CAPÍTULO 131 — Un lugar para los dos
Un lugar para los dos
Las semanas siguientes pasaron entre pintura, compras y decisiones que parecían pequeñas hasta que comenzaban a acumularse.
La casa ya no se veía como el lugar que habían visitado por primera vez.
Las paredes tenían nuevos colores.
La cocina había cambiado algunos detalles.
Los muebles empezaban a ocupar sus espacios.
Y el jardín, aunque todavía estaba lejos de quedar terminado, comenzaba a llenarse de vida.
Una mañana, Milena llegó con varias bolsas.
Julián la esperaba en la sala, rodeado de cajas.
—¿Qué compraste?
Ella dejó las bolsas sobre una silla.
—Unas cosas.
Julián miró las bolsas.
—Eso no responde mi pregunta.
—Cosas para la casa.
—¿Cuántas?
—No las conté.
—Milena.
—Julián.
Se miraron durante unos segundos.
—¿Quieres que te ayude a guardarlas? —preguntó él.
Ella sonrió.
—Sí.
Julián tomó una de las bolsas.
—Esto pesa.
—Por eso te la di.
—Ya entendí.
Sacó varias cosas para la cocina.
Unos recipientes.
Un par de tazas.
Un mantel.
Y algunos pequeños objetos decorativos.
Julián los observó.
—¿Necesitábamos todo esto?
—No.
—Entonces…
—Pero ahora lo tenemos.
Él negó con la cabeza.
—Esa lógica es peligrosa.
—Y aun así te casaste conmigo.
Milena lo dijo con tanta naturalidad que ambos se quedaron en silencio un instante.
Ella fue la primera en sonreír.
Julián también.
—Todavía estás aprendiendo a usar esa frase.
—¿Cuál?
—“Te casaste conmigo”.
Milena levantó una ceja.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces seguiré usándola.
—Cuando quieras.
Continuaron acomodando las cosas.
A media mañana hicieron una pausa.
Milena se sentó en el suelo de la sala.
—Necesito descansar.
Julián se sentó junto a ella.
—Yo también.
—Estoy agotada.
—Yo te dije que no teníamos que hacer todo tan rápido.
—Si lo hacemos despacio, nunca terminamos.
—No tenemos prisa.
Milena apoyó la cabeza contra la pared.
—Quiero verla terminada.
Julián la observó.
—Yo también.
Ella giró la cabeza hacia él.
—¿Cómo te la imaginas?
Él miró alrededor.
—Con nuestros libros.
—Eso ya lo sabía.
—Con tus plantas.
—Eso también.
—Con fotografías.
Milena sonrió.
—¿Cuáles?
—Las que todavía no tenemos.
Ella lo miró con curiosidad.
—¿Y eso qué significa?
—Que algún día llenaremos las paredes con recuerdos.
Milena bajó la mirada.
—Me gusta.
Julián tomó su mano.
—A mí también.
Por la tarde se ocuparon del jardín.
Habían comprado algunas plantas nuevas y pasaron varias horas buscando el lugar adecuado para cada una.
—Esta va aquí.
—No.
Milena lo miró.
—¿Por qué no?
—Porque necesita más luz.
Ella observó el lugar.
—Tienes razón.
Julián sonrió.
—No pareces muy feliz de admitirlo.
—No te acostumbres.
Él soltó una risa.
Cuando terminaron, ambos quedaron de pie frente al jardín.
Había tierra en las manos de Milena.
Julián tenía una pequeña mancha en la camiseta.
Y los dos estaban cansados.
—Creo que ya podemos irnos —dijo él.
Milena negó con la cabeza.
—Un momento.
—¿Qué?
Ella caminó hasta una de las esquinas y observó las plantas.
—Quiero ver cómo queda.
Julián se acercó.
—¿Y?
—Me gusta.
—A mí también.
Permanecieron allí unos minutos.
Sin hablar.
Simplemente mirando.
La casa estaba casi lista.
Todavía faltaban algunas cosas, pero ya podían reconocerla.
Ya podían imaginar sus mañanas allí.
El café de Milena.
Los libros de Julián.
Las conversaciones al final del día.
Las plantas creciendo poco a poco.
La vida que todavía no había ocurrido, pero que ya parecía tener un lugar preparado.
Al regresar al auto, Milena se detuvo.
—Julián.
—¿Sí?
—Gracias.
Él la miró.
—¿Por qué?
—Por esto.
Julián volvió la mirada hacia la casa.
—La estamos haciendo juntos.
—Lo sé.
Él tomó su mano.
—Entonces no tienes que agradecerme.
Milena sonrió.
Subieron al auto y se alejaron.
Detrás de ellos quedaba una casa todavía imperfecta.
Pero ya tenía algo que ninguna propiedad podía tener cuando estaba en venta.
Tenía una historia empezando.
Y esa historia les pertenecía a los dos.