CAPÍTULO 95 — Bajo la noche
Bajo la noche
La cena terminó más tarde de lo que habían pensado.
Los cuatro permanecieron un rato alrededor de la mesa, conversando sobre cosas que no tenían demasiada importancia, pero que conseguían alargar la noche.
Cuando finalmente comenzaron a recoger, Julián se levantó.
—Yo llevo esto.
Su madre negó con la cabeza.
—Déjalo ahí. Mañana terminamos.
—Mamá…
—Es sábado.
—Precisamente.
—Precisamente por eso.
Milena sonrió al verlos discutir.
—Creo que ya entendí de dónde sacaste esa costumbre de querer tener siempre la última palabra.
Julián la miró.
—¿Yo?
—Tú.
Su padre soltó una risa desde el otro lado de la mesa.
—Tiene razón.
Julián lo miró con cierta indignación.
—¿Tú también?
—Yo solo observo.
Milena rio.
—Eso dicen todos los que quieren evitar problemas.
Su madre negó con la cabeza, divertida.
—Déjenlo. Mañana tendrá tiempo de seguir discutiendo.
Poco a poco, cada uno fue ocupándose de algo.
Su padre llevó algunas cosas a la cocina.
Su madre terminó de guardar lo que había quedado sobre la mesa.
Julián ayudó un momento y, cuando regresó a la sala, encontró a Milena junto a una de las ventanas.
—¿Cansada?
Ella se volvió.
—Un poco.
—Fue un día largo.
—Sí.
Milena sonrió.
—Pero bonito.
Julián la observó unos segundos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Quieres salir un momento al patio?
Milena asintió.
—Sí.
Salieron.
La noche estaba tranquila.
El aire era más fresco que durante la tarde y el ruido de la casa quedó atrás apenas cerraron la puerta.
Caminaron unos pasos.
No tenían prisa.
Julián se apoyó contra una de las paredes del patio y Milena permaneció a su lado.
Durante unos segundos simplemente miraron alrededor.
—Entonces… —dijo él.
—Entonces, ¿qué?
—Sobreviviste.
Milena soltó una carcajada.
—¿A qué?
—A conocer a mis padres.
—Ah.
Lo miró con una sonrisa.
—Por poco.
—Te vi bastante nerviosa esta mañana.
—Estaba aterrada.
—No parecía.
—Porque soy buena disimulando.
Julián sonrió.
—Eso sí lo noté.
Milena le dio un pequeño empujón con el hombro.
—No te burles.
—No me estoy burlando.
—Sí.
—Solo digo que lo hiciste bien.
Ella lo miró.
—¿Tu mamá me aprobó?
Julián fingió pensarlo.
—Tendría que preguntarle.
Milena abrió los ojos.
—¡Julián!
Él rio.
—Estoy bromeando.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Por qué?
—Porque estuve todo el día intentando caerle bien.
—Y lo conseguiste.
La sonrisa de Milena apareció lentamente.
—¿Sí?
—Sí.
Julián bajó la mirada por un instante.
—Le gustaste.
Milena respiró con alivio.
—Me alegra.
—A mí también.
Ella lo observó.
—¿Por qué?
Julián levantó la mirada.
—Porque me gustó verte aquí.
Milena se quedó callada.
—¿Aquí?
—Sí.
Él hizo una pequeña pausa.
—Verte hablando con mi mamá. Escucharte reír con mi papá. Verte caminar por la casa como si ya no estuvieras pensando en cada cosa que haces.
Milena sonrió.
—Es que al principio sí estaba pensando en cada cosa que hacía.
—Lo sé.
—¿Se notaba tanto?
—Solo para mí.
Ella bajó la mirada, sonriendo.
—Creo que después se me olvidó que estaba nerviosa.
—A mí también.
—¿Tú estabas nervioso?
Julián soltó una pequeña risa.
—Un poco.
—No parecía.
—También soy bueno disimulando.
Milena lo miró con incredulidad.
