CAPÍTULO 132 — Casi en casa
Casi en casa
La casa estaba casi lista.
Después de varias semanas de arreglos, compras y decisiones, quedaban solamente algunos detalles.
Un cuadro por colgar.
Un par de muebles por acomodar.
Algunas cajas que todavía esperaban su turno.
Y el jardín, que seguía siendo un proyecto en construcción.
Milena entró a la sala con una caja entre los brazos.
—¿Dónde pongo esto?
Julián apareció desde el pasillo.
—¿Qué hay ahí?
—Libros.
—Entonces conmigo.
Ella intentó levantar nuevamente la caja.
—Puedo llevarla.
—Ya sé.
Julián se la quitó de las manos.
—Pero no tienes que hacerlo todo tú.
Milena lo siguió.
—Estoy bien.
—Nunca dije que no lo estuvieras.
—Lo dijiste con la cara.
—Mi cara no dijo nada.
—Tu cara siempre dice cosas.
Julián dejó la caja junto a una de las estanterías.
—¿Estás cansada?
Milena se quedó pensativa unos segundos.
—Un poco.
—Entonces descansamos.
—No.
—Milena…
—Si descansamos ahora, vamos a terminar mañana.
Él la observó.
—Tenemos todo el tiempo del mundo.
Ella sonrió.
—Pero quiero terminar hoy.
Julián suspiró.
—Está bien.
Continuaron.
Durante toda la tarde fueron llevando cajas de un lado a otro.
Ropa.
Libros.
Objetos de cocina.
Fotografías.
Cosas que habían pertenecido a cada uno antes de tener una casa juntos y que ahora encontrarían un lugar común.
En medio de una caja, Milena encontró una fotografía antigua.
La sostuvo entre los dedos.
—Mira.
Julián se acercó.
—¿De cuándo es?
—Hace años.
—Estás igual.
Milena lo miró.
—Eso es mentira.
—No.
—Tengo el cabello diferente.
—El cabello no cuenta.
Ella sonrió y volvió a mirar la fotografía.
—Es extraño.
—¿Qué?
—Pensar que todas estas cosas que teníamos por separado ahora están aquí.
Julián tomó la fotografía.
—Ya no están por separado.
Milena lo miró.
—No.
Él colocó la fotografía sobre la estantería.
—Aquí queda bien.
Ella asintió.
Al final de la tarde, Milena se dejó caer en el sofá.
—No puedo más.
Julián se sentó a su lado.
—Por fin lo admites.
—Estoy agotada.
—¿Quieres que pidamos algo para comer?
—Sí.
—¿Qué quieres?
Milena pensó unos segundos.
—No sé.
—¿Pizza?
—No.
—¿Comida china?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Ella hizo una pequeña mueca.
—Nada me provoca.
Julián la miró.
—¿Seguro?
—Sí.
—Has comido muy poco hoy.
—No tengo hambre.
Él permaneció unos segundos en silencio.
—Está bien.
Milena apoyó la cabeza en su hombro.
—Mañana terminamos.
—Mañana terminamos.
Permanecieron así durante un rato.
La casa estaba tranquila.
Aún había cajas alrededor, pero ya se podía distinguir el hogar que habían imaginado semanas atrás.
Milena cerró los ojos.
—Julián.
—¿Sí?
—¿Te imaginas que algún día miremos todo esto y nos parezca pequeño?
Él sonrió.
—¿Por qué habría de parecernos pequeño?
—No sé.
—A mí me parece suficiente.
Milena levantó la cabeza.
—¿Suficiente?
—Sí.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.
—A mí también.
Afuera comenzaba a oscurecer.
Las luces de la casa estaban encendidas por primera vez en todas las habitaciones.
Y aunque todavía faltaban algunos detalles, aquella noche ambos tuvieron la misma sensación.
Ya no estaban preparando una casa para vivir.
Estaban a punto de empezar una nueva etapa.
Al día siguiente terminarían de empacar.
Y, si todo salía como habían planeado, en pocos días dormirían allí por primera vez.