Perdida CAPÍTULO 104 — El lugar
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CAPÍTULO 104 — El lugar

El lugar

Cuando finalmente llegaron al pueblo, el sol estaba alto.

Las

calles

eran

tranquilas.

Había

pequeñas

tiendas,

restaurantes y algunas casas

que parecían conservar parte

antiguas

de la historia del lugar.

Julián estacionó frente al sitio donde se hospedarían.

Milena bajó del automóvil y miró alrededor.

—Me gusta.

Julián abrió el baúl.

—Eso espero.

—¿Tú lo escogiste?

—Sí.

Milena lo miró con una sonrisa.

—¿Y si no me gustaba?

—Te habría llevado a otro.

—Qué considerado.

—Intento serlo.

Julián tomó las maletas.

Milena quiso ayudarlo con una.

—Déjame esa.

—Puedo llevarla.

—Ya manejaste todo el camino.

—Y todavía tengo brazos.

—Julián.

Él la miró.

Milena extendió la mano.

—Dámela.

Julián terminó entregándosela.

—Está bien.

—Gracias.

Entraron.

El lugar era pequeño y sencillo. La mujer de la recepción los recibió y, después de explicarles lo necesario, les entregó la llave.

—Que disfruten su estadía.

—Muchas gracias —respondió Milena.

Subieron las escaleras.

Cuando llegaron a la habitación, Julián dejó las maletas junto a la pared.

Milena abrió una de ellas.

—Voy a sacar algunas cosas.

—Hazlo.

Julián se sentó en el borde de la cama.

Milena lo miró.

—¿Cansado?

—Un poco.

—¿Un poco?

—Bueno… bastante.

Ella sonrió.

—Eso quería escuchar.

—¿Por qué?

—Porque llevas todo el camino diciendo que estabas bien.

—Estaba bien.

—Y ahora estás sentado sin moverte.

Julián soltó una risa.

—Estoy descansando.

—Exactamente.

Milena terminó de sacar algunas prendas y las acomodó en el armario.

—Tú acuéstate un rato.

—¿Y tú?

—Yo voy a terminar de organizar esto.

—Te ayudo.

—No.

—Milena…

—Manejaste varias horas. Yo puedo guardar cuatro camisas.

Julián la observó unos segundos.

—Está bien.

—Así me gusta.

Él se recostó.

Milena continuó acomodando sus cosas.

—Por cierto —dijo ella—, todavía no entiendo por qué trajiste dos pares de zapatos.

Julián abrió los ojos.

—Porque necesitaba dos pares.

¿Para dos días?

—Uno para caminar y otro para salir.

—¿Salir a dónde?

—No sé.

Milena se giró hacia él.

—Entonces trajiste zapatos para un lugar al que todavía no sabemos si vamos a ir.

—Exactamente.

Ella negó con la cabeza.

—Los hombres…

—¿Qué tienen los hombres?

—Nada.

—Eso pensé.

Milena sonrió y siguió organizando.

Unos minutos después terminó y se sentó junto a él.

—¿Mejor?

—Mucho mejor.

—¿Quieres dormir?

Julián la miró.

—Un rato.

—Entonces duerme.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Nada.

—¿Nada?

—Sí. Puedo sentarme aquí.

Julián tomó su mano.

—Quédate.

Milena entrelazó sus dedos con los de él.

—Me quedo.

Julián cerró los ojos.

Milena permaneció a su lado.

No pasó mucho tiempo antes de que la respiración de él se volviera más lenta.

Ella lo observó durante unos segundos y sonrió.

Con cuidado, soltó su mano para acomodarle una almohada.

Julián abrió los ojos.

—¿Qué haces?

—Ayudándote a dormir.

—Estaba cómodo.

—Estabas prácticamente sin almohada.

—Y estaba bien.

—Claro.

Él volvió a cerrar los ojos.

—No te vayas.

Milena lo miró.

—No me voy.

Esta vez no dijo nada más.

Se quedó allí, sentada a su lado, mientras él descansaba.

Una hora después, Julián abrió los ojos.

La habitación estaba en silencio.

Milena estaba sentada cerca de la ventana, mirando algo en su teléfono.

—¿Dormí mucho?

Ella levantó la mirada.

—Más o menos una hora.

Julián se incorporó.

—¿Y tú?

—Yo también descansé.

—¿Sin dormir?

—Sin dormir.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Necesitaba eso.

—Lo sé.

Milena dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Ya estás mejor?

—Sí.

Se quedó mirándola un momento.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por cuidarme.

Milena sonrió.

—No tienes que agradecerme eso.

—Igual lo hago.

Ella se acercó y le dio un beso corto.

—De nada.

Julián sonrió.

—Ahora sí puedo salir.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Bien.

Milena se levantó.

—Entonces vamos a conocer el pueblo.

Julián se puso de pie.

—¿Y después?

—Después buscamos algo para comer.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Tengo hambre.

—Eso sí es importante.

Milena tomó su bolso.

—Mucho.

Julián abrió la puerta.

—Vamos entonces.

Salieron de la habitación juntos.

Esta vez, sin equipaje.

Sin carretera por delante.

Y con todo el resto del día para descubrir un lugar nuevo.