CAPÍTULO 100 — El mismo río
El mismo río
El marcador se deslizó por la pizarra.
Julián escribió una frase y permaneció unos segundos frente a ella.
Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces.
Algunas voces se apagaron poco a poco.
Los estudiantes comenzaron a mirar hacia la pizarra.
Julián se volvió hacia ellos.
—Eso nos enseñó Heráclito.
Dejó el marcador sobre el borde del escritorio.
—Creemos que cuando regresamos a un lugar, a una persona o incluso a una situación, todo permanece igual. Pero no es así. El agua ha cambiado. Y nosotros también.
Un estudiante de las primeras filas levantó la mano.
—Profesor.
—Sí.
—Entonces, si nosotros también cambiamos, ¿cómo sabemos que seguimos siendo la misma persona?
Julián guardó silencio durante unos segundos.
La pregunta era sencilla.
La respuesta, no tanto.
Miró nuevamente la frase escrita en el tablero.
—Tal vez no se trata de permanecer siendo el mismo.
Algunos estudiantes comenzaron a tomar notas.
—Quizá se trata de reconocer quién eres mientras cambias.
El aula permaneció en silencio.
Julián continuó.
—Cambiar no significa necesariamente perderse. A veces significa dejar atrás aquello que ya no somos.
Un estudiante levantó la mano.
—¿Y si uno cambia tanto que ya no se reconoce?
Julián lo miró.
Por un instante, algo dentro de él pareció detenerse.
No fue un recuerdo.
No fue una imagen.
Solo una sensación.
Una pregunta que, de alguna manera, le resultaba demasiado familiar.
—Entonces quizá —respondió finalmente— lo primero que debe hacer es dejar de intentar volver a ser quien era.
El estudiante asintió lentamente.
Julián continuó la explicación.
La clase terminó unos minutos después.
Los estudiantes comenzaron a guardar sus cosas.
—Profesor.
Julián levantó la mirada.
Una estudiante permanecía junto al escritorio.
—¿Sí?
—Me gustó lo que dijo.
—¿Qué parte?
—Que cambiar no significa perderse.
Julián sonrió.
—Me alegra.
—Creo que a veces uno piensa que tiene que volver a ser como antes.
Julián bajó la mirada hacia la pizarra.
La frase seguía allí.
—A veces —dijo— lo que necesitamos no es volver.
La estudiante sonrió.
—Gracias, profesor.
—De nada.
Ella salió del aula.
Julián permaneció solo.
Miró nuevamente la frase.
Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces.
Recordó haber escrito aquellas palabras muchos años atrás.
Entonces le habían parecido una explicación.
Una idea.
Una enseñanza.
Ahora eran algo diferente.
No sabía exactamente qué.
Tomó nuevamente el marcador y añadió debajo:
Porque ni el río ni el hombre son los mismos.
Se quedó observando la frase.
Después sonrió ligeramente.
No porque hubiera encontrado una respuesta.
Sino porque, por primera vez, no sentía la necesidad de encontrarla inmediatamente.
Guardó el marcador.
Tomó sus cosas y salió del aula.
En el pasillo se encontró con uno de sus compañeros.
—¿Ya terminaste?
—Sí.
—¿Café?
Julián asintió.
—Claro.
Caminaron juntos.
—Por cierto —dijo su compañero—, sigo pensando que tienes a alguien.
Julián soltó una risa.
—¿Otra vez con eso?
—No has negado nada.
—Tampoco tengo que hacerlo.
Su compañero lo miró sorprendido.
—Eso suena mucho a confirmación.
Julián sonrió.
—Piensa lo que quieras.
—Definitivamente tienes a alguien.
Julián no respondió.
Solo siguió caminando.
Y, mientras avanzaba por aquel pasillo que había recorrido cientos de veces, pensó en Milena.
En su sonrisa.
En la mañana.
En la noche que habían compartido.
Y sintió nuevamente aquella tranquilidad.
No necesitaba ponerle una explicación.
No necesitaba demostrarla.
No necesitaba convencer a nadie.
Simplemente existía.
Como el río.
Como él.
Como la vida que ahora estaba aprendiendo a vivir.
Y por primera vez, Julián no sintió miedo de cruzar hacia lo que venía.