CAPÍTULO 130 — Entre paredes y cajas
Entre paredes y cajas
Los primeros cambios comenzaron pocos días después.
Milena había hecho una lista.
Julián había hecho otra.
Ninguna coincidía completamente con la otra.
—No entiendo por qué necesitamos pintar toda la casa —dijo Julián, mirando las muestras de pintura sobre la mesa.
—Porque quiero que se sienta diferente.
—Ya se siente diferente.
—Todavía no vivimos aquí.
—Entonces todavía no sabes cómo se siente.
Milena lo miró en silencio.
—¿Quieres discutir?
—No.
—Bien.
—Solo estoy haciendo una observación.
—Tus observaciones siempre terminan costándome dinero.
Julián sonrió.
—Eso no es cierto.
Milena tomó una de las muestras.
—¿Cuál te gusta?
Él observó las tres.
—Esta.
—¿Por qué?
—Porque es más clara.
—A mí me gusta esta.
—Entonces esa.
—¿Así de fácil?
—Sí.
Milena entrecerró los ojos.
—¿No vas a defender tu elección?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si empezamos a discutir por un color, no vamos a sobrevivir a la cocina.
Ella soltó una carcajada.
—Sabio.
Durante los días siguientes, la casa comenzó a cambiar.
Las paredes fueron tomando nuevos tonos.
Algunas lámparas fueron reemplazadas.
Se repararon pequeños detalles que antes habían pasado desapercibidos.
La cocina recibió nuevas manijas y algunos cambios sencillos que hicieron que el espacio se sintiera más suyo.
Julián se encargó de una parte de los muebles.
Milena se ocupó de elegir otros.
Y cada vez que uno encontraba algo que creía perfecto para la casa, llamaba al otro.
—Mira esto.
—¿Dónde lo pondríamos?
—Todavía no sé.
—Entonces no lo compres.
—Pero es bonito.
—Ese no es un argumento.
—Para mí sí.
Julián terminó acostumbrándose a esas conversaciones.
También aprendió que “solo voy a mirar” podía significar regresar a casa con tres bolsas.
Una tarde llegaron con varias cajas.
Milena dejó una en el suelo y se sentó sobre ella.
—Estoy cansada.
Julián dejó las demás junto a la pared.
—Todavía faltan muchas.
Ella lo miró.
—No quería escuchar eso.
—Lo siento.
—No parece.
Él se sentó a su lado.
—¿Quieres descansar?
—Cinco minutos.
—Diez.
Milena apoyó la cabeza sobre su hombro.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
La casa todavía olía a pintura.
Había herramientas sobre el suelo, muebles a medio armar y cajas por todas partes.
Nada estaba terminado.
Pero tampoco les importaba demasiado.
—¿Sabes qué me gusta? —preguntó Milena.
—¿Qué?
—Que estamos haciendo esto juntos.
Julián giró ligeramente la cabeza para mirarla.
—Yo también.
—Aunque tengamos opiniones diferentes.
—Eso nunca va a cambiar.
—Espero que no.
Él sonrió.
—¿Por qué?
Milena levantó la cabeza.
—Porque no quiero una casa donde todo tenga que ser como yo quiero.
Julián la observó.
—¿Y si yo quiero poner mis libros en todas partes?
—Entonces voy a encontrarles un lugar.
—¿Y si quiero demasiados?
—Eso sí es imposible.
—¿Ves? Ya empezamos.
Ella rio.
Después se levantaron para continuar.
Al caer la tarde, el jardín también empezó a recibir atención.
Julián retiró algunas ramas secas mientras Milena revisaba qué plantas podían conservar.
—Esta está viva —dijo ella.
—Parece muerta.
—No está muerta.
—¿Cómo lo sabes?
Milena señaló una pequeña hoja verde.
—Por eso.
Julián se acercó.
—No la había visto.
—Por eso hay que mirar bien.
Él la miró a ella.
—Eso sirve para muchas cosas.
Milena sostuvo su mirada durante unos segundos.
—¿Filosofando?
—Un poco.
—Estamos arreglando un jardín.
—La filosofía aparece donde quiere.
Ella negó con la cabeza, sonriendo.
—Ven, ayúdame con esta.
Julián se acercó.
Entre los dos acomodaron la tierra alrededor de la planta.
No era mucho.
Una pequeña parte del jardín había quedado limpia y algunas plantas habían encontrado un nuevo lugar.
Pero cuando terminaron, Milena miró alrededor con satisfacción.
—Va quedando bonita.
Julián contempló el jardín.
—Sí.
—¿Sabes qué falta?
—¿Qué?
—Una mesa.
—Y sillas.
—Y muchas plantas.
—Ahí está.
Milena rio.
—No dije tantas.
Julián la miró.
—Todavía.
Ella volvió a apoyarse en su hombro.
Frente a ellos, la casa comenzaba lentamente a dejar atrás el aspecto de una propiedad recién comprada.
Todavía había mucho por hacer.
Pero cada pared que pintaban, cada mueble que elegían y cada planta que encontraba un lugar parecía decirles lo mismo.
Ya no estaban preparando una casa.
Estaban preparando su hogar.
Esa noche, cuando terminaron de hablar sobre las cosas que todavía faltaban por hacer, Milena se quedó unos segundos en silencio.
Julián la miró.
—¿Qué pasa? Ella negó con la cabeza.
—Nada. Él sonrió.
—Eso nunca significa nada. Milena soltó una pequeña risa.
—Hay algo que no hemos hablado. Julián esperó.
—Nosotros.
—¿Nosotros qué? Milena bajó la mirada por un instante antes de volver a mirarlo.
—Quiero casarme contigo. Julián permaneció en silencio. No porque no quisiera. Sino porque, después de todo lo que había aprendido, ya no quería interpretar por ella lo que significaban sus palabras.
—¿Estás segura? Milena sonrió.
—Sí.
—¿Y quieres una boda?
—No.
Él levantó una ceja.
—¿No?
—No necesito una boda grande. Ni una fiesta. Ni que todo el mundo esté pendiente de nosotros. Hizo una pausa.
—Solo quiero casarme contigo. Julián tomó su mano.
—Entonces hagámoslo. Milena sonrió.
—¿Así de fácil?
—Contigo quiero que las cosas importantes sean fáciles. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Hay que decírselo a nuestras familias.
—Sí.
—Mi mamá va a llorar.
—Tu hermana también. Milena soltó una carcajada.
—Probablemente. Y por primera vez, hablar de casarse no se sintió como hablar de una obligación ni de un futuro lejano.
Se sintió como hablar de ellos. Unos días después, se casaron en una ceremonia sencilla.
Sus familias estuvieron allí. No hubo una gran celebración ni demasiados invitados.
Solo las personas que ellos querían tener cerca en ese momento.
Cuando llegó el momento de decir que sí, Milena miró a Julián.
Él la miró a ella. Y ambos supieron que no necesitaban nada más.