CAPÍTULO 101 — Lo cotidiano
Lo cotidiano
El martes llegó sin nada especial.
Julián había vuelto a su rutina.
La universidad.
Las clases.
Los documentos pendientes.
Las conversaciones rápidas entre una clase y otra.
Todo parecía igual.
Y, sin embargo, algo había cambiado.
No en la universidad.
No en su trabajo.
Sino en la manera en que él estaba viviendo sus días.
A media mañana, mientras revisaba unos documentos en su oficina, tomó el teléfono.
Tenía un mensaje de Milena.
—¿Ya desayunaste?
Julián sonrió.
—Sí.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
—Mentiroso.
Él soltó una pequeña risa.
—¿Cómo sabes?
—Porque te conozco.
Julián dejó el teléfono sobre el escritorio.
Intentó volver a concentrarse.
No pudo.
—¿Y tú?
—Yo sí desayuné.
—¿Qué comiste?
—Eso no te importa.
—Entonces no desayunaste bien.
Milena tardó unos segundos en responder.
—Definitivamente te estás volviendo insoportable.
—Eso dices ahora.
—¿Y después?
—Después probablemente también.
Ella respondió con un emoji riéndose.
Julián dejó el teléfono sobre la mesa.
Sonrió.
No era una conversación importante.
No estaban hablando de nada trascendental.
Solo estaban compartiendo una parte pequeña de la mañana.
Y quizá eso era precisamente lo que le gustaba.
Al terminar sus clases, Julián revisó nuevamente el teléfono.
Había otro mensaje.
—¿Qué haces esta tarde?
—Tengo que terminar unas cosas.
—Entonces te espero cuando termines.
Julián sonrió.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Me estás invitando?
—No.
—¿Entonces?
—Te estoy avisando que voy a estar ahí.
Julián negó con la cabeza.
—Entendido.
Unos segundos después llegó otro mensaje.
—Y compra algo para comer.
—¿Qué quieres?
—Sorpréndeme.
—Eso es peligroso.
—Confío en ti.
Julián se quedó mirando aquella última frase durante unos segundos.
Confío en ti.
Guardó el teléfono.
Y volvió a su trabajo.
Llegó a casa de Milena cerca de las seis.
Ella abrió la puerta.
—Llegaste.
—Me dijiste que viniera.
—No dije que llegaras puntual.
—Entonces puedo irme.
Milena sonrió.
—Ya entraste.
Julián levantó la bolsa que llevaba en la mano.
—Traje comida.
—Ahora sí puedes quedarte.
—Qué conveniente.
Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Julián entró.
Ya no tuvo aquella sensación de estar visitando la casa de alguien.
Conocía el lugar.
Sabía dónde estaba la cocina.
Sabía dónde Milena guardaba algunas cosas.
Incluso sabía qué taza solía utilizar.
Pequeños detalles.
Nada extraordinario.
Pero eran señales de que empezaba a formar parte de aquel espacio.
Comieron en la sala.
Después pusieron una película.
Ninguno de los dos llegó a prestarle demasiada atención.
Milena terminó recostada contra él.
Julián tenía un brazo alrededor de sus hombros.
Pasaron varios minutos.
—Julián.
—¿Sí?
—¿Te das cuenta de que últimamente pasamos mucho tiempo juntos?
Él bajó la mirada hacia ella.
—Sí.
—¿Te molesta?
—No.
—A mí tampoco.
Julián sonrió.
—Entonces estamos bien.
Milena levantó ligeramente la cabeza.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé.
Julián pensó unos segundos.
—Me gusta estar contigo.
Milena sonrió.
—Eso está mejor.
Él le dio un beso suave en la frente.
—¿Así?
—Así.
Volvió a acomodarse contra él.
La película continuó.
Ninguno recordaría después qué había ocurrido en ella.
Pero tampoco importaba.
Cuando terminó la película, Milena se levantó para llevar los vasos a la cocina.
Julián la siguió.
—Déjalos ahí.
—Puedo lavarlos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque viniste a verme, no a trabajar.
Julián sonrió.
—Entonces puedo quedarme sentado.
—Exactamente.
Él se apoyó contra la encimera.
La observó durante unos segundos.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez me estás mirando.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta hacerlo.
Milena sonrió.
—Definitivamente estás cambiando.
Julián se acercó.
—¿Para bien?
—Todavía lo estoy evaluando.
Él rio.
La besó.
Esta vez un poco más despacio.
Sin prisa.
Sin necesidad de demostrar nada.
Cuando se separaron, Milena apoyó la frente contra la suya.
—¿Te vas a ir?
Julián miró la hora.
—Debería.
—Eso no respondió mi pregunta.
Él sonrió.
—No quiero irme.
Milena sonrió también.
—Entonces quédate un rato más.
Y se quedó.
No porque hubiera una razón especial.
No porque aquella noche tuviera que convertirse en algo extraordinario.
Simplemente porque quería estar allí.
Más tarde, cuando finalmente se levantaron para ir a dormir, Julián la acompañó hasta la habitación.
Se detuvo en la puerta.
—Buenas noches.
Milena lo miró.
—¿Eso es todo?
Julián sonrió.
—¿Qué esperabas?
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
Él se acercó y volvió a besarla.
—Ahora sí.
Milena rio.
—Buenas noches.
Julián salió de la habitación.
Y mientras caminaba hacia la puerta, pensó en lo extraño que era aquello.
No había ocurrido nada extraordinario.
Habían comido.
Habían visto una película.
Habían hablado.
Habían reído.
Habían compartido unas horas.
Y, sin darse cuenta, estaban empezando a construir algo que no necesitaba grandes acontecimientos para sentirse real.
Porque quizá una relación también era eso.
La posibilidad de estar juntos sin tener que llenar cada momento de palabras.
Saber que podían verse al día siguiente.
Saber que podían quedarse un rato más.
Saber que, poco a poco, sus vidas empezaban a tener espacios compartidos.
Y sentirse bien con ello.
Julián salió de la casa de Milena con una sonrisa.
Esta vez no pensó en el pasado.
Pensó en el próximo día.
Y le gustó la idea.