Perdida CAPÍTULO 128 — Por curiosidad
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CAPÍTULO 128 — Por curiosidad

Por curiosidad

Una tarde, mientras Milena esperaba que terminara de prepararse el café, tomó el teléfono y comenzó a revisar algunas publicaciones.

Julián estaba sentado frente a ella, leyendo.

—Mira esto.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

Milena acercó el teléfono.

—Una casa.

Julián observó la pantalla.

—¿Y?

—Es bonita.

—Eso parece.

Milena siguió mirando las fotografías.

—Tiene jardín.

Julián dejó el libro sobre la mesa.

—A ver.

Ella le pasó el teléfono.

Había una sala amplia, una cocina iluminada y varias habitaciones. Al fondo aparecía un jardín que, aunque no era enorme, tenía suficiente espacio para unas plantas y una pequeña zona exterior.

Julián deslizó las fotografías.

—La ventana de esta habitación es bastante grande.

Milena lo miró.

—¿Ya estás pensando en tu biblioteca?

—Solo estoy observando.

—Claro.

Él sonrió.

—¿Cuánto cuesta?

Milena leyó el anuncio.

—No está tan mal.

—Eso depende de lo que tú consideres “no está tan mal”.

Ella soltó una risa.

—No estamos buscando comprar una casa.

—Lo sé.

—Solo estoy mirando.

—Yo también.

Milena volvió a tomar el teléfono.

—Podríamos verla.

Julián la miró.

—¿Para qué?

—Por curiosidad.

Él sonrió.

—¿Solo por curiosidad?

—Solo por curiosidad.

Julián tomó su taza de café.

—Está bien.

Dos días después estaban frente a la casa.

Milena miró la fachada y luego a Julián.

—Es más bonita en persona.

—Sí.

Entraron acompañados por la persona encargada de mostrarla.

La sala era incluso más amplia de lo que parecía en las fotografías. La luz entraba por las ventanas y hacía que todo se sintiera cálido.

Milena caminó lentamente por el lugar.

—Aquí cabría el sofá.

Julián la miró.

—¿Ya estás distribuyendo los muebles?

—Estoy imaginando.

—Por curiosidad.

—Exactamente.

Él rio.

Continuaron recorriendo la casa.

La cocina hizo que Milena se detuviera unos segundos más.

—Me gusta.

—Sabía que dirías eso.

—Es grande.

—Eso es lo importante.

—Y tiene bastante espacio para guardar cosas.

—También es importante.

—Para mí sí.

Julián negó con la cabeza, divertido.

Al llegar al patio, ambos se quedaron en silencio.

El jardín no era perfecto. Había algunas zonas que necesitaban trabajo, pero tenía árboles pequeños, espacio para sembrar y una esquina donde fácilmente podía colocarse una mesa.

Milena miró alrededor.

—Aquí podríamos poner plantas.

—Muchas.

—No tantas.

Julián la miró.

—Sabes que eso no va a pasar.

Ella sonrió.

Después caminaron hasta una de las habitaciones.

La ventana ocupaba casi toda una pared.

Julián se acercó.

—Esta.

—¿Qué tiene?

—La luz.

Milena se quedó junto a él.

—Te imagino aquí leyendo.

—Yo también.

Ella lo miró de reojo.

—Eso fue rápido.

—No dije que quisiera comprarla.

—No. Solo escogiste tu habitación.

Julián soltó una risa.

Cuando terminaron el recorrido, salieron nuevamente a la calle.

La persona que les había mostrado la casa les preguntó si querían pensarlo.

—Sí —respondió Julián—. Queremos pensarlo.

Caminaron hasta el auto.

Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.

Milena fue la primera en hablar.

—Me gustó.

—A mí también.

—Mucho.

Julián asintió.

—A mí también.

Milena lo miró.

—Pero no vinimos a comprar una casa.

—No.

—Solo queríamos verla.

—Por curiosidad.

Ella sonrió.

—Exactamente.

Julián abrió la puerta del auto.

—Podemos pensarlo.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y si después nos parece una locura?

—Entonces no la compramos.

Milena asintió.

—Me parece bien.

Pasaron varios días.

Volvieron a hablar de la casa más de una vez.

Revisaron las fotografías nuevamente. Hicieron cuentas. Pensaron en los espacios, en lo que tendrían que cambiar y en lo que podían dejar tal como estaba.

Una noche, mientras cenaban, Milena levantó la mirada.

—Julián.

—¿Sí?

—¿Tú quieres comprarla?

Él dejó los cubiertos sobre el plato.

—Creo que sí.

Milena sonrió.

—Yo también.

Julián extendió la mano sobre la mesa y tomó la de ella.

—Entonces supongo que deberíamos hacerlo.

—¿Así de fácil?

—No fue tan fácil.

—Fuimos a verla por curiosidad.

—Y terminamos haciendo cuentas durante cuatro días.

Milena se rio.

—Eso sí.

Julián apretó suavemente su mano.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Completamente?

—Completamente.

Él sonrió.

—Entonces vamos a comprar una casa.

Milena negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—No puedo creer que haya empezado porque vi una publicación.

—Yo tampoco.

—Y tú que dijiste que no estábamos buscando nada.

—No estábamos buscando nada.

—Entonces, ¿qué hicimos?

Julián la miró.

—Encontramos algo.

Milena sostuvo su mirada.

Y por primera vez, aquella casa que habían ido a conocer solamente por curiosidad dejó de ser una casa que alguien había puesto a la venta.

Pronto sería la suya.