Perdida CAPÍTULO 111 — Un domingo en familia
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CAPÍTULO 111 — Un domingo en familia

Un domingo en familia

Tres semanas habían pasado desde el viaje.

La rutina había vuelto a instalarse en sus vidas, aunque ahora era más frecuente que Julián y Milena buscaran momentos para verse.

Ese domingo, Milena lo había invitado a almorzar con su familia.

—¿Ya estás listo? —preguntó ella cuando lo vio terminar de arreglarse.

—Desde hace rato.

—Entonces vamos.

—¿Va a estar todo el mundo?

—Mis papás, Sandra, Sofía… y Ernesto.

Julián sonrió.

—Hoy por fin conozco al famoso Ernesto.

—No es famoso.

—Me has hablado bastante de él.

—Es mi hermano.

—Precisamente.

Milena soltó una risa.

—Te va a caer bien.

—Eso espero.

Llegaron cerca del mediodía.

Los padres de Milena los recibieron con la familiaridad de siempre. Poco después llegaron Sandra con su esposo y sus hijos, y Sofía.

Julián saludó a todos con naturalidad.

Ya conocía aquella casa y a buena parte de la familia, así que no había tensión alguna.

Un rato después llegó Ernesto con su esposa y sus dos hijos.

Milena se acercó a recibirlos.

—¡Por fin!

Ernesto la abrazó.

—¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y ustedes?

—Bien.

Después de saludar a los demás, Milena miró a Julián.

—Ven.

Julián se acercó.

—Ernesto, él es Julián.

Ernesto le extendió la mano.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

—Por fin nos conocemos.

—Sí. Ya era hora.

Ernesto sonrió.

—He escuchado hablar bastante de ti.

Julián miró a Milena.

—Espero que solo cosas buenas.

—La mayoría —respondió Ernesto.

—Eso suena preocupante.

Milena intervino entre risas.

—No le hagas caso.

—Todavía no he dicho nada —protestó Ernesto.

—Precisamente.

Los tres rieron.

Poco después todos se acomodaron alrededor de la mesa.

La comida transcurrió entre conversaciones cruzadas, risas y el movimiento constante de los niños.

Julián participaba cuando podía, pero también se dedicaba a escuchar.

En un momento, Ernesto comenzó a preguntarle por su trabajo.

—¿Y cómo terminaste siendo profesor de filosofía?

Julián le contó brevemente cómo había llegado a la universidad y qué era lo que más disfrutaba de enseñar.

Ernesto escuchó con interés.

—Debe ser curioso trabajar con tantos estudiantes.

—Lo es. Algunos días sales pensando que escogiste la profesión equivocada.

Ernesto se rio.

—Eso pasa en cualquier trabajo.

—Exactamente.

La conversación continuó por otros temas y, poco a poco, ambos encontraron puntos en común.

Milena los observó desde su lugar.

No necesitaba intervenir.

Le bastaba con ver que la conversación fluía.

Después del almuerzo, algunos se quedaron en la mesa tomando café mientras otros se levantaron a recoger.

Julián se puso de pie para ayudar.

—Déjalo —dijo Milena—. Tú eres invitado.

—Ya conozco demasiado esta casa para seguir usando esa excusa.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Ella sonrió.

—Entonces ayuda.

Julián tomó algunos platos y siguió a los demás hacia la cocina.

Un rato después, mientras todos conversaban nuevamente, Ernesto se acercó a él.

—Me cayó bien conocerte.

Julián sonrió.

—Tú también me caíste bien.

—Milena tenía razón.

—¿Sobre qué?

—En que nos íbamos a llevar bien.

Julián miró hacia donde estaba Milena.

—Parece que esta vez acertó.

Ernesto soltó una risa.

La tarde continuó tranquila.

Cuando llegó el momento de irse, Julián se despidió de todos.

Ya en la puerta, Milena tomó su mano.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Qué tal tu primer encuentro con Ernesto?

Julián fingió pensarlo.

—Sobreviví.

—Qué dramático.

—Me cayó bien.

Milena sonrió.

—Lo sabía.

—Pero todavía tengo que conocerlo un poco más.

—Tendrás tiempo.

Julián la miró.

—Eso espero.

Y salieron juntos.

Para Julián, aquella tarde había sido algo sencillo: un almuerzo, una conversación y una familia que ya comenzaba a sentirse familiar.

Para Milena, era un pequeño paso más.

Su hermano ya había conocido al hombre con quien estaba compartiendo su vida.

Y, por primera vez, todos parecían encajar con naturalidad.