Perdida CAPÍTULO 117 — Lo que empezó por casualidad
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CAPÍTULO 117 — Lo que empezó por casualidad

Lo que empezó por casualidad

Julián y Elena permanecieron sentados en el sofá.

Desde la cocina llegaban las voces de Milena y de su madre mientras hablaban y acomodaban algunas cosas.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Elena fue la primera en romper el silencio.

—¿Y cómo la conociste?

Julián la miró.

—¿A Milena?

—Sí.

Elena sonrió ligeramente.

—Parece una buena persona. Y alguien especial.

Julián no dudó.

—Sí, lo es.

Hizo una pequeña pausa.

—Nos conocimos por casualidad, en una exposición cultural. Aunque, por otras circunstancias, ya nos habíamos visto antes. Pero creo que realmente empecé a conocerla desde ahí.

Elena levantó ligeramente las cejas.

—¿Ah, sí? Tú asistiendo a una exposición cultural… No pensé que te gustara ese tipo de cosas.

Julián soltó una pequeña risa.

—Sí, es raro, ¿no? Antes no me interesaban mucho esas cosas. Pero un día decidí darme la oportunidad de hacer algo diferente y terminé yendo. Y creo que fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Elena lo observó durante unos segundos.

Había algo en la forma en que Julián había dicho aquello que le llamó la atención.

No parecía estar hablando solamente de una exposición.

—Entonces fue ahí donde realmente empezaste a conocerla.

—Sí —respondió Julián—. Aunque al principio no imaginé que fuera a pasar algo entre nosotros.

Elena sonrió ligeramente.

—¿Y cuándo cambió eso?

Julián soltó una pequeña risa.

—No sabría decirte exactamente.

—¿No?

—No. Creo que simplemente fue pasando.

Elena lo miró con curiosidad.

—¿Y ella también estaba interesada en ti desde el principio?

Julián negó con la cabeza.

—No lo creo. Al principio solo hablábamos. Después empezamos a conocernos un poco más y, con el tiempo, las cosas fueron cambiando.

—Parece que fue algo bastante tranquilo.

—Lo fue.

Julián hizo una pequeña pausa.

—Creo que eso fue lo que más me gustó.

—¿Qué cosa?

—Que no tuve que forzar nada. Simplemente ocurrió.

Elena bajó la mirada por un instante.

—Y ahora estás muy bien con ella.

Julián sonrió.

—Sí. Estoy muy bien.

La respuesta fue sencilla.

No hubo ninguna explicación adicional.

Elena volvió a mirar hacia la cocina.

Milena estaba hablando con la madre de Julián mientras acomodaba unas cosas. De vez en cuando sonreía por algo que la mujer decía.

Después miró nuevamente a Julián.

—¿Y cuánto tiempo llevan juntos?

—Unos meses.

—¿Unos meses?

—Sí.

Elena asintió lentamente.

—No parece que lleven tan poco.

Julián sonrió.

—Supongo que hemos tenido tiempo para conocernos.

—¿Y tus padres la quieren?

Julián miró hacia la cocina.

—Sí. Creo que mi mamá ya decidió que le gusta más ella que yo.

Elena soltó una pequeña carcajada.

—Eso sí te lo creo.

Julián también se rio.

Por unos segundos, la conversación volvió a sentirse como tantas otras que habían tenido durante años.

Pero había algo diferente.

Elena volvió a pensar en lo que él había dicho.

Una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Quizá aquella exposición había sido solo una casualidad.

Pero había casualidades que terminaban cambiándolo todo.

—Me alegra que estés bien, Julián —dijo finalmente.

Él la miró.

—Gracias.

—De verdad.

Julián asintió.

—Yo también me alegro.

Desde la cocina, Milena apareció junto a la madre de Julián.

—¿De qué se ríen?

—De que mi mamá te quiere más que a mí —respondió Julián.

La mujer negó con la cabeza.

—No empieces.

Milena sonrió.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Puede ser.

Elena soltó una pequeña risa.

La conversación continuó unos minutos más, hasta que Julián miró la hora.

—Creo que ya deberíamos irnos.

—Sí —respondió Milena—. No quiero que se haga demasiado tarde.

La madre de Julián se acercó a ella.

—Me alegra mucho que hayas venido.

—Gracias por recibirme otra vez.

—Esta casa también es tu casa, ya lo sabes.

Milena sonrió.

—Gracias.

Después se despidió del padre de Julián, que le recordó que podía volver cuando quisiera.

—La próxima vez no vengas con tanta prisa —le dijo.

—Lo intentaré.

Julián tomó las llaves que había dejado sobre la mesa.

—¿Lista?

—Ahora sí.

Milena se acercó a Elena.

—Me alegró conocerte.

Elena sonrió.

—A mí también.

Hubo un pequeño silencio.

—Y espero que podamos hablar con más calma en otra ocasión —añadió Milena.

—Claro.

Milena le dio un abrazo breve antes de apartarse.

Julián se acercó a Elena.

—Nos vemos.

—Sí.

Se dieron un abrazo corto, de esos que ya eran habituales entre ellos.

—Cuídate —dijo Julián.

—Tú también.

Julián se volvió hacia Milena.

Ella ya estaba esperando junto a la puerta.

—¿Vamos?

—Vamos.

Milena tomó su mano y ambos salieron de la casa.

Elena permaneció unos segundos en la sala, mirando hacia la puerta que acababa de cerrarse.

No sabía exactamente qué había cambiado.

Quizá no había sido algo que hubiera ocurrido de repente.

Quizá Julián simplemente había empezado a vivir una vida que ella no había visto comenzar.

Y, por primera vez, Elena se preguntó en qué momento había empezado a conocer a alguien que ahora parecía tan distinto al hombre que ella creía conocer.