Perdida… y Encontrada por el Montañés Capítulo Uno
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Perdida… y Encontrada por el Montañés

Perdida… y Encontrada por el Montañés

Por Olivia T. Turner

© inepub.com

Capítulo Uno

Mia

—¿Estás segura de que te parece bien venir con nosotros? —me pregunta mi sobrina de nueve años, Violet.

—¡Claro que sí! —digo tragando saliva—. ¡Me encanta ir de acampada!

Me mira con escepticismo mientras intento forzar una sonrisa que no parezca la de una desequilibrada.

—¡Es verdad! —insisto cuando queda claro que no se lo traga—. ¡Árboles, bichos y dormir al aire libre donde viven los osos! ¿Qué puede no gustarme? ¡¿A que sí?!

La monitora del Club de Jóvenes Aventureros convoca a todo el mundo para que se reúna y Violet sale disparada hacia allí, rebosante de entusiasmo. Echo un último vistazo a mi coche aparcado en el lote y me dirijo hacia el grupo con el estómago revuelto.

Me sentí tan honrada cuando Violet me pidió que la acompañara en el viaje de acampada de dos noches que dije que sí de inmediato, sin dudarlo. Fue solo después de colgar el teléfono y de que se me pasara el subidón cuando me di cuenta de lo que había aceptado.

Soy una chica de ciudad. La naturaleza no es lo mío.

Prefiero los taxis a las canoas y la televisión a las hogueras. Odio profundamente los insectos de todas las formas, tamaños y grados de capacidad de picadura. Todos son una porquería en lo que a mí respecta.

Pero no puedo fallarle a Violet. Miradla, está tan mona con ese uniforme morado y tan orgullosa de sus insignias. No tengo más remedio que aguantarme y hacerlo por ella.

Con el aliento contenido en la garganta, me acerco al grupo con una sonrisa nerviosa plantada en la cara.

—Hola —le digo a uno de los padres.

Frunce el ceño mientras me mira las bailarinas. —¿Esos son los zapatos que vas a llevar?

Le devuelvo una mirada de pocos amigos. Sé que son de la temporada pasada, pero quedan monas con mi jersey. Además, ¿quién porras es él para juzgar mi estilo? ¡Si lleva una camiseta vieja y rota metida por dentro de unos pantalones multibolsillos!

—Se te van a ensuciar y no tienen sujeción en el tobillo para hacer senderismo.

Ah. Cierto. Eso.

—Es lo único que tengo —murmuro.

Quiero hacer más preguntas sobre esta caminata, como cuánto dura, si es por el bosque o por un pueblo, y si es obligatoria, pero justo entonces la monitora empieza a hablar.

—¡Bienvenidos todos a la Excursión Anual por la Naturaleza de Great Rapids del Club de Jóvenes Aventureros!

Todo el mundo empieza a vitorear y a aplaudir, pero yo estoy demasiado ocupada intentando matar a un mosquito que se ha encaprichado de mi cuello. Mierda. Me había olvidado por completo de los mosquitos...

—Soy Carla, la directora del club —dice con una gran sonrisa.

Lleva una versión para adultos del uniforme morado, y con ese sombrero enorme y ridículo parece una policía montada patrullando el mundo de las gominolas—.

¡Me hace mucha ilusión ver caras nuevas hoy! Violet, ¿puedes presentarnos a tu tía?

—¡Claro! —dice Violet con orgullo mientras se acerca dando saltitos—. ¡Esta es mi tía Mia! Es abogada en Nueva York y no tiene novio.

Suelto una risa nerviosa mientras todos me sonríen con cierta incomodidad. —Gracias, Violet, por esa presentación tan maravillosa y descriptiva —le digo.

—Bienvenida, Mia —dice la directora antes de continuar con las presentaciones. El resto de los niños que han traído a un adulto los presentan y no puedo evitar notar que ninguno menciona el estado civil de su acompañante.

—Bajaremos por el río en canoa durante unas dos horas hasta llegar a nuestro destino de acampada —dice Carla—. No habrá ni rastro de civilización por los alrededores.

