Capítulo Dos
Mia
—¡Oh, mierda, mierda, me cago en todo, tienes que estar de broma! —grito mientras el estruendo de la cascada se hace más fuerte detrás de mí.
Intento darme la vuelta, pero este trasto es muy inestable en aguas bravas y ya me está costando lo suyo mantenerlo a flote.
—¿Qué tengo que hacer? ¿Qué hago? —les grito a los árboles.
No responden. Qué sorpresa.
¡Veis, por esto odio la naturaleza! ¡No ayuda para nada! Si tengo una emergencia en casa, puedo sacar una de mis muchas y útiles pantallas y buscar la respuesta en Google.
Dios mío, suena como un monstruo hambriento a mis espaldas. Se está volviendo ensordecedor. ¿Qué altura tiene esta dichosa cosa?
Estoy en las montañas, así que podría ser muy alta. La mayor parte del trayecto en coche hasta aquí ha sido por una pendiente tan pronunciada que he tenido que ir sentada en el borde del asiento solo para poder ver por encima del capó.
Esto va a acabar muy mal.
Siempre he odiado la naturaleza y, durante toda mi vida, la gente ha intentado convencerme de lo contrario.
Mis padres me obligaban a salir a la calle aunque lo único que yo quería era leer en mi habitación.
Mis amigos intentaban que fuera de excursión o a escalar.
En serio. ¡Escalar! ¡Una montaña! Es que no puedo ni. ..
Todos decían que estaba loca por no gustarme el aire libre, pero ¿sabéis qué? ¡Tenía razón! La naturaleza ha estado intentando matarme todo este tiempo y parece que lo va a conseguir de forma brillante.
Empiezo a entrar en pánico a medida que me acerco más y más al aterrador estruendo. ¿Debería saltar e intentar nadar hasta la orilla? Es una mala idea. La corriente va tan rápido que no lo conseguiré jamás.
Voy a morir aquí fuera. Es seguro. Me voy a romper el cuello en el fondo de esa catarata y me convertiré en comida para peces.
Harán un episodio de 20/20 sobre la desaparición de la sofisticada abogada de Nueva York que pensó que podía ir de acampada y a la que nunca volvieron a encontrar.
Espero que no saquen mi foto de graduación.
Sé que mi madre le enviará esa a la prensa, a pesar de que tengo esa sonrisa rara y forzada, como si acabara de contar un chiste en una sala llena de gente y nadie se hubiera reído.
El pavor se me cala hasta los huesos cuando doblo una curva y veo dónde termina el río. Simplemente desaparece en el cielo.
La cascada es atronadora de cerca. El agua está loca aquí. Es salvaje y rápida. Me lanza hacia el salto de agua como un cohete.
Me doy cuenta de la realidad: Voy a morir.
Se me encoge el corazón.
Voy a morir siendo una virgen de veintiséis años que nunca ha experimentado el amor romántico. Qué desperdicio. Qué calamidad. Todo porque quería caerle bien a mi sobrina.
Intento mover la canoa. No puedo.
Saco el portátil de mi bolso y lo hundo en el agua, usándolo como remo. No sirve de nada.
Es inútil. Es inevitable. Voy a caer por esa puta cascada haga lo que haga.
Me giro y grito al ver la cresta a solo unos metros. El portátil se me resbala de las manos y se hunde, pero ahora tengo preocupaciones mayores.
Mi grito se vuelve más fuerte y agudo cuando la corriente me lanza por el borde. Salgo despedida de la canoa mientras esta vuelca, girando sobre sí misma al quedar atrapada en el agua y ser empujada hacia abajo.
Estoy en el aire y cayendo rápido. Aprieto las mandíbulas mientras intento recordar escenarios de supervivencia que han aparecido en mi muro de Facebook a lo largo de los años.
Corre cuesta abajo para huir de los osos, los labios de color rojo intenso significan intoxicación por monóxido de carbono, túmbate cuan larga eres sobre un lago helado.
