Perdida CAPÍTULO 134 — La primera mañana
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CAPÍTULO 134 — La primera mañana

La primera mañana

La primera mañana en la nueva casa comenzó antes de lo esperado.

Milena abrió los ojos cuando la luz empezó a entrar por la ventana.

Durante unos segundos permaneció quieta.

No reconocía del todo el techo.

Luego recordó.

La casa.

Su casa.

Sonrió.

Giró la cabeza y encontró a Julián todavía dormido.

Se levantó con cuidado y salió de la habitación.

La casa estaba en silencio.

Todavía había algunas cajas sin desempacar, pero ya no parecían importantes.

Entró a la cocina y abrió una de las ventanas.

El aire fresco entró lentamente.

Milena respiró profundamente.

Después puso agua a calentar para preparar café.

Mientras esperaba, salió al jardín.

Las plantas todavía tenían gotas de agua sobre las hojas.

Se agachó junto a una de ellas y la observó.

—Buenos días.

—¿Estás hablando con las plantas?

Milena se giró.

Julián estaba apoyado en el marco de la puerta.

—Me asustaste.

—No era mi intención.

—Y sí, estaba hablando con ellas.

—Lo imaginé.

Él se acercó.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Y tú?

—También.

Julián miró alrededor.

—Se siente extraño.

—¿Por qué?

—Despertarme y saber que estamos aquí.

Milena sonrió.

—A mí me gusta.

Él tomó su mano.

—A mí también.

Regresaron a la cocina.

Milena sirvió el café y se sentaron frente a la ventana.

Durante un rato no hablaron.

Solo disfrutaron de la mañana.

—Tenemos que desempacar —dijo Julián finalmente.

Milena lo miró.

—No.

—¿No?

—Ayer prometimos que hoy no haríamos nada.

—Es cierto.

—Entonces no rompamos nuestra primera promesa en esta casa.

Julián sonrió.

—Me parece razonable.

Milena tomó un sorbo de café.

—Podemos salir.

—¿A dónde?

—No sé.

—¿Sin plan?

—Sin plan.

—Eso sí es nuevo.

Ella lo miró.

—Podemos caminar.

—Está bien.

Después del desayuno salieron de la casa.

Caminaron sin prisa por las calles cercanas, descubriendo pequeños lugares que antes no habían tenido tiempo de observar.

Encontraron una cafetería.

Una pequeña tienda.

Un parque.

Y una panadería que hizo que Milena se detuviera frente al escaparate.

Julián la miró.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Te quedaste mirando.

—Solo estaba viendo.

—Por curiosidad.

Ella sonrió.

—Exactamente.

Entraron.

Compraron algunas cosas para llevar y continuaron caminando.

Al regresar, el sol ya estaba más alto.

Milena dejó las bolsas sobre la mesa.

—Me gusta este lugar.

Julián cerró la puerta.

—¿La panadería?

—También.

Él se acercó.

—¿La casa?

Milena lo miró.

—Mucho.

Julián la abrazó.

Ella apoyó la cabeza en su pecho.

—Creo que vamos a acostumbrarnos rápido.

—Eso espero.

Se quedaron así durante unos segundos.

Después Milena levantó la mirada.

—¿Qué hacemos ahora?

Julián miró hacia las cajas.

—Nada.

Ella sonrió.

—Buena respuesta.

Y por primera vez desde que habían comenzado todo aquel proceso, no tenían que pintar, comprar, medir, empacar ni decidir dónde poner algo.

Podían simplemente estar.

La casa todavía tenía espacios vacíos.

Todavía quedaban cosas por acomodar.

Pero no tenían prisa.

Porque ahora comprendían algo.

Un hogar no se terminaba cuando todo encontraba su lugar.

Se construía en los días que vendrían.

En las mañanas tranquilas.

En los cafés compartidos.

En las conversaciones sin prisa.

En las pequeñas costumbres que todavía estaban por inventar.

Y ellos apenas estaban comenzando.