Perdida CAPÍTULO 102 — Algún día
71%

CAPÍTULO 102 — Algún día

Algún día

El miércoles por la tarde, Julián salió de la universidad más tarde de lo habitual.

Había tenido una reunión que se extendió más de lo esperado y, cuando finalmente llegó a su automóvil, tomó el teléfono.

Tenía un mensaje de Milena.

—¿Sobreviviste?

Julián sonrió.

—Apenas.

—Entonces necesitas comer.

—Probablemente.

—Eso significa que no has comido.

—Estoy empezando a notar que me conoces demasiado.

—Todavía no.

Julián guardó el teléfono.

Antes de encender el automóvil, se quedó unos segundos pensando.

Últimamente había algo que se repetía entre ellos.

No era una promesa.

Ni un plan concreto.

Era una frase que aparecía de vez en cuando.

Algún día deberíamos irnos unos días.

La habían dicho después de cenar.

En alguna conversación antes de dormir.

Incluso una vez mientras caminaban.

Pero siempre quedaba en eso.

Algún día.

Julián volvió a tomar el teléfono.

—¿Qué haces este fin de semana?

La respuesta tardó un poco.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que estés pensando.

Julián sonrió.

—¿Y si te digo que quiero que nos vayamos?

—¿A dónde?

—No sé todavía.

—Julián.

—¿Sí?

—¿Estás proponiendo algo sin tener un plan?

—Sí.

Milena soltó una pequeña risa.

—Eso sí es nuevo.

—Podemos buscar un lugar.

—¿Ahora?

—Ahora.

Ella tardó unos segundos.

—Está bien.

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que quiero ver qué tan mala es tu idea.

—Perfecto.

—Y una cosa.

—¿Cuál?

—Yo escojo dónde vamos a comer.

—Eso sí me preocupa.

—Debería.

Julián rio.

Esa noche terminaron buscando lugares desde el teléfono de Milena.

Descartaron varios.

Uno quedaba demasiado lejos.

Otro parecía demasiado turístico.

Otro tenía unas fotografías que hicieron que Milena dijera: —No pienso dormir ahí.

Julián rio.

—Ni siquiera hemos llegado.

—Precisamente.

Después de un rato encontraron un pequeño pueblo a unas horas de distancia.

No era un destino famoso.

Tenía calles tranquilas, algunos restaurantes, un río cercano y varios lugares donde podían caminar.

Milena miró las fotografías.

—Me gusta.

—A mí también.

—¿De verdad vamos?

—Sí.

Ella levantó la mirada.

—¿Este fin de semana?

—Este fin de semana.

Milena sonrió.

—Entonces tendremos que preparar las cosas.

—Tenemos tiempo.

—Tú tienes tiempo. Yo todavía tengo que decidir qué llevar.

Julián la miró.

—Son dos días.

—Lo sé.

—Entonces no necesitas demasiado.

Milena sonrió.

—Eso dices porque no eres tú quien tiene que decidir.

—Puedo ayudarte.

—No.

—¿Por qué?

—Porque seguramente me vas a decir que lleve lo mínimo.

—Probablemente.

—Entonces no sirves para esto.

Julián soltó una carcajada.

El viernes por la noche, Milena estaba preparando sus cosas cuando Julián llegó.

Se quedó mirándola unos segundos.

Había ropa sobre la cama.

Un bolso abierto.

Otro junto a la puerta.

—¿Todo eso es para dos días?

Milena levantó la mirada.

—Sí.

—Milena…

—¿Qué?

—Vamos a regresar.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué llevas dos bolsos?

Ella señaló uno.

—Ese es el mío.

Después señaló el otro.

—Y ese tiene cosas que pueden hacer falta.

Julián sonrió.

—¿Qué cosas?

—No sabes.

—Exactamente.

Milena tomó una prenda y la guardó.

—No empieces.

—No estoy diciendo nada.

—Pero estás pensando.

—Eso sí.

Ella le lanzó una mirada divertida.

—Ayúdame mejor.

Julián tomó una de las prendas.

—¿Esto?

—Sí.

—¿Y esto?

—También.

—Entonces no entiendo por qué preguntaste.

—Porque quería que ayudaras.

Julián negó con la cabeza, sonriendo.

—Está bien.

Antes de despedirse, Milena se acercó a él.

—Mañana a las siete.

—A las siete.

—¿Seguro?

Julián la miró.

—Milena, sabes que soy puntual.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Porque quería escucharlo.

Él sonrió.

—Estaré aquí a las siete.

—Eso sería muy tú.

Julián se acercó y la besó.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Cuando salió, Milena permaneció unos segundos junto a la puerta.

Sonrió.

No era un gran viaje.

No habían planeado demasiado.

Ni siquiera sabían exactamente qué harían durante esos dos días.

Pero había algo emocionante en la idea de despertarse al día siguiente y saber que, durante un pequeño espacio de tiempo, no tendrían que correr a ninguna parte.

Solo estarían juntos.

Un lugar diferente.

Unos días sin horarios.

Y tiempo.

Tiempo para seguir conociéndose.

Julián caminó hacia su automóvil.

Miró la hora.

Todavía faltaban varias horas para el día siguiente.

Sonrió.

Por primera vez, no le molestaba esperar.

Porque sabía exactamente hacia dónde iba.