No me viene nada sobre salir disparada por una catarata.
—¡Mierdaaaaaaaaaaaaaaaaa! —grito mientras junto las piernas, aprieto las nalgas, cierro los ojos y me pego las manos a los lados.
Impacto contra el agua con los pies por delante y me hundo hasta el fondo del lago mientras espero el momento que acabe con todo.
Ese momento no llega.
Mis pies golpean el fondo fangoso y me impulso con todas mis fuerzas.
El aire en mis pulmones empieza a quemar a medida que se agota el oxígeno. Nado y subo lo más rápido que puedo. Con todas mis ganas. El chaleco salvavidas me está ayudando mucho.
Por favor. Por favor...
Necesito respirar desesperadamente. Es lo único en lo que puedo pensar.
Me arde la garganta y empiezo a sentirme desfallecer.
Todo se está volviendo negro y, de repente, mi mano rompe la superficie.
¡Lo voy a lograr!
Salgo del agua a bocanadas y aspiro una gran y gloriosa bocanada de aire fresco. Es el momento más feliz de mi vida.
Estoy viva.
¡La madre naturaleza no tiene nada que hacer contra mí!
Les dedico una peineta a los árboles, a la cascada y a las nubes mientras tomo otro triunfal sorbo de aire.
—¡Soy la reina! —le grito a nadie en particular—. ¡Soy una estrella del rock! ¡Soy una... tienes que estar de puta broma!
Mi archienemiga, la mosca negra, se posa en mi frente.
—¡Esta vez no! —exclamo mientras me doy un manotazo en la frente con muchísima fuerza. Al menos la pillo esta vez. Sonrío como una loca al ver su cadáver aplastado flotando en el agua. Sus días de atormentarme han terminado.
Miro hacia arriba justo cuando mi portátil cae por la cascada.
—¡No! —suelto un jadeo al verlo dar vueltas en el aire. Quizá se salve. Quizá con un poco de arroz...
Pues no.
Choca contra una roca dentada que sobresale del lago y explota en un trillón de pedazos. Un cuenco de arroz no lo va a devolver a la vida ahora. Nada lo hará.
El agua está muy fría y tengo que salir antes de morir congelada. Nado hacia el lado del río por el que salieron Violet y sus amigos.
Estoy mojada, asustada, tengo frío y estoy perdidísima.
Si hubiera llegado a la orilla antes de caer por la cascada, podría haber seguido el río de vuelta al grupo, pero no hay forma de que suba por estos acantilados rocosos y resbaladizos. Sobresalen hasta donde alcanza la vista, así que no sé qué hacer.
—Sal del agua —me digo. Eso es lo que puedo hacer.
Estoy en modo supervivencia. Tengo que pensar paso a paso.
Finalmente, mis pies tocan tierra y empiezo a caminar hacia la orilla. Es un bosque muy denso, con árboles apretujados por todas partes. No hay forma de que me encuentren aquí dentro.
Lo único que quiero es que alguien me encuentre. No quiero estar sola.
Pero cuando oigo pasos y veo a un hombre corpulento caminando hacia mí, me retracto de todo.
¡Quiero estar sola! ¡Quiero estar sola!
Retrocedo mientras un escalofrío recorre mi cuerpo empapado. Las únicas personas que viven aquí, en plena naturaleza, son asesinos en serie. Estoy muerta. Parece que la naturaleza me va a atrapar después de todo.
Me hundo hasta la barbilla e intento esconderme, pero llevo un chaleco salvavidas de color naranja chillón que no engaña a nadie. Además, sus ojos marrones están clavados en mí. Están fijos en mí mientras se acerca.
En cualquier otra situación pensaría que es guapo. Es del tipo varonil: grande, alto, de cuerpo robusto con hombros fuertes y anchos, y unas piernas como troncos poderosos. Parece capaz de talar un árbol solo con una mirada severa. Sus ojos marrones son ardientes mientras se aproxima.
Miro a mi alrededor presa del pánico, preguntándome si hay otra cascada por la que pueda escapar. No hay nada. Estoy en un lago pequeño.
