Perdida CAPÍTULO 110 — De vuelta
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CAPÍTULO 110 — De vuelta

De vuelta

El martes comenzó como cualquier otro día.

El despertador sonó temprano y Milena, todavía medio dormida, buscó el teléfono antes de levantarse.

Tenía un mensaje de Julián.

Julián: Buenos días. ¿Ya estás despierta?

Milena miró la hora.

Milena: No. Estoy respondiendo dormida.

La respuesta llegó enseguida.

Julián: Se nota.

Milena sonrió antes de dejar el teléfono sobre la mesa.

Se levantó, se arregló y volvió a la rutina.

En la universidad, Julián llegó con tiempo suficiente para tomarse un café antes de comenzar su primera clase.

Uno de sus compañeros lo encontró revisando unos documentos.

—¿Ya regresaste?

—Sí.

—¿Qué tal el viaje?

Julián levantó la mirada.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

Su compañero sonrió.

—Eso sonó diferente.

—¿Diferente cómo?

—No sé. Estás de buen humor.

Julián negó con la cabeza.

—Siempre estoy de buen humor.

—Claro.

El comentario quedó ahí.

Poco después comenzaron las clases y el resto de la mañana pasó entre explicaciones, preguntas y estudiantes intentando convencerlo de que una entrega merecía unos días más.

Mientras tanto, Milena también había retomado su jornada.

Entre consultas y pendientes apenas tuvo tiempo de mirar el teléfono.

Cuando finalmente pudo hacerlo, encontró otro mensaje.

Julián: ¿Ya almorzaste?

Milena revisó la hora y respondió: Milena: No. Y no me regañes.

Julián: No iba a hacerlo.

Milena: Mentira.

Julián: Un poco.

Ella soltó una risa y guardó el teléfono.

La jornada continuó.

Por la tarde, cuando ambos terminaron sus obligaciones, Julián la llamó.

—¿Cómo te fue?

—Bien. Cansada.

—Yo también.

—¿Y qué haces?

—Estoy llegando a casa.

Milena se quedó en silencio unos segundos.

—Yo también.

—¿Entonces?

—Entonces nada.

—¿Nada?

—Que pensé que ibas a decirme algo.

—Estoy esperando que tú lo digas.

Milena sonrió.

—Qué cómodo.

—Soy una persona paciente.

—Eso no te lo creo.

Julián soltó una carcajada.

—¿Quieres que nos veamos?

—¿Hoy?

—Si no estás demasiado cansada.

Milena miró el reloj.

—Podemos cenar algo.

—Perfecto.

—Pero tú escoges el lugar.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Piénsalo bien.

—Julián…

—Solo pregunto.

—Escoge tú.

—Está bien.

—Y no te demores veinte minutos.

—Eso pasó una sola vez.

—Una sola vez que yo recuerde.

—Entonces estamos empatados.

Milena sonrió.

—Nos vemos más tarde.

—Nos vemos.

La llamada terminó.

Milena dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó unos segundos pensando en la conversación.

El viaje había terminado.

La rutina había regresado.

Pero ahora había algo distinto en medio de esa rutina: saber que al terminar el día todavía podían encontrarse, compartir una comida y contarse cómo había sido la jornada.

No necesitaban estar de viaje para sentirse cerca.

Esta vez, la vida cotidiana también empezaba a tener espacio para ellos.