Perdida CAPÍTULO 107 — Un día diferente
74%

CAPÍTULO 107 — Un día diferente

Un día diferente

El desayuno fue más tranquilo de lo que Milena esperaba.

Habían encontrado una pequeña cafetería a unas calles del alojamiento. Era sencilla, con pocas mesas, música suave y el olor del café recién hecho llenando el lugar.

Milena llevaba varios minutos mirando la carta.

Julián ya había escogido.

—¿Qué vas a pedir?

—Todavía no sé.

—Llevas cinco minutos mirando el menú.

—Estoy analizando mis opciones.

Julián sonrió.

—¿Cómo ayer?

Milena levantó la mirada.

—¿Cómo que como ayer?

—Ayer fui yo el que tardó escogiendo la cena.

—Exactamente. Así que no tienes derecho a decir nada.

—Yo tenía motivos.

—¿Cuáles?

—Tenía hambre.

Milena soltó una carcajada.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí.

Ella volvió a mirar la carta.

—Bueno, ahora me toca a mí.

—Veo que estás aprendiendo.

—No estoy aprendiendo de ti.

—Eso espero.

Finalmente, Milena cerró la carta.

—Ya sé.

—¿Qué vas a pedir?

—Lo mismo que tú.

Julián la miró sorprendido.

—¿Después de todo ese análisis?

—Sí.

—¿Y para eso tardaste tanto?

—Necesitaba estar segura.

—Claro.

Ella sonrió mientras él negaba con la cabeza.

Después del desayuno caminaron por las calles del pueblo sin un rumbo definido. Entraron a un par de tiendas, miraron algunas artesanías y se detuvieron frente a un puesto donde vendían objetos hechos a mano.

Milena tomó una pequeña figura de cerámica.

—Mira esto.

Julián la observó.

—¿Qué se supone que es?

—Un gato.

—Eso parece una vaca.

Milena lo miró indignada.

—¡Es un gato!

—Si tú lo dices.

Ella volvió a dejar la figura en su sitio.

—Definitivamente no tienes sensibilidad artística.

—Eso me ha quedado claro.

Siguieron caminando entre risas.

Más adelante llegaron a una plaza pequeña, rodeada de árboles y algunas bancas.

Milena señaló una.

—Vamos a sentarnos un rato.

—¿Cansada?

—Un poquito.

Julián se sentó a su lado.

Milena se acomodó y apoyó la cabeza en su hombro.

Él pasó un brazo alrededor de ella.

Durante unos minutos no hablaron.

Solo observaron a las personas que caminaban por la plaza y escucharon el ruido tranquilo de la mañana.

—¿Sabes qué? —dijo Milena.

—¿Qué?

—Me gusta este lugar.

—A mí también.

—Aunque el gato parecía una vaca.

Julián soltó una risa.

—Todavía no superas eso.

—No voy a superarlo.

—Está bien.

Milena levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Y tú qué quieres hacer después?

Julián pensó un momento.

—Podemos seguir caminando. Hay un lugar que quiero mostrarte.

—¿Qué lugar?

—Si te lo digo, deja de ser sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué haces esto?

—Porque esta sí creo que te va a gustar.

Milena entrecerró los ojos.

—Eso sonó sospechoso.

—Confía en mí.

Ella sonrió.

—Está bien.

Julián se levantó y le tendió la mano.

Milena la tomó.

Y continuaron caminando, dejando atrás la plaza y llevando con ellos esa complicidad sencilla que parecía aparecer cada vez con más naturalidad entre los dos.