CAPÍTULO 108 — Entre flores
Entre flores
Después de caminar varias calles, Julián tomó una desviación que los llevó por un camino más tranquilo.
Milena miró alrededor.
—¿Falta mucho?
—Unos minutos.
—Eso dijiste hace diez minutos.
—Ahora sí es verdad.
—Eso también lo dijiste hace diez minutos.
Julián soltó una risa.
—Ya casi.
El camino se fue alejando poco a poco de las casas. A ambos lados comenzaron a aparecer algunas zonas de vegetación hasta que, después de una última curva, el paisaje cambió por completo.
Milena se detuvo.
Frente a ellos se extendía un campo lleno de flores.
Había flores de distintos tamaños y colores que se movían suavemente con el viento.
—Julián…
Él la miró.
—¿Te gusta?
Milena no respondió inmediatamente. Dio unos pasos hacia adelante, observando todo a su alrededor.
—Es precioso.
Julián sonrió.
—Sabía que te iba a gustar.
—¿Cómo encontraste esto?
—Buscando lugares para venir.
—¿Y no me dijiste nada?
—Quería que lo vieras.
Milena lo miró con una sonrisa.
—Esta vez sí te salió la sorpresa.
—¿Esta vez?
—No importa.
Julián negó con la cabeza, divertido.
Caminaron lentamente entre las flores, procurando no pisarlas.
Milena se agachó junto a unas pequeñas flores amarillas.
—Mira estas.
—Las estás mirando desde hace como cinco minutos.
—Porque son bonitas.
—Todas son bonitas.
—No todas.
—¿Cómo sabes?
—Porque algunas parecen hechas para una foto y otras no.
Julián sacó el teléfono.
—Entonces voy a comprobarlo.
—¿Qué vas a hacer?
—Tomarte una foto.
Milena se acomodó el cabello.
—Espera.
—¿Qué?
—No me tomes así.
—¿Así cómo?
—Así, sin avisar.
—Pero si aviso, empiezas a posar.
—¡Porque hay que posar!
—Precisamente.
Ella se rio.
—Dame el teléfono.
—¿Para qué?
—Yo te voy a tomar una a ti.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta posar.
Milena lo miró.
—Ahora entiendes mi problema.
Julián terminó riéndose y le entregó el teléfono.
Después de varias fotografías y algunas discusiones sobre quién había salido peor, volvieron a caminar.
En un punto encontraron un lugar donde podían sentarse sin dañar las flores.
Milena se acomodó en el suelo y Julián se sentó a su lado.
El viento movía suavemente algunas flores frente a ellos.
—Gracias por traerme —dijo ella.
—De nada.
—Y por la sorpresa.
—También.
Milena apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Aunque sigo pensando que ayer te demoraste demasiado escogiendo la cena.
Julián la miró.
—¿Otra vez con eso?
—No lo he olvidado.
—Yo tampoco he olvidado que hoy tardaste cinco minutos escogiendo el desayuno.
—Pero al final escogí lo mismo que tú.
—Ese no es el punto.
—¿Entonces cuál es?
Julián sonrió.
—Que somos iguales de indecisos.
Milena soltó una carcajada.
—No. Tú eres peor.
—Claro.
Y siguieron discutiendo por unos minutos sobre quién era más indeciso, hasta que ninguno recordó siquiera cómo había empezado la discusión.
El campo permaneció tranquilo a su alrededor.
Y entre flores, risas y pequeñas discusiones sin importancia, el día continuó.