Perdida CAPÍTULO 105 — La primera noche
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CAPÍTULO 105 — La primera noche

La primera noche

La tarde pasó más rápido de lo que esperaban.

Caminaron por varias calles del pueblo, entraron a un par de tiendas pequeñas y se detuvieron frente a algunos lugares que llamaron su atención.

Milena se detenía cada vez que encontraba algo que quería mirar.

Julián ya había perdido la cuenta.

—¿Vamos a entrar a todas?

—No a todas.

—¿A cuántas?

Milena miró la siguiente tienda.

—A esa.

Julián soltó una risa.

—Lo sabía.

—No tienes que entrar.

—Ya estoy aquí.

Ella sonrió y tomó su mano.

—Entonces acompáñame.

Dentro encontraron algunas artesanías y objetos hechos a mano.

Milena observó una pequeña pieza de cerámica.

—Está bonita.

—Sí.

—Pero no sé dónde la pondría.

—Entonces no la compres.

—Eso es muy fácil decirlo.

—¿Por qué?

—Porque tú no eres quien tiene que decidir si algo es bonito o necesario.

Julián la miró.

—¿Y cuál es la diferencia?

Milena dejó la pieza en su lugar.

—Que algunas cosas no tienen que ser necesarias para quererlas.

Julián sonrió.

—Eso explica muchas de tus compras.

—Exactamente.

Salieron de la tienda unos minutos después.

La luz de la tarde comenzaba a cambiar.

El pueblo seguía tranquilo.

Caminaron sin prisa hasta encontrar un restaurante pequeño.

—¿Aquí? —preguntó Julián.

Milena miró el lugar.

—Aquí.

Entraron.

La comida llegó poco después.

Durante la cena hablaron de cosas sencillas.

De la comida.

Del lugar.

De lo diferente que se sentía estar lejos de la rutina.

En algún momento, Milena tomó un poco de su bebida y miró a Julián.

—Te ves diferente.

Él levantó una ceja.

—¿Diferente cómo?

—Más relajado.

—¿Eso es bueno?

—Sí.

—Entonces tú también estás haciendo un buen trabajo.

—¿Yo?

—Sí.

Milena sonrió.

—¿Qué hice?

—Conseguí que dejara de pensar en el trabajo por unas horas.

—No sabía que tenía ese poder.

—Yo tampoco.

Ella negó con la cabeza.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Cuando regresaron al lugar donde se hospedaban, ya era de noche.

Subieron las escaleras en silencio.

Milena abrió la puerta y encendió la luz.

Dejó el bolso sobre la silla.

Julián cerró la puerta detrás de ellos.

—¿Cansada?

—Un poco.

—Yo también.

Milena se quitó los zapatos.

—Creo que caminar tanto fue mala idea.

—Tú quisiste entrar a todas las tiendas.

—No a todas.

—A muchas.

—Exagerado.

Julián sonrió.

Se sentó en la cama.

Milena se acercó y se sentó a su lado.

Durante unos segundos ninguno habló.

Después ella apoyó la cabeza en su hombro.

Julián pasó un brazo alrededor de ella.

—¿Te gustó el día?

—Mucho.

—A mí también.

Milena levantó la cabeza.

—Aunque casi me haces devolver la cerámica.

—No te la compré.

—Exactamente.

Él rio.

Ella también.

Después volvió a apoyarse en él.

El silencio que siguió ya no era el de dos personas que no sabían qué decir.

Era simplemente tranquilidad.

Julián bajó la mirada hacia ella.

Milena levantó los ojos.

Se quedaron mirándose durante unos segundos.

Él acercó una mano a su rostro y apartó suavemente un mechón de cabello.

Milena sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Sí.

—¿Por qué?

Julián hizo una pequeña pausa.

—Porque quiero.

Ella sonrió otra vez.

—Eso no responde nada.

—Es la respuesta.

Milena se acercó un poco más.

El beso comenzó de manera tranquila.

Sin prisa.

Como todo lo que habían construido entre ellos.

Cuando se separaron, permanecieron cerca.

Julián apoyó la frente contra la de ella.

—¿Estás bien?

Milena asintió.

—Sí.

—¿Segura?

—Segura.

Ella tomó su mano.

No hubo necesidad de decir nada más.

El resto de la noche quedó solamente para ellos.

Y, por primera vez, la cercanía entre ambos dejó de ser únicamente una promesa.

Fue algo que decidieron compartir.