Los niños bullen de emoción.

Siento que levanto la mano.

—Tía Mia —dice Carla—. ¿Cuál es tu pregunta?

—Lo de que no hay civilización significa que no hay restaurantes ni bares, ¿verdad?

—¿Bares? —susurra el padre de los pantalones multibolsillos mientras se gira hacia mí con cara de pocos amigos.

—Quiero decir, habrá baños, ¿no? —continúo—. Y electricidad.

—¡Nada de electricidad! —dice Carla emocionada, como si de verdad le gustara la idea de vivir como una maldita mujer de las cavernas—. ¡Sin restaurantes! ¡Sin internet!

¡¿Sin internet?! Oh, me cago en todo.

Tenía la esperanza de adelantar algo de trabajo cuando los niños se durmieran. Había escondido el portátil en el bolso.

—¡Viviremos como auténticos montañeses! —dice haciendo un saludo militar—. ¿Quién está listo para irse?

Todos vitorean a mi alrededor, así que levanto el puño sin muchas ganas con un triste «¡uooo! ».

Todos empiezan a moverse como abejas, preparándolo todo como si hubieran planeado exactamente qué hacer y no me hubieran invitado a la reunión. Mi cabeza gira de un lado a otro, viendo a la gente llevar neveras, canoas, remos y bolsas hacia la orilla del río.

Voy a coger una tienda de campaña, pero tiene un bicho verde muy raro encima, así que queda descartada. Me alejo rápidamente como si de repente se me hubiera ocurrido algo más importante que hacer.

—¡Tía Mia! —dice Violet mientras corre hacia mí y me coge de la mano—. ¡Buenas noticias! Tengo mi insignia de piragüismo, así que podemos ir en una canoa nosotras dos solas.

—¡Increíble! —digo con una voz involuntariamente chillona mientras empiezo a sudar de forma visible. Me está entrando el pánico. De verdad que no he pensado bien esto.

¿Por qué mi maldita hermana no me avisó? Probablemente esté en casa con los pies en alto, una copa de vino en la mano y riéndose a carcajadas pensando en mí pasando un fin de semana en el bosque.

Nunca me he subido a una canoa. Probé la máquina de remo del gimnasio una vez, pero no podía leer mi revista con el movimiento constante, así que lo dejé enseguida.

¡¿Y ahora tengo que pasar dos horas en una remando por un río que se llama Grand Rapids?

! Ni siquiera tengo a un hombre cachas que haga todo el trabajo.

Estoy atrapada con una niña de nueve años esmirriada. Me estoy asustando.

—¿Estás bien, tía Mia? —pregunta Violet, mirándome de forma extraña.

—¡Genial! —digo entre bocanadas de aire.

Frunce el ceño al bajar la vista hacia mis manos, que se cierran y se abren en puños.

La capitana de Gominolandia se acerca y le sonríe a mi sobrina. —Coge un chaleco salvavidas y baja al agua, Violet.

—¡Vale! —dice Violet antes de salir disparada con alegría.

La sonrisa de la directora se desvanece en cuanto nos quedamos solas. —No se permite el alcohol en este viaje —dice con voz severa.

—No he... Yo no he... —Suelto un suspiro mientras ella me lanza una mirada de desprecio antes de marcharse a paso firme.

Esto va de maravilla.

Tía del año, sí señor.

Cojo un chaleco salvavidas del montón, compruebo a fondo que no tenga bichos y me lo pongo. Puedo sentir mi corazón latiendo con fuerza bajo él mientras camino hacia el río.

La corriente no parece muy fuerte aquí, pero dos horas es mucho tiempo y no sé qué me deparará el río más adelante.

Supongo que estoy a punto de descubrirlo.

—¡He conseguido la canoa más rápida! —dice Violet mientras me hace señas para que me acerque.

—¡La más rápida! —digo nerviosa—. ¡Qué bien!

Se tambalea tanto al subir... Suelto un grito cuando casi volcamos en el agua que apenas me llega a los tobillos. Todo el mundo deja lo que está haciendo y me observa mientras mis mejillas se ponen de un rojo intenso.

