CAPÍTULO 97 — Sin planearlo
Sin planearlo
La hora de la despedida llegó más rápido de lo que Milena esperaba.
Después del almuerzo, los cuatro permanecieron un rato más conversando, pero finalmente Julián tomó las llaves del auto.
—Ahora sí tenemos que irnos.
Su madre miró a Milena.
—Me alegra mucho que hayas venido.
Milena sonrió.
—Gracias por recibirme.
La mujer se acercó y la abrazó.
—Cuando quieras volver, esta también es tu casa.
Milena se quedó unos segundos en silencio.
Después respondió con una sonrisa.
—Gracias.
Su padre se acercó a Julián.
—Conduce con cuidado.
—Sí.
Luego miró a Milena.
—Fue un placer conocerte.
—Para mí también.
Julián abrió la puerta del auto.
Antes de subir, Milena volvió la mirada hacia la casa.
Su madre seguía en la puerta.
Le sonrió y levantó ligeramente la mano a modo de despedida.
Milena respondió de la misma manera.
Después subió al auto.
Julián arrancó.
Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.
No era un silencio incómodo.
Era el silencio de dos personas que habían pasado prácticamente todo el fin de semana juntas.
Milena miró por la ventana.
—Me gustaron mucho tus padres.
Julián sonrió.
—A ellos les gustaste tú.
—¿Sí?
—Mucho.
Milena volvió la mirada hacia él.
—Tu mamá me dijo que puedo volver cuando quiera.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Mi mamá me dijo que te lo iba a decir.
Milena sonrió.
—Entonces ya estaba planeado.
—Probablemente.
Ella volvió a mirar por la ventana.
—Me sentí muy bien.
Julián la miró brevemente.
—Yo también.
—Creo que ayer estaba demasiado preocupada por caerles bien.
—Te lo dije.
—Sí, pero no me creíste cuando te dije que estaba nerviosa.
—Sí te creí.
—No parecía.
—Porque estaba más nervioso que tú.
Milena soltó una pequeña risa.
—Todavía no puedo creer eso.
—¿Por qué?
—Porque parecías completamente tranquilo.
—Eso era actuación.
—Muy buena actuación.
—Gracias.
Ella sonrió.
El resto del camino continuó entre conversaciones pequeñas.
Hablaron de la película que habían dejado a medias la noche anterior.
De una historia que había contado su padre.
De la cantidad de veces que su madre había intentado impedir que Milena ayudara en la cocina.
Y terminaron riéndose de cosas que, probablemente, al día siguiente ya no recordarían con claridad.
Cuando llegaron a casa de Milena, el sol comenzaba a bajar.
Julián estacionó.
—Bueno.
Milena desabrochó el cinturón.
—Bueno.
Ninguno se movió inmediatamente.
—Gracias por venir conmigo —dijo Julián.
—Gracias por llevarme.
—¿Te arrepientes?
Ella lo miró.
—Ni un poquito.
Julián sonrió.
Bajaron del auto.
Entraron a la casa.
La tarde continuó lentamente.
Milena estaba cansada.
Julián también.
Después de acomodar algunas cosas, terminaron sentados en el sofá.
—Voy a quedarme un rato —dijo Julián.
Milena lo miró.
—¿Solo un rato?
—Sí.
—¿Y después?
—Después me voy.
—Está bien.
Pusieron una película.
Ninguno de los dos prestó demasiada atención.
Hablaron durante algunos minutos.
Luego dejaron de hablar.
Milena apoyó la cabeza sobre el hombro de Julián.
Él pasó un brazo alrededor de ella.
La película continuaba reproduciéndose frente a ellos.
La casa estaba en silencio.
Y sin darse cuenta, ambos se quedaron dormidos.
Milena despertó lentamente.
La pantalla del televisor estaba apagada.
La sala permanecía a oscuras, iluminada apenas por una pequeña luz que llegaba desde el pasillo.
Miró el reloj.
Era pasada la medianoche.
Entonces recordó que Julián seguía allí.
Lo miró.
Seguía dormido.
Milena sonrió.
—Julián…
Él abrió los ojos con dificultad.
—¿Qué hora es?
—Pasada la medianoche.
Julián se incorporó un poco.
—¿En serio?
—Sí.
Se pasó una mano por el rostro.
—Yo dije que me iba a ir temprano.
Milena soltó una pequeña risa.
—Eso dijiste.
Julián miró hacia la puerta.
Después volvió a mirar el reloj.
—Debería irme.
Milena lo observó.
—¿Ahora?
—Sí.
—Estás muerto de sueño.
—Estoy bien.
Ella sonrió.
—No lo estás.
Julián dejó escapar una risa cansada.
—Tal vez un poco.
Se quedaron en silencio.
—Quédate —dijo Milena finalmente.
Julián la miró.
—¿Segura?
—Sí.
—No quiero incomodarte.
—No lo haces.
Él dudó unos segundos.
Después asintió.
—Está bien.
Milena se levantó.
—Ven.
Caminaron hasta la habitación.
La noche había avanzado demasiado para seguir fingiendo que todavía era temprano.
Julián se acomodó en un lado de la cama.
Milena se acostó a su lado.
Al principio dejaron cierta distancia entre ambos.
Como si todavía necesitaran acostumbrarse a la idea.
Después de unos minutos, Milena se acercó un poco.
Julián pasó un brazo alrededor de ella.
—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Segura?
—Julián…
—Está bien.
Ella sonrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Pasaron unos minutos.
Milena cerró los ojos.
Julián permaneció despierto un poco más.
Pensó en el fin de semana.
En sus padres.
En Milena riéndose en aquella casa.
En la manera en que todo había ocurrido sin esfuerzo.
Y luego cerró los ojos.
Esta vez no había planes.
No había conversaciones pendientes.
No había nada que resolver.
Solo estaban ellos.
Compartiendo una cama.
Una noche.
Y una tranquilidad que ninguno de los dos había aprendido a explicar todavía.
Antes de quedarse completamente dormido, Julián acercó un poco más a Milena hacia él.
Ella, casi dormida, se acomodó contra su pecho.
Y así terminaron la noche.
Juntos.
Sin haberlo planeado.
Simplemente porque ninguno de los dos quiso que el otro se fuera.