Perdida CAPÍTULO 98 — Cinco minutos más
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CAPÍTULO 98 — Cinco minutos más

Cinco minutos más

La luz de la mañana entraba lentamente por la ventana.

Milena abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció quieta, todavía adormecida.

Entonces sintió el brazo de Julián alrededor de ella.

Recordó la noche anterior.

Sonrió.

Giró ligeramente la cabeza.

Julián seguía dormido.

Su respiración era tranquila y su rostro tenía una expresión completamente diferente a la que mostraba cuando estaba despierto.

Milena lo observó durante unos segundos.

Había algo extraño en verlo así.

Tan tranquilo.

Tan cerca.

Sin la seriedad del profesor.

Sin las conversaciones profundas.

Sin nada que explicar.

Solo Julián.

Ella intentó moverse con cuidado.

Pero apenas lo hizo, él apretó un poco más el brazo alrededor de ella.

Milena se quedó quieta.

—Julián…

Él murmuró algo que ella no alcanzó a entender.

—Julián.

Esta vez abrió lentamente los ojos.

—¿Qué hora es?

Milena miró hacia el reloj.

—Las nueve.

Él parpadeó.

—¿Las nueve?

—Sí.

Julián permaneció unos segundos en silencio.

Después cerró nuevamente los ojos.

Milena soltó una pequeña risa.

—¿Te vas a volver a dormir?

—Cinco minutos.

—Dijiste lo mismo anoche.

—Y funcionó.

—No.

—Sí.

—Te quedaste toda la noche.

Julián abrió un ojo.

—Eso fue culpa tuya.

Milena lo miró sorprendida.

—¿Mía?

—Me dijiste que me quedara.

—Pero tú dijiste que solo sería un rato.

—Lo intenté.

—¿Cuándo?

Julián pensó unos segundos.

—No recuerdo.

Milena rio.

—Exactamente.

Él sonrió y volvió a cerrar los ojos.

—Cinco minutos más.

—Julián…

—Por favor.

Milena negó con la cabeza.

—Está bien.

Se acomodó nuevamente.

Y durante aquellos cinco minutos ninguno habló.

Milena volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho.

Julián mantuvo el brazo alrededor de ella.

Los cinco minutos pasaron.

Y ninguno hizo el menor esfuerzo por levantarse.

—Creo que ya fueron más de cinco.

Julián abrió los ojos.

—¿Cuánto?

—Veinte.

—Eso no puede ser.

Milena señaló el reloj.

Él miró.

—Bueno…

—¿Bueno qué?

—Tal vez fueron quince.

Milena soltó una carcajada.

—Claro.

Julián se incorporó lentamente.

—Tengo clase.

—A las once y media.

Él la miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque ayer me dijiste.

—Ah.

Se quedó sentado unos segundos, todavía medio dormido.

Milena sonrió.

—Te ves cansado.

—Lo estoy.

—¿Te arrepientes de haberte quedado?

Julián la miró.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Milena sonrió.

—Bien.

—¿Tú sí?

—Tampoco.

Julián se acercó y dejó un beso suave en su frente.

—Entonces valió la pena.

Se levantaron finalmente.

Julián salió de la habitación mientras Milena se arreglaba.

Un rato después se encontraron nuevamente en la cocina.

—¿Café?

—Por favor.

Milena comenzó a prepararlo.

Julián se sentó frente a ella.

—¿Quieres desayunar aquí?

—Sí.

—Entonces espera.

—¿Qué vas a hacer?

—Algo rápido.

Milena lo observó dirigirse hacia la cocina.

—¿Tú vas a cocinar?

Julián la miró.

—¿Por qué te sorprende?

—Porque acabas de despertarte.

—Eso no me impide cocinar.

—A ver qué haces.

Julián sonrió.

—Confía.

—Eso siempre dices.

—Y normalmente funciona.

Milena rio.

Mientras él preparaba el desayuno, ella lo observó en silencio.

Había algo extraño y bonito en aquella escena.

El mismo hombre que el día anterior había estado sentado junto a sus padres, que había pasado la mañana ayudando a su padre y que unas horas después había terminado dormido a su lado, ahora estaba preparando el desayuno como si aquella fuera la cosa más normal del mundo.

—¿Qué miras? —preguntó él sin volverse.

—Nada.

—Estás mirando.

—Estoy pensando.

—Eso es peligroso.

Milena sonrió.

—Estaba pensando que eres bastante diferente en casa.

Julián se volvió.

—¿Diferente?

—Sí.

—¿Para bien o para mal?

—Para bien.

Él sonrió.

—Me alegra.

Desayunaron juntos.

La conversación fue sencilla.

Hablaron de la noche anterior.

De sus padres.

De la película que no habían terminado.

De lo rápido que había pasado el fin de semana.

En un momento, Milena apoyó el codo sobre la mesa.

—¿Sabes qué me gusta?

—¿Qué?

—Que todo esto haya pasado sin planearlo.

Julián la miró.

—¿Te refieres a la visita?

—A todo.

Hizo una pausa.

—Ir contigo a casa de tus padres.

—Quedarnos el domingo.

—Volver aquí.

Sonrió.

—Y terminar durmiendo juntos.

Julián también sonrió.

—Eso definitivamente no estaba en el plan.

—No.

—Pero no estuvo mal.

—No.

Se miraron.

Y ambos sonrieron.

El reloj avanzó.

Julián lo miró.

—Tengo que irme.

Milena hizo una pequeña mueca.

—Todavía falta.

—Tengo que llegar con tiempo.

—Profesor responsable.

—Siempre.

—Mentiroso.

Julián rio.

Se levantó y comenzó a recoger la mesa.

—Déjalo.

—No.

—Vas tarde.

—Todavía tengo tiempo.

—Julián.

Él la miró.

—¿Qué?

—Ve a arreglarte.

—Sí, señora.

Milena negó con la cabeza.

—No sé por qué te gusta decir eso.

—Porque te hace sonreír.

Ella intentó contener la sonrisa.

—No funciona.

—Está funcionando.

—Ve.

Julián se acercó.

—Está bien.

Antes de irse, la besó.

Fue un beso breve y tranquilo.

De esos que no necesitan decir nada.

Cuando se separaron, Milena lo miró.

—Que te vaya bien.

—Gracias.

Julián tomó sus cosas.

Llegó hasta la puerta y se volvió.

—Milena.

—¿Sí?

—Anoche dijiste que te estabas acostumbrando a esto.

Ella sonrió.

—Sí.

—Creo que yo también.

Milena no respondió.

Solo lo miró mientras él salía.

La puerta se cerró.

Y por primera vez en mucho tiempo, un lunes por la mañana no le pareció el comienzo de una semana.

Le pareció simplemente otro día.

Uno que había comenzado de una manera que ninguno de los dos había planeado.

Y que ambos querían repetir.