CAPÍTULO 127 — Lo que sigue
Lo que sigue
—¿Alguna vez has pensado en cómo quieres que sea tu vida dentro de unos años?
Julián levantó la mirada.
Milena seguía sentada a su lado, con la taza entre las manos.
—Sí.
—¿Y?
Julián sonrió.
—Nunca tuve un plan tan claro.
—Eso sí me lo creo.
Él dejó el libro sobre la mesa.
—Pero ahora hay cosas que sí puedo imaginar.
Milena lo miró con curiosidad.
—¿Cómo cuáles?
Julián tomó su mano.
—Una casa.
Milena arqueó ligeramente las cejas.
—¿Una casa?
—Sí.
—Eso es bastante específico para alguien que nunca ha tenido un plan.
—Bueno, tampoco estoy diciendo que mañana vayamos a comprar una.
Milena soltó una risa.
—Menos mal.
Julián también rio.
—Aunque no estaría mal.
—¿Qué cosa?
—Tener un lugar que sea nuestro.
Milena lo miró durante unos segundos.
—¿Estás pensando en vivir juntos?
Julián se encogió de hombros.
—No sé. Tal vez algún día.
—¿Algún día?
—Sí. No quiero que parezca que estoy haciendo una propuesta formal.
—Menos mal —dijo ella, riéndose—. Porque no traje vestido para la ocasión.
Julián soltó una carcajada.
—No estaba hablando de matrimonio.
—Ya sé.
Milena apoyó nuevamente la cabeza en el sofá.
—Pero sí me gusta la idea.
—¿Vivir juntos?
—Tener algo nuestro.
Julián la miró.
—A mí también.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
No era la primera vez que hablaban del futuro, pero hasta entonces lo habían hecho de una manera más vaga.
Ahora parecía diferente.
Ya no hablaban solamente de lo que cada uno quería para su propia vida.
Empezaban a hablar de lo que podían construir juntos.
—¿Cómo sería esa casa? —preguntó Milena.
Julián sonrió.
—Grande.
—Eso no dice mucho.
—Con una biblioteca.
—Eso sí me lo imaginaba.
—Y un espacio donde tú puedas trabajar tranquila.
—¿Y tú?
—Yo quiero una ventana grande.
—¿Para qué?
—Para leer.
Milena lo miró divertida.
—¿Solo para leer?
—Y para mirar el jardín.
—Ah, claro. El profesor de filosofía necesita contemplar la naturaleza.
—Es importante para mi proceso intelectual.
—Claro.
Ambos rieron.
Milena se quedó pensando unos segundos.
—Yo quiero una cocina grande.
—Eso sí me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque vas a querer cocinar todo el tiempo.
—Y tú vas a tener que comerlo.
—Ese es el verdadero sacrificio.
Milena le dio un pequeño golpe en el brazo.
Julián sonrió.
Después volvió a tomar su mano.
—No sé cómo será.
—Yo tampoco.
—Ni cuándo.
—Tampoco.
—Pero me gusta imaginarlo.
Milena entrelazó sus dedos con los de él.
—A mí también.
Julián la miró.
—Antes pensaba más en lo que quería conseguir.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso más en cómo quiero vivir.
Milena guardó silencio.
—¿Y cómo quieres vivir?
Julián la miró durante unos segundos.
—Así.
—¿Así cómo?
—Contigo.
Milena sonrió.
Apoyó la cabeza sobre su hombro y permanecieron juntos.
No necesitaban decidirlo todo aquella noche.
La casa podía esperar.
Los planes podían cambiar.
El futuro todavía estaba lejos.
Pero había algo que ya tenían claro.
Por primera vez, cuando imaginaban lo que vendría después, ninguno de los dos lo hacía pensando solamente en sí mismo.
Lo imaginaban juntos.