Perdida CAPÍTULO 143 — Lo que realmente importa
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CAPÍTULO 143 — Lo que realmente importa

Lo que realmente importa

Habían pasado cinco años.

La casa ya no se parecía a aquella que habían comprado casi por curiosidad.

Había fotografías en las paredes.

Juguetes en algunos rincones.

Libros por todas partes.

Y un jardín que había terminado convirtiéndose en uno de los lugares favoritos de la familia.

Julián estaba sentado entre las flores y las plantas, con su cuaderno de dibujo sobre las piernas.

Había aprendido a compartir aquel espacio con pequeñas interrupciones.

Una pelota.

Una muñeca.

Alguna hoja que alguien arrancaba sin permiso.

Sonrió mientras intentaba terminar un dibujo.

Entonces escuchó una pequeña risa.

—Papá.

Julián levantó la mirada.

Emma estaba frente a él.

Tenía cinco años y sostenía un dibujo entre sus manos.

—Papá, dibújame muy bonita.

Julián dejó el lápiz sobre el cuaderno.

—Ven aquí.

Emma se acercó y se sentó junto a él.

—¿Así?

—Así.

Julián la observó durante unos segundos.

Después sonrió.

—No puedo hacerle justicia a tanta belleza.

Emma sonrió orgullosa.

—Entonces hazlo más bonito.

Julián soltó una pequeña risa.

—Lo intentaré.

Unos pasos detrás de ellos apareció Milena.

Una mano descansaba cálidamente sobre el hombro de Julián.

La otra protegía su vientre.

Julián levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

No necesitaron decir nada.

Habían pasado años.

Habían cambiado.

Habían aprendido.

Habían construido una familia.

Y en aquel instante, rodeados de flores, dibujos y risas, todo parecía estar exactamente donde debía.

Julián tomó nuevamente el lápiz.

Emma se acomodó a su lado.

Milena permaneció junto a ellos.

Y quizá la vida nunca tuvo una respuesta complicada.

Podemos buscarle mil sentidos a la vida, pero la verdadera filosofía es simple: cuidar a quienes amamos y valorar a nuestra familia.

Porque el problema no es la historia.

No es perder la posibilidad de que se convierta en certeza.

Es cuando colocamos palabras y hechos basados en nuestra interpretación.

Al aferrarnos a lo que imaginamos, sucede algo todavía más doloroso: nos perdemos nosotros.

Nos convertimos en un extraño que habita nuestro cuerpo.

Perdemos la alegría, lo espontáneo, lo mágico que puede resultar vivir.

Entonces, la verdadera pérdida no es la persona que amamos ni la relación que añoramos.

Somos nosotros mismos.