Perdida CAPÍTULO 129 — Hacerla nuestra
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CAPÍTULO 129 — Hacerla nuestra

Hacerla nuestra

Una semana después de haber tomado la decisión, Julián y Milena volvieron a la casa.

Esta vez no iban acompañados por nadie.

Solo llevaban una libreta, un metro y varias ideas que habían ido acumulando durante los últimos días.

Milena abrió la puerta y entró primero.

—Todavía me parece extraño.

Julián cerró detrás de ellos.

—¿Qué cosa?

—Que sea nuestra.

Él la miró.

—Todavía no nos hemos mudado.

—Ya sé.

Milena dejó la libreta sobre una mesa y recorrió la sala con la mirada.

—Pero ya estoy pensando dónde poner cada cosa.

—Pero ya estoy pensando dónde poner cada cosa.

—Eso sí me lo creo.

Porque vamos a vivir juntos.

—Eso sí me lo creo.

Ella sonrió.

Ella sonrió.

—Tenemos que empezar por las paredes.

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Julián observó la sala.

—¿Qué tienen de malo?

—Nada.

—Entonces…

—Quiero cambiar el color.

—Ah.

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

Milena lo miró.

—No pongas esa cara.

—Estoy tratando de entender qué significa “un poco” para ti.

—Solo quiero algo más cálido.

Julián se acercó a una de las paredes.

—¿Qué color?

—Todavía no sé.

—Entonces hemos empezado muy bien.

Milena soltó una carcajada.

—Para eso traje la libreta.

Abrió una de las páginas.

Había anotaciones, medidas y algunas ideas que había escrito durante la semana.

Julián se inclinó para mirar.

—¿Cuándo hiciste todo esto?

—Anoche.

—¿Anoche?

—No podía dormir.

Él levantó una ceja.

—¿Estabas pensando en la casa?

—Sí.

—Milena, todavía no vivimos aquí.

—Precisamente. Hay mucho por hacer.

Julián sonrió.

—Ya entendí.

Caminaron hacia la cocina.

Milena abrió algunos cajones y revisó el espacio.

—Aquí podríamos cambiar las manijas.

—¿Las actuales están mal?

—No.

—Entonces, ¿por qué cambiarlas?

—Porque quiero.

—Argumento irrefutable.

Ella volvió a reír.

Después fueron al patio.

Milena se quedó observando el jardín durante unos segundos.

Había algunas plantas que necesitaban cuidado y partes del terreno que estaban prácticamente vacías.

—Aquí quiero sembrar.

Julián la miró.

—¿Qué?

—Todavía no sé.

—¿Y cuántas?

—Tampoco sé.

—Eso me preocupa más.

Milena le dio un pequeño empujón con el hombro.

—No voy a llenar todo el jardín.

—Eso dijiste la primera vez.

—Y aquí estamos.

Julián miró el terreno.

—Podríamos dejar este espacio para una mesa.

Milena siguió su mirada.

—Sí.

—Y unas sillas.

—Sí.

—Para tomar café.

Ella lo miró.

—Me gusta.

Julián tomó el lápiz de la libreta y señaló una esquina.

—Aquí podríamos poner algunas plantas altas.

—¿Desde cuándo sabes de plantas?

—No sé de plantas.

—Entonces, ¿por qué estás opinando?

Porque vamos a vivir juntos.

Milena sonrió.

—Buen punto.

Pasaron casi dos horas recorriendo cada habitación.

Midieron paredes.

Abrieron ventanas.

Decidieron qué muebles podían llevar y cuáles tendrían que reemplazar.

En una de las habitaciones, Julián volvió a detenerse frente a la ventana.

—Esta sigue siendo mi favorita.

Milena cruzó los brazos.

—¿La biblioteca?

—La biblioteca.

—Todavía no has ganado ese espacio.

—¿Cómo que no?

—Porque primero tenemos que decidir qué habitación será la nuestra.

Julián la miró.

—Pensé que esa decisión era obvia.

Milena sonrió.

—Solo quería escucharte decirlo.

Él se acercó y le dio un beso breve en la frente.

—La nuestra.

Ella cerró la libreta.

—Entonces tenemos trabajo.

—Mucho.

—¿Te arrepientes?

Julián miró alrededor.

La casa todavía estaba vacía.

Las paredes necesitaban pintura. Había cosas que reparar, otras que cambiar y muchas que todavía no habían decidido.

Pero, por primera vez, pudo imaginarla llena.

Con libros.

Con plantas.

Con las cosas de ambos.

Con sus voces.

Con sus días.

—No —respondió—. Para nada.

Milena tomó su mano.

—Entonces hagámosla nuestra.

Y salieron de aquella casa unas horas después con una lista mucho más larga de la que habían llevado.

Todavía faltaban semanas para mudarse.

Pero, de alguna manera, ya habían comenzado a vivir allí.