilidad de las montañas.
Me mira con el rostro fruncido, como si no entendiera nada en absoluto.
—Es silencioso —digo—. Es hermoso. Montañas, árboles, lagos, animales. Puedo cazar mi propia comida y cocinarla.
Traga saliva con dificultad mientras me observa con esa mirada escéptica y confundida todavía en su rostro. —¿Sabes que existen los restaurantes, verdad? ¡Puedes elegir algo del menú y te lo traen ya cocinado! No hace falta cazarlo, despellejarlo y cocinarlo tú mismo.
Me río. —Me gusta hacer esas cosas.
—¿Por qué?
Cuanto más hablo con esta chica, más me gusta. Debo de resultarle muy intimidante aquí en medio del bosque. Soy un extraño que puede hacer con ella lo que quiera, pero aun así me cuestiona, me planta cara. No parece intimidada para nada.
—¿Quieres entrar en calor y secarte, o qué?
Asiente con un escalofrío. —¡Sí, por favor!
—Mi cabaña está a unos diez minutos a pie por aquí.
—¡Pero yo tengo que ir hacia allá! —señala en la dirección opuesta.
Me encojo de hombros. —Bueno, yo solo tengo una cabaña y está por aquí.
Se muerde el labio inferior, pensándoselo.
—Te vas a morir de frío si te pones a deambular sola por el bosque —le digo, exagerando un poco. No hace tanto frío fuera—. A menos que los osos te pillen primero.
—¿Osos? —Sus preciosos ojos verdes se clavan en los míos.
—Sí —digo con naturalidad—. Los osos pardos de por aquí son enormes. Y siempre tienen hambre.
Mira por un momento hacia donde quería ir y luego se vuelve hacia mí. —¿Entonces tu cabaña está por aquí?
Reprimo una carcajada mientras empiezo a caminar con ella.
Me cuesta apartar los ojos de ella. Solo quiero mirarla y admirar cada centímetro de esta belleza, pero eso la asustaría, así que tengo que conformarme con lanzarle miradas rápidas cada vez que ella mira a su alrededor, probablemente buscando osos.
Su pelo castaño empieza a secarse y se está volviendo más voluminoso y suave. Hay tanto que descubrir sobre ella. Tanto que saber. Quiero conocerla íntimamente.
Quiero descubrir cada centímetro de su cuerpo. Quiero saber cómo funciona ese cerebro encantador que tiene. Quiero conocer sus intereses, sus amores, sus miedos y sus deseos, y luego cumplir cada uno de ellos.
—Entonces, si no estás con un marido armado, ¿qué estás haciendo aquí fuera? —pregunto.
He estado viniendo aquí durante semanas seguidas durante años y nunca me había cruzado con nadie. No tan adentro de las montañas. No hay zonas de acampada ni rutas de senderismo en ninguna parte por aquí. Ni siquiera veo cazadores en lo más profundo del bosque. Por eso me gusta.
—Estaba con mi sobrina de nueve años.
Se me para el corazón. Me detengo y giro la cabeza bruscamente. —¿Estaba en la canoa? ¡¿Está bien?!
—¡Está bien! —dice al verme empezar a alterarme—. Se bajó con el grupo antes de que yo... no lo hiciera.
Miro hacia abajo y veo su mano en mi antebrazo.
Me está tocando. Piel con piel. Mi brazo se vuelve hipersensible y parece como si hubiera pequeñas sacudidas de energía saltando entre nosotros.
Retira la mano de un tirón al ver que la estoy mirando. Sus mejillas se tiñen de un adorable tono rosado cuando nuestros ojos se encuentran.
—Perdona —susurra mientras baja la vista al suelo.
—No te disculpes —le digo—. Puedes tocarme todo lo que quieras.
El aire vibra con algo ardiente mientras sus ojos recorren mi cuerpo y se conectan con los míos una vez más. Tras un largo momento de contacto visual, reanudamos la marcha.
—¿Ibas con un grupo? —pregunto, con ganas de oírla hablar más.
Espero que no fuera un grupo de amigos y que vaya a decirme que hay un novio esperándola. Si ese es el caso, puede que tenga que robármela y atraparla en mi cabaña hasta que se dé cuenta de que yo soy el hombre para ella.
—El Club de Jóvenes Aventureros —dice con su dulce voz melódica—. ¿Has oído hablar de él?
—¿Son esos niños que siempre están vendiendo galletas de vainilla a la puerta de los supermercados?
—Esos mismos —dice—. Mi sobrina Violet es una de ellos y yo la acompañaba en el viaje.
—¿Así que no estabas con un novio? —Se me escapa sin más. Ha estado en primer plano en mi mente y tengo que saberlo.
—¿Qué? —pregunta, pareciendo sorprendida—. No. Solo yo, unos cuantos niños y un poli forestal raro que está convencido de que soy alcohólica.
—¿Qué?
—No importa —murmura sacudiendo la cabeza—. Pero de verdad debería intentar volver con el grupo. Violet debe de estar muerta de preocupación.
—No vas a volver esta noche.
Me mira de reojo. —¿Por qué no?
—Porque va a anochecer en un par de horas y tienes una caminata de siete horas por delante. Por lo menos.
Parece que se va a marear. —Mierda.
—Ella estará bien. Está con su grupo.
—¿Pero qué hay de mí? ¿Tengo que dormir aquí fuera con los... glup... osos?
—Vas a dormir conmigo.
—¿Contigo?
—Vas a dormir en mi casa.
—¿Ah, sí?
—Sí. Es la única opción segura.
Sus ojos nerviosos se desvían hacia mi enorme pecho y mis grandes brazos. —Si tú lo dices.
—Lo digo yo.
Caminamos en silencio durante un minuto o dos mientras ella asimila la información.
—¿Cómo te llamas? —me pregunta.
—Cyrus Colt.
Ella se ríe.
—¿Qué?
—Suena a villano de dibujos animados. ¡Tachán, es Cyrus Colt!
No puedo evitar reír con ella. —¿Cómo te llamas tú?
—Mia Summers.
Sonrío mientras lo repito en mi cabeza. —Te pega.
—¿Por qué?
—Mia Summers... Suena radiante y lleno de vida, igual que tú.
Ella sonríe tímidamente mientras seguimos caminando.
No puedo creer que esta mujer vaya a dormir en mi cabaña esta noche. Estará desnuda en mi ducha. Se tumbará en mis sábanas. Su aroma seductor llenará cada habitación.
Mi autocontrol se verá puesto a prueba como nunca antes.
Nunca antes me había sentido tan tentado por nada, y mucho menos por una diosa como ella.
Necesito tenerla. Quiero que sea mía con tantas ganas que me tiemblan las manos.
Estamos hechos el uno para el otro y esta noche ella va a descubrirlo.
Esta noche, ella será mía.