—¡Todo va bien! —digo con una risa nerviosa mientras miro a mi alrededor.

Carla frunce el ceño mientras se inclina hacia el oído de otra madre. —Ha estado bebiendo —susurra. La madre asiente con la cabeza mientras me lanza una mirada de desaprobación.

—Yo... olvídalo...

Algunas canoas ya están bajando por el río, así que agarro el remo y salgo de la orilla con un suspiro.

No me gusta. Es demasiado inestable.

Es imposible que no acabe empapada en este viaje.

Se me acelera el pulso mientras nos derivamos hacia el centro del río. Violet es una profesional con el remo, moviéndonos y girándonos a su antojo.

Es por ella, me digo a mí misma mientras le miro la espalda. Es por ella.

De pequeña tenía una tía a la que siempre admiraba.

La tía Sheila siempre era tan culta y sofisticada.

Podía hablar con ella de cualquier cosa, y así lo hacía: historia, arte, libros, música clásica, lo que fuera.

Me encantaba sentarme a la mesa de su cocina y escucharla hablar.

Siempre me preparaba un té y yo siempre fingía que me gustaba.

Solo el olor del té Earl Grey con jazmín me devuelve a esa mesa cuando era una niña con los ojos como platos absorbiendo todos los conocimientos de esa mujer increíble.

Yo quería ser ese tipo de tía para Violet, pero es que no nos gustan las mismas cosas. Ella es una aventurera nata y yo soy todo lo contrario. Estoy fuera de mi elemento aquí fuera. No soy del tipo de persona a la que le gusta el aire libre como a ella, así que no tengo nada que enseñarle.

Intenté prepararme viendo algunos vídeos de YouTube, pero los vídeos sobre cómo montar tiendas de campaña y hacer ciertos nudos eran demasiado difíciles de seguir, así que me puse a ver Stranger Things en su lugar.

—¡Oh, mira ese árbol! —digo, señalando la hilera de árboles—. Es un árbol Demogorgon.

Violet se gira hacia mí con una mirada escéptica mientras yo asiento para animarla. —¿Demogorgon? —dice con una ceja levantada—. ¿Eso no es de Stranger Things?

Mierda, solo tiene nueve años. No pensé que conocería Stranger Things.

—Ah, sí —digo tragando saliva—. Supongo que la serie le puso ese nombre por el árbol.

—No hace falta que hagas eso, tía Mia.

—¿Hacer qué?

—Fingir que sabes cosas. Simplemente me alegro de que estés aquí. Te invité porque quería pasar tiempo contigo, las dos solas, no porque esperara que lo supieras todo.

Ooooh. Es tan dulce.

—Y eso solo era un arce normal y corriente.

—Sí. Lo sabía.

Las dos nos reímos mientras la canoa se aleja.

A lo mejor no se me da tan mal después de todo. A lo mejor hasta puedo llegar a ser una con la naturaleza en este viaje. Puedo aprender a amarla.

Puedo convertirme en una persona de naturaleza...

¡No! ¡Rotundamente no!

No estoy hecha para esto.

¡Han pasado más de dos horas y seguimos remando de las narices!

Tengo ampollas en las manos, el sol me achicharra la nuca, me duele el culo, estoy cansada, de mal humor y tengo muchísimas ganas de mear. ¡Y para colmo, hay una mosca negra imbécil que no para de zumbar a mi alrededor y de picarme! Me ha estado siguiendo durante el último kilómetro y medio.

—¡Ay! —grito mientras me pego un manotazo en el brazo. El bicho se escapa y me he pegado para nada. Aprieto los dientes mientras me escuece el brazo.

—¿Te sigue siguiendo? —pregunta Violet mientras se da la vuelta.

Fuerzo una sonrisa. —¡Sí! ¡Me sigue siguiendo! Supongo que quiere ser mi amigo.

Ella se vuelve a girar y la sonrisa desaparece de inmediato. —Maldita mosca de mierda —murmuro entre dientes justo cuando la canoa de Carla pasa a nuestro lado. Frunce el ceño y se aleja remando, negando con la cabeza.

—Es que yo... hay un bicho... ah, a la mierda.

Respiro hondo y niego con la cabeza mientras vuelvo a hundir el remo en el agua. Me matan los malditos hombros. Pagaría mil pavos por un masaje ahora mismo.

—¡El desembarcadero está ahí delante! —anuncia Carla al grupo.

—Oh, gracias a Dios —suelto mientras todos vitorean.

—Vamos a parar en esa playa de arena —dice señalándola—. ¡No os paséis de esa playa! Los rápidos cobran mucha fuerza al doblar la curva.

Estoy tan feliz de que esto casi haya terminado. Necesito estirarme. Necesito ir al baño.

Las canoas empiezan a llegar a la playa y Violet ayuda a guiar la nuestra mientras la gente baja y descarga todas las cosas. La agente Gominolandia no confiaba lo suficiente en mis habilidades con la canoa como para poner nada de equipo en la nuestra, así que está vacía excepto por mi mochila.

Esa maldita mosca negra regresa e intento espantarla mientras nos dirigimos hacia la playa.

—Manténla recta —dice Violet mientras intenta meterse entre dos canoas aparcadas—. ¡Tía Mia!

—¡Lo intento! —digo mientras estiro el brazo, espantando a la mosca negra—. ¡Esta cosa intenta morderme la cara!

Violet se quita los zapatos y salta al agua, que le llega al tobillo. Lanza sus zapatos a la arena antes de darse la vuelta para intentar acercar la canoa a mano, pero me alejo de su alcance.

—¡Ja, ja! —grito cuando la mosca se posa en el asiento del centro de la canoa. Está totalmente expuesta y vulnerable mientras levanto mi remo, lista para aplastarla y convertirla en un montón de pringue verde.

Se pensaba que me iba a seguir durante todo el viaje, comiéndome lentamente bocado a bocado, pero le espera una buena. Soy una mujer salvaje. Estoy en la cima de la cadena alimenticia.

—¡Tía Mia! —grita Violet mientras la canoa se aleja más—. ¡Rema hacia atrás!

Ya he pasado de largo la playa, pero no puedo dejar que esta mosca gane. Me ha estado torturando durante los últimos cuarenta minutos y voy a machacarle los malditos sesos.

—¡Que te jodan! —grito mientras bajo el remo con fuerza. La canoa empieza a tambalearse violentamente mientras la mosca se va volando ilesa.

Mi némesis escapa, pero ahora tengo preocupaciones mayores. La canoa se bambolea de lado a lado mientras lucho por no volcar.

Me agarro a los laterales y la estabilizo, pero en el proceso, el remo se me escapa de las manos y se aleja flotando.

—¡Oh, tienes que estar tomándome el pelo! —grita Carla con los brazos en alto al verme—. ¡Por esto mismo no se debe beber y remar!

—¡Que no he estado bebiendo! —respondo a gritos mientras me alejo más y más. Madre mía, la corriente se está acelerando de verdad.

Carla no mentía. Esto empieza a ir rápido de verdad.

Mierda. ¡Oh, no!

¡Esto no es bueno!

El remo está lejísimos. No hay ninguna posibilidad de alcanzarlo.

Meto la mano en el agua e intento remar con ella, pero no sirve de nada.

La canoa vuela al doblar la curva y se da la vuelta. Voy bajando por el río de espaldas, viendo cómo el grupo se hace cada vez más pequeño y finalmente desaparece mientras la fuerte corriente me lleva en un viaje feroz.

Los árboles pasan como un borrón. Las olas agitadas golpean el lateral de la canoa, haciéndola aún más inestable. Cojo velocidad a medida que avanzo y avanzo y avanzo.

Estoy lejísimos ya.

El corazón me late con fuerza a medida que me alejo más todavía. No tengo ni idea de dónde estoy y no tengo suministros. Ni comida, ni agua, ni papel higiénico, ni una niña de nueve años que me diga qué hacer.

La situación no puede ser peor.

Al menos, eso creo.

Hasta que oigo la catarata...