CAPÍTULO 96 — Domingo
Domingo
Milena despertó lentamente.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
La habitación estaba en silencio y la luz de la mañana entraba suavemente por la ventana.
Entonces recordó.
La casa.
La cena.
El patio.
Julián.
Sonrió.
Se quedó unos instantes mirando el techo antes de levantarse.
No había dormido mal.
De hecho, había dormido mejor de lo que esperaba.
Quizás porque, después del día anterior, ya no sentía aquella tensión con la que había llegado.
Se arregló con calma y salió de la habitación.
Al llegar a la sala, escuchó voces provenientes de la cocina.
—Buenos días —dijo.
La madre de Julián apareció con una taza en la mano.
—Buenos días, hija.
Milena sonrió.
—¿Durmió bien?
—Muy bien.
—Me alegra.
—Gracias por todo.
—No tienes que agradecerme nada.
Milena se acercó a la cocina.
—¿Necesita ayuda?
La mujer la miró.
—Hoy sí puedes ayudar.
Milena sonrió.
—Por fin.
—Pero solo porque es domingo.
—Trato hecho.
Las dos comenzaron a preparar el desayuno.
—¿Julián ya se levantó? —preguntó Milena.
Su madre soltó una pequeña risa.
—Todavía no.
—¿En serio?
—Los domingos le cuesta.
Milena negó con la cabeza.
—No me lo imaginaba.
—Hay muchas cosas que todavía no conoces de él.
—Eso parece.
La mujer la miró de reojo.
—Y seguramente seguirás descubriéndolas.
Milena sonrió.
—Eso espero.
Unos minutos después, escucharon pasos.
Julián apareció en la cocina todavía con el cabello ligeramente desordenado.
—Buenos días.
Su madre lo miró.
—Buenos días. Pensé que hoy dormirías hasta el mediodía.
—No exageres.
Milena lo observó.
—No sabía que tenías esta versión.
Julián la miró.
—¿Cuál versión?
—La de recién levantado.
Su madre soltó una carcajada.
—Así es todos los domingos.
Julián suspiró.
—Gracias por defenderme.
—No te estoy defendiendo.
Milena rio.
—Me gusta esta versión.
—¿Sí?
—Sí.
—Entonces puedo volver a acostarme.
—No.
La respuesta de Milena hizo reír a su madre.
—Ya tienes quien te mande.
Julián miró a Milena.
—Eso parece.
Ella sonrió.
—Ve a lavarte la cara.
—Sí, señora.
Julián salió de la cocina.
Milena negó con la cabeza.
—¿Siempre ha sido así?
—Desde pequeño.
—Pobre.
—Pobre de nosotros.
Ambas rieron.
El desayuno transcurrió con tranquilidad.
Su padre se unió poco después y la conversación pasó de un tema a otro.
Hablaron del clima.
De unas plantas que necesitaban atención.
De una película que habían visto días atrás.
Y de cosas pequeñas que solo importaban porque estaban juntos.
En un momento, el padre de Julián miró a su hijo.
—¿Vas a ayudarme después con lo del patio?
Julián asintió.
—Claro.
—Entonces no te entretengas.
—Acabo de desayunar.
—Precisamente.
Milena sonrió.
—Parece que aquí nadie puede descansar.
Su padre la miró.
—Los domingos son para descansar.
Julián intervino: —Eso no es lo que acabas de decirme.
—Tú eres mi hijo.
—Ah.
Milena soltó una carcajada.
—Ahora entiendo.
Julián la miró.
—No te rías.
—No puedo evitarlo.
Después del desayuno, Milena ayudó a recoger la mesa.
Su madre intentó detenerla.
—Déjalo.
—No.
—Eres invitada.
—Ya no me siento como invitada.
La mujer se quedó mirándola.
Después sonrió.
—Me alegra escuchar eso.
Milena sostuvo su mirada unos segundos.
—A mí también.
Desde la puerta, Julián las observó.
No dijo nada.
Solo sonrió.
Su padre apareció detrás de él.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Entonces ven.
Julián suspiró.
—Ya voy.
Antes de salir, miró nuevamente hacia Milena.
Ella lo vio.
Y sonrió.
Más tarde, Milena salió al patio.
Julián estaba con su padre revisando unas plantas.
—¿Ya terminaron?
—Todavía no —respondió Julián.
—Tu papá parece tener mucho trabajo para ti.
Su padre rio.
—Es bueno tenerlo de visita.
—¿De visita? —preguntó Milena.
—Cuando viene a casa, aprovecho.
Julián negó con la cabeza.
—Ahora entiendo por qué mi mamá no me dejó escapar de la cocina.
Milena se acercó.
—Están abusando de ti.
—Gracias por defenderme.
—No te emociones.
Él sonrió.
Su padre los observó durante unos segundos.
—Ustedes dos se entienden bien.
Milena y Julián se miraron.
—Eso intentamos —respondió ella.
Su padre asintió.
—Eso es importante.
Después volvió a lo que estaba haciendo.
Julián tomó discretamente la mano de Milena.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
No dijeron nada.
No hacía falta.
El resto de la mañana pasó rápidamente.
Milena ayudó a su madre a terminar algunas cosas.
Julián permaneció un rato con su padre.
Después los cuatro volvieron a reunirse.
Ya no había nervios.
Ya no había preguntas cuidadosas.
Ni esa sensación de estar intentando causar una buena impresión.
Solo estaban allí.
Compartiendo una mañana de domingo.
En algún momento, Milena miró el reloj.
—Creo que ya es hora de irnos.
La madre de Julián la miró.
—¿Ya?
—Sí.
—Podrían quedarse a almorzar.
Milena miró a Julián.
Él sonrió.
—Podemos quedarnos.
Milena volvió a mirar a su madre.
—Entonces nos quedamos.
La mujer sonrió satisfecha.
—Perfecto.
Julián se acercó a Milena.
—Te estás acostumbrando.
Ella lo miró.
—Tal vez.
—¿A mi familia?
Milena negó suavemente con la cabeza.
—A esto.
—¿A qué?
Ella sonrió.
—A sentirme bien aquí.
Julián la miró durante unos segundos.
Después apretó ligeramente su mano.
—Me alegra.
Y mientras regresaban a la casa, ninguno de los dos tuvo que decir nada más.
El domingo todavía tenía unas horas por delante.