CAPÍTULO 103 — El camino
El camino
A las siete en punto, Julián estaba frente a la casa de Milena.
Ella salió unos minutos después, llevando uno de sus bolsos en una mano y el otro en la otra.
Julián bajó del automóvil.
—Buenos días.
—Buenos días.
Miró los bolsos.
Después la miró a ella.
—No voy a decir nada.
Milena sonrió.
—Más te vale.
Julián tomó uno de ellos.
—Este pesa demasiado.
—Porque tiene cosas importantes.
—¿Cómo cuáles?
—Cosas importantes.
—Entiendo.
Abrió el baúl.
—Ponlo aquí.
Milena acomodó sus cosas y cerró.
Antes de subir al automóvil, miró la casa.
—¿Revisaste todo?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Llaves?
—Sí.
—¿Teléfono?
—Sí.
—¿Cargador?
Milena se quedó pensando.
—…
Julián sonrió.
—Lo sabía.
Ella volvió rápidamente hacia la puerta.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te estás riendo.
—Un poco.
Unos minutos después regresó con el cargador en la mano.
—Ahora sí.
—Ahora sí.
Subieron al automóvil.
Los primeros kilómetros transcurrieron en silencio.
No porque no tuvieran nada que decir.
Simplemente estaban disfrutando de la mañana.
La carretera todavía estaba tranquila.
El sol comenzaba a elevarse y el paisaje cambiaba lentamente detrás de las ventanas.
Milena observaba por el cristal.
—Hace tiempo no salía así.
—¿Así cómo?
—Sin tener que ir a trabajar.
Julián sonrió.
—Yo tampoco.
—Siempre encontramos una razón para posponerlo.
—Por eso dije que tenía que ser ahora.
Milena lo miró.
—¿Tú lo propusiste porque sabías que si lo dejábamos para después no íbamos a ir?
—Exactamente.
—Muy estratégico.
—Funcionó.
—Eso parece.
Volvió a mirar por la ventana.
—Me alegra que lo hayas propuesto.
Julián la miró brevemente.
—A mí también.
Después de un rato, Milena comenzó a hablar.
De una paciente que había dicho algo extraño durante una consulta.
De una canción que había escuchado esa mañana.
De una cafetería que quería probar.
Julián le contó una anécdota de la universidad.
Después otra.
Y una terminó llevando a una historia de su época de estudiante.
Milena rio.
—No puedo imaginarte haciendo eso.
—Tenía veinte años.
—Eso no cambia nada.
—Claro que cambia.
—No demasiado.
Julián negó con la cabeza.
—Tú también tienes historias que todavía no conozco.
—Muchas.
—Entonces tendremos tiempo.
Milena lo miró.
—¿Tiempo?
—Sí.
—¿Para qué?
Julián mantuvo la mirada en la carretera.
—Para conocernos.
Ella sonrió.
—Creí que ya me conocías.
—Conozco muchas cosas de ti.
—¿Y no es suficiente?
—No.
Milena soltó una pequeña risa.
—Qué exigente.
—No es exigencia.
Hizo una pausa.
—Es curiosidad.
Ella volvió a mirar por la ventana.
Pero siguió sonriendo.
Hicieron una parada a mitad del camino.
Un pequeño restaurante junto a la carretera.
Milena pidió café.
Julián pidió algo para comer.
—Dijiste que no tenías hambre.
—Ahora sí.
—Sabía que ibas a terminar comiendo.
—No digas nada.
Milena sonrió.
Mientras esperaban, ella apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Sabes qué me gusta de esto?
—¿Qué?
—Que no tenemos que hacer nada.
Julián la observó.
—Podemos caminar.
—Sí.
—Podemos conocer el lugar.
—Sí.
—Podemos comer.
—Eso definitivamente.
Julián rio.
—Pero si queremos regresar al hotel y dormir toda la tarde…
—También.
Él sonrió.
—Entonces no tenemos ningún plan.
—Tenemos un plan.
—¿Cuál?
Milena lo miró.
—Estar juntos.
Julián se quedó callado unos segundos.
Después sonrió.
—Ese me gusta.
Después de terminar, volvieron al automóvil.
La carretera continuaba frente a ellos.
Milena apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos por unos segundos.
Julián la miró de reojo.
—¿Te dormiste?
—No.
—Parecía.
—Solo estoy descansando.
—Está bien.
Milena abrió los ojos y lo miró.
—¿Cuánto falta?
Julián miró el tablero.
—Todavía un poco.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para que puedas seguir descansando.
Ella sonrió.
—Entonces avísame cuando lleguemos.
—Lo haré.
Milena volvió a acomodarse en el asiento.
Julián continuó conduciendo.
Afuera, el paisaje seguía cambiando.
Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tenía prisa por llegar.