—Mentiroso.
Julián sonrió.
—Tal vez.
Ella se acercó un poco más.
—¿Y qué pensabas?
Él tardó unos segundos en responder.
—Que quería que estuvieras cómoda.
Milena dejó de sonreír por un instante.
No porque estuviera triste.
Sino porque aquellas palabras sencillas significaban más de lo que parecían.
—Lo estuve.
Julián asintió.
—Me alegra.
Milena apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
Él pasó un brazo alrededor de ella.
Se quedaron así.
Sin hablar.
La noche continuaba alrededor de ellos.
Desde el interior de la casa llegaban voces apagadas y algún ruido de platos que todavía estaban terminando de guardar.
—¿Sabes qué pensé hoy? —preguntó Milena.
—¿Qué?
—Que nunca te había imaginado así.
Julián giró ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
—Así.
Ella levantó la mirada.
—Hijo. Niño. Hermano… bueno, no sé si tienes hermanos.
Julián sonrió.
—No.
—Entonces hijo.
Él rio suavemente.
—Eso sí.
—Es extraño.
—¿Qué cosa?
—Conocerte de otra manera.
Julián permaneció callado.
—Durante tanto tiempo te he conocido como profesor, como hombre, como pareja…
Hizo una pausa.
—Y hoy vi al niño que fuiste.
Julián bajó la mirada.
—¿Y te decepcionó?
Milena negó con la cabeza.
—Todo lo contrario.
—¿Por qué?
Ella sonrió.
—Porque ahora entiendo algunas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—Como por qué eres tan terco.
Julián soltó una carcajada.
—Eso no lo aprendí de niño.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Milena…
Ella rio.
—Está bien. Tal vez un poco.
Julián negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.
Después volvió a quedar en silencio.
—Me gustó que estuvieras aquí —repitió.
Esta vez su voz sonó más baja.
Milena lo miró.
—A mí también me gustó.
Julián acercó una mano a su rostro y apartó suavemente un mechón de cabello.
—¿Sabes qué fue lo mejor?
—¿Qué?
—Que por unas horas dejé de pensar que eras mi novia conociendo a mis padres.
Milena lo miró con atención.
—¿Entonces qué pensabas?
Julián sonrió.
—Que eras simplemente Milena.
Ella sonrió también.
—¿Y eso es bueno?
—Mucho.
Se quedaron mirándose unos segundos.
Después, Julián se inclinó y la besó.
Fue un beso tranquilo.
Sin prisa.
Como todo lo que había ocurrido aquel día.
Cuando se separaron, Milena apoyó nuevamente la cabeza sobre su hombro.
—Creo que podría acostumbrarme a esto.
—¿A qué?
—A tardes así.
Julián sonrió.
—Yo también.
Permanecieron unos minutos más en el patio.
Hasta que el aire comenzó a sentirse un poco más fresco.
—Deberíamos entrar —dijo Milena.
—Sí.
Ninguno de los dos se movió inmediatamente.
Finalmente, Julián tomó su mano.
—Vamos.
Entraron nuevamente a la casa.
Sus padres ya se habían retirado a descansar.
La sala estaba en silencio.
Julián acompañó a Milena hasta la habitación que su madre había preparado para ella.
Antes de abrir la puerta, ella se volvió hacia él.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por traerme.
Julián sonrió.
—Gracias a ti por venir.
Milena lo miró unos segundos.
—Buenas noches, Julián.
—Buenas noches, Milena.
Ella entró.
Antes de cerrar la puerta, volvió a mirarlo.
—Y mañana no me despiertes temprano.
Julián soltó una risa.
—No prometo nada.
—Julián.
—Está bien.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
La puerta se cerró suavemente.
Julián permaneció unos segundos frente a ella.
Después regresó a su habitación.
Y aquella noche, mientras la casa quedaba en silencio, ninguno de los dos pensó demasiado en lo que vendría después.
Por primera vez, simplemente disfrutaron de haber llegado hasta allí.