Tiene una espesa y varonil barba hasta la barbilla, marrón al igual que su pelo revuelto. Lleva unos vaqueros sucios y desgastados y una camisa de cuadros con las mangas remangadas sobre sus sólidos antebrazos. Sin camiseta debajo.
¿Eso es? ¡Oh, Dios mío, es un asesino!
Lleva dos conejos muertos agarrados por las orejas.
Ya he visto suficiente. Me largo.
Me doy la vuelta y empiezo a adentrarme de nuevo en el lago. Lo cruzaré nadando y escaparé por el otro lado.
—¿A dónde vas? —grita con una voz profunda y estruendosa, todo bajos—. No hay ningún pueblo ni nadie en kilómetros a la redonda.
Me quedo petrificada. No duraré ni diez minutos en este bosque tan denso. Tengo frío, estoy mojada y no tengo ni idea de qué hacer.
Voy a morir de todas formas, así que ¿por qué no ir con él? Probablemente lo hará rápido. Puede que incluso me dé de comer primero.
Pienso que una puñalada en el corazón será mucho mejor que ser devorada viva por un oso grizzly.
Me aparto un poco de pelo sobre la cara para esconderme detrás de él y me doy la vuelta con timidez. —¿Me vas a matar?
Sus anchos hombros se estremecen con una risita. —¿Crees que todo el que conoces te va a matar?
—No —digo a la defensiva—. ¡Solo los bichos raros que viven en el bosque!
Él se ríe mientras sale de entre los árboles y pisa la orilla. —Me parece justo.
Lo observo de reojo a través de mi pelo mojado, manteniendo la cara oculta mientras él mira a su alrededor, fijándose primero en mi ordenador roto y luego en mi canoa destrozada.
—¿Has caído por la cascada? —Suena impresionado.
—No ha sido a propósito —digo mientras me hundo un poco más—. Me he equivocado de camino.
—Ya lo veo. ¿De dónde eres?
Oh, no. Si le digo que soy de Nueva York, sabrá que no soy de por aquí y tendrá vía libre para proceder con mi asesinato.
—De por aquí —miento mientras intento actuar de forma natural y despreocupada—. Ya sabes... de cerca, vivo con mi enorme marido. Le encantan las armas. Tiene muchísimas. Debería estar aquí en cualquier momento.
Hago un paripé mirando a mi alrededor. —¡Maaaa... Andrew! —grito—. ¿Dónde estás, amor mío?
No se lo traga. No me quita los ojos de encima en ningún momento.
—Retírate el pelo —dice con una voz profunda y autoritaria.
Es el tipo de voz que me da ganas de obedecer. Hace que mi cuerpo quiera hacer lo que él dice. Con manos temblorosas, paso los dedos por mi pelo largo y mojado y me lo echo hacia atrás.
Sus ojos se abren de par en par al verme la cara. Veo cómo su ancho pecho se hincha al inspirar profundamente y contiene el aliento mientras me observa, atónito y absorto.
—¿Qué? —pregunto, sintiéndome cohibida—. ¿Tengo una mosca negra en la frente o algo así?
Me doy un cachete en la frente, por si acaso.
No deja de mirarme mientras, finalmente, me hace un gesto para que vaya a la orilla.
—Ven —dice, y mi cuerpo obedece. Mis pies empiezan a moverse por su cuenta, dirigiéndose hacia él—. Haré que entres en calor. Te daré todo lo que necesites.
¿Todo? Lo que realmente necesito es un helicóptero y un fin de semana reservado en mi balneario favorito...
El agua chorrea de mi cuerpo mientras camino hasta que me llega por los tobillos. Se queda mirándome fijamente cuando piso la orilla.
La mirada encendida de sus ojos mientras me acerco me indica que las necesidades que se ofrece a cubrir no son las que yo tengo en mente.
Y el calor que empieza a subir por mi interior me hace preguntarme cuáles son esas necesidades...