Perdida CAPÍTULO 133 — Por primera vez
92%

CAPÍTULO 133 — Por primera vez

Por primera vez

La mudanza comenzó temprano.

Desde primera hora de la mañana, la casa se llenó de cajas, muebles y el ir y venir de unas cosas a otras.

Milena llevaba una lista en la mano.

Julián, otra.

Aunque ninguno de los dos la seguía demasiado.

—Esa caja va para la habitación —dijo Milena.

—¿Cuál?

—La que dice “habitación”.

Julián miró las cajas apiladas.

—Hay cuatro que dicen eso.

Milena se acercó.

—Esta.

—¿Y las otras?

—Una es de ropa.

—¿Y la otra?

—No sé.

Julián la miró.

—¿Cómo que no sabes?

—La empacamos hace tres días.

—Eso no responde mi pregunta.

Milena sonrió.

—Cuando la abramos, lo descubriremos.

Julián negó con la cabeza, divertido, y cargó la caja.

Las horas siguientes pasaron entre muebles, bolsas y cajas.

El sofá encontró su lugar.

La mesa quedó junto a la ventana.

Los libros de Julián ocuparon finalmente la habitación que había elegido desde la primera visita.

Milena acomodó sus cosas en la cocina y llenó algunos espacios con pequeños detalles que había comprado durante las semanas anteriores.

Cada objeto parecía encontrar poco a poco su sitio.

Y con cada cosa que sacaban de las cajas, la casa se sentía un poco más de ellos.

Alrededor del mediodía, Milena se dejó caer sobre una de las sillas.

—Necesito cinco minutos.

Julián, que estaba intentando acomodar una caja de libros, la miró.

—¿Solo cinco?

—Quizá diez.

—Eso ya me parece más razonable.

Ella cerró los ojos unos segundos.

—No sabía que mudarse cansaba tanto.

—Yo te lo dije.

—Tú dijiste que era cuestión de organizarse.

—También.

—Pues mentiste.

Julián sonrió.

—Quizá omití algunos detalles.

Milena abrió los ojos y lo miró.

—Muchos.

Él se acercó y le ofreció un vaso de agua.

—Toma.

Ella bebió un poco.

—Gracias.

—¿Te sientes bien?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí. Solo estoy cansada.

Julián asintió.

—Entonces descansa un momento.

Milena obedeció.

Después de unos minutos se levantó nuevamente.

—Ya.

—¿Ya qué?

—Ya puedo seguir.

—¿Estás segura?

—Julián.

—Está bien.

Continuaron.

Las horas pasaron casi sin darse cuenta.

El sofá quedó en su lugar.

Las fotografías encontraron espacio sobre los muebles.

Los libros ocuparon las estanterías.

Las plantas fueron distribuidas cerca de las ventanas y en algunos rincones de la casa.

Incluso el jardín recibió algunas de las últimas plantas que habían comprado.

Cuando finalmente terminaron, ambos se quedaron de pie en medio de la sala.

Estaban agotados.

Milena miró alrededor.

—Creo que sobrevivimos.

Julián observó las cajas que aún quedaban en una esquina.

—Casi.

Ella lo miró.

—No digas eso.

Él soltó una risa.

—Está bien.

Milena se dejó caer sobre el sofá.

—No me voy a mover de aquí.

—Perfecto.

—¿Qué vas a hacer para cenar?

Julián la miró.

—¿Yo?

—Sí.

—Pensé que no te ibas a mover.

—Precisamente.

Él sonrió.

—Entonces vamos a pedir algo.

Milena tomó su teléfono.

—Eso sí puedo hacerlo.

Más tarde, cuando terminaron de cenar, la casa quedó en silencio.

Por primera vez no había herramientas, ni personas entrando y saliendo, ni muebles esperando ser acomodados.

Solo ellos.

Milena caminó lentamente por la sala.

Miró las fotografías.

Los libros.

Las plantas.

Los pequeños objetos que habían elegido juntos.

Después recorrió con la mirada el resto de la casa.

—Ya está.

Julián se acercó.

—Ya está.

Ella sonrió.

—Se siente diferente.

—¿Mejor?

Milena lo miró.

—Nuestro.

Julián sonrió.

—Sí.

Salieron al jardín.

La noche estaba tranquila.

Las plantas que habían sembrado semanas atrás se movían ligeramente con el viento.

Milena respiró profundamente.

—Me gusta aquí.

—A mí también.

—Creo que vamos a ser felices.

Julián la miró.

—Creo que ya lo somos.

Ella sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.

Permanecieron allí unos minutos, disfrutando del silencio.

Después regresaron a la casa.

Subieron juntos a la habitación.

Milena se sentó en la cama y cerró los ojos.

—Estoy muerta.

Julián se sentó a su lado.

—Mañana no hacemos nada.

—Nada.

—Nada.

—Ni siquiera desempacamos.

—Ni una caja.

Milena abrió los ojos.

—Prometido.

—Prometido.

Ella sonrió.

Se acostaron.

Por un momento permanecieron en silencio, escuchando los sonidos de una casa que todavía les resultaba nueva.

Milena tomó la mano de Julián debajo de las sábanas.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Julián apagó la luz.

Milena cerró los ojos.

Estaba cansada.

Más de lo que había estado en mucho tiempo.

Pero aquella noche, el cansancio no le pesaba.

Habían llegado.

Ya no había que volver a empacar.

Ya no tenían que imaginar cómo sería.

Estaban allí.

En su casa.

Juntos.

Y así, abrazados, se quedaron dormidos por primera vez en aquella casa que, unas semanas atrás, habían ido a conocer solamente por curiosidad.