Perdida Epílogo
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Epílogo

El sol de la tarde entraba con suavidad por la gran ventana de la biblioteca.

Julián pasó la página del libro que tenía entre las manos.

No tenía prisa por terminarlo.

Ya no medía el tiempo con la rigidez de antes.

Desde el pasillo se escucharon unos pasos rápidos, seguidos de una pequeña risa.

La puerta se abrió apenas.

Emma asomó la cabeza.

—Papá.

Julián dejó el libro sobre la mesa y sonrió.

—Dime.

—Mamá dice que ya casi está el café.

—¿Y tú qué dices?

—Que yo quiero una galleta.

Julián soltó una risa y se levantó de la silla.

—Entonces vamos a negociar esa galleta con tu mamá.

Emma tomó su mano y caminaron juntos hacia la cocina.

La casa olía a café recién hecho y a madera limpia. Era un olor que Julián ya había aprendido a reconocer como el olor de sus días.

Milena estaba de espaldas, acomodando unas tazas sobre el mesón. Su vientre, ya notablemente abultado, se movía ligeramente cuando ella cambiaba de posición.

Al sentirlos llegar, se volvió con una sonrisa.

—¿Consiguieron la galleta?

—Estamos en proceso de negociación —respondió Julián.

Milena negó con la cabeza, divertida, y le entregó una taza de café.

—Para el negociador.

—Gracias.

Julián tomó un sorbo.

Estaba exactamente como le gustaba.

Emma se acomodó en una de las sillas, meciendo los pies en el aire mientras esperaba que su madre terminara de preparar la merienda.

Julián observó la escena en silencio.

Miró las plantas junto a la ventana, los dibujos de Emma pegados en el refrigerador y las fotografías familiares que ahora llenaban las paredes.

Por un instante recordó al hombre que había sido años atrás.

Aquel que despertaba de madrugada con el corazón desbocado, atrapado en un laberinto de palabras, suposiciones y miedos que él mismo había construido.

Aquel que creía que la vida consistía en tener todas las respuestas antes de dar un paso.

Sonrió ligeramente.

Ese hombre se había quedado en el camino.

O quizá, simplemente, se había transformado en el hombre que ahora sostenía una taza de café en una cocina iluminada.

Milena se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.

—¿En qué piensas?

Julián bajó la mirada hacia ella.

Sus ojos se encontraron con la misma confianza tranquila que habían construido día tras día.

—En nada —respondió él.

Ella levantó una ceja, divertida.

—Eso es raro en ti, profesor.

Julián sonrió.

Le dio un beso corto en la frente y apretó suavemente su mano.

—Hoy sí es verdad.

Milena sonrió también y volvió a acomodarse a su lado.

Emma comenzó a hablar de algo que había sucedido durante la tarde. Julián la escuchó mientras Milena terminaba de preparar la merienda.

Afuera, la tarde comenzaba a caer lentamente sobre el jardín.

Las luces de la ciudad empezaban a encenderse a lo lejos.

Dentro de aquella casa, el tiempo parecía tener su propio ritmo.

Uno que ya no necesitaba ser explicado, medido ni controlado.

Simplemente estaba ahí.

Julián miró a Milena.

Después a Emma.

Y sonrió.

Era